jueves, 23 de octubre de 2014

Día 158: En el reborde

      La experiencia de la agonía en su reborde. Come el pobre, busca el hambre, muere a la intemperie congelado. Ni que hablar los momentos de fuga nuclear en los que peligra la existencia de la humanidad. El peligro del león flaco, el terror de un fantasma sediento de venganza, los gritos desenfrenados de un niño que quiere que le compremos un chupetín. Un instante de peligro, un segundo de sensualidad.
      Te quedás sin aire y es excitante. La distinción entre una pequeña muerte y una muerte masiva es minúsculo. Es como trompear a un vagabundo hasta dejarlo sin sangre en el cerebelo o saltar un edificio montado en una bicicleta para hacerse pedazos contra el piso.Jugar con la muerte es divertido, tiene su gracia. Es el gesto irreverente ante lo inevitable, una sacada de lengua shakespereana.
      La fascinación zombie mora por lo profundo del cerebro. Un raid belicoso de morbo cae por sobre nuestros hombros. A veces es un menjunje esotérico disfrazado de ciencia dura. Desfiles de curiosidad teñidos de último instantes de vida. Películas de vísceras, muñones y chorros de sangre. Una cuantiosa parte de nuestras energías son reconducidas al entretenimiento vinculado al negocio de lo desagradable.
      Si sabe que el cuerpo se movió, ya no va a poder correr la vista de lugar. Esperar hasta lo inverosímil es la labor que roe ciertos rincones de la mente. La muerte fuerza su límite, se rediseña al comportamiento humano, que tiende a sobrevalorarla como suceso traumático.
      La muerte es el punto final sin cuestión. Poco importa al durante lo que será más allá de lo que acaba. Es un punto, sin agregados. Un recordatorio de la inutilidad de los esfuerzos.
      Es el cierre de comedia luego de una larga y aburrida tragedia. La agonía es ese estado en que mora el lenguaje, ese entreacto ficticio que delinea dos actitudes corporales opuestas. Vivo. Muerto. Lo mismo da. Son dos caras de una misma moneda. Caras reversibles. Vivir para morir. Morir para vivir. La lengua trata de decir lo que es y choca contra el paredón de lo inútil y lo inevitable. Por lo bajo grita, que viva la revolución, que viva la revolución, que ese ser agónico ya está a punto de morir. 

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