martes, 21 de octubre de 2014

Día 156: El loco de los Flavio

      Un perro calcinado, dos tipos haciendo el amor, una cacerola hecha piedra, un nene acostado boca arriba, muchas columnas tiradas. Así había quedado Pompeya. Todos sorprendidos por la lava, capturados en una instantánea eterna. El loco tenía razón, el loco tenía razón, gritaban por las afueras del templo.
      Lo encontraron mientras caminaba desnudo por las vías romanas. Se autoproclamaba hijo de Mercurio, dignatario en tierra de su voluntad. El culto de las almas en pena, así lo llamaba el loco. Todos penamos en la vida una suerte de condena, yo les trasmitiré mi saber, el mensaje, la palabra, decía el loco a los ciudadanos que transitaban las callecitas del foro.
      Demasiado insignificante para meterlo a la cárcel. Aquellos que cada tanto protegían la ciudad tampoco encontraban motivos para crucificarlo, era tan solo un viejo loco y desnudo.
      Los romanos lo conocieron con la llegada de Vespasiano. El nuevo emperador, luego de sendas victorias en Egipto y Judea, regresaba con una estrenada corona de laureles. El pueblo aclamaba al César. La marcha se desarrollaba de acuerdo a las previsiones de la guardia pretoriana. Hasta que un hombre desnudo se cruzó en el camino.
      El loco advertía al pueblo romano una vez más acerca de sus vaticinios. Ya todos los conocían de memoria. Una provincia al sur de Roma. Un pueblo próspero devorado por el fuego. Miles de almas castigadas por el brazo de Júpiter. Nadie sobreviviría a la catástrofe. Todo ardería en llamas. Será terrible. Terrible. Al anciano le temblaba la voz. Estaba seguro que ocurriría pronto. Muy pronto.
      El emperador Vespasiano mandó a detener el carruaje. Le tenía lástima al pobre hombre. Por supuesto, no vale la pena gastar un solo sestercio en caridad, eso es para la gente que no tiene nada que hacer. Sin embargo, el César se sentía magnánimo. La pronta resolución de las afrentas en Egipto y Judea le dejaban el mapa limpio para renovar sus alianzas en el Senado. Roma sería de nuevo la capital de un Imperio triunfante. Con un gesto le invitó al hombre a acercarse. El césar dijo:

      - Buen hombre, usted dice palabras graciosas a mis oídos. Hoy participará del nacimiento de una nueva era de bienestar de nuestro querido Imperio. Guardia, haga el favor de hacer traer una manta a este anciano. Y por favor, mande a llenar una ánfora de nuestro mejor vino, este hombre necesita beber y festejar con nosotros. ¡Por Roma! ¡Larga vida al Imperio!

      El pueblo aplaudía las palabras del emperador. El loco pasó a ser conocido como el loco de los Flavio. Su ventura duró poco tiempo. Unos años después, luego de muchas presiones por parte de un centurión con influencias en el senado, el loco de los Flavio fue crucificado a las afueras de Roma junto a siete reos de poca monta. Pocos meses después de la muerte de Vespasiano, cuando el Vesubio despertó y el pueblo pompeyo cayó víctima de su furia, muchos recordaron con pavor las palabras del loco. 

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