domingo, 26 de octubre de 2014

Día 161: La triste verdad

      El hombre no paraba de zurcir. El frío le tenía paralizado los sentidos. Debía apurarse. Tanto tiempo sin los guantes, sumado al peligro de la aguja. A nadie le hacía gracia un miembro gangrenado a más de veinte grados bajo cero. 
      Así es la triste verdad, viejo, decía, hoy estamos, mañana quien sabe. Quiero que me protejas, estoy cagado hasta en las patas. Me prometieron un pronto rescate, ya vas a ver, vamos a zafar. Las memorias de la montaña, menudo eufemismo para nominalizar las tragedias que ocurren acá arriba. ¿Hace cuánto los mandaron? ¿dos meses? ¿cinco? ya había perdido la cuenta. Su compañero mucho no ayudaba. Desde que cayó enfermo solo se dedicaba a balbucear incoherencias. Debemos permanecer unidos, le decía el hombre. Era solo un chico, apenas le crecían unos cuántos pelos en la barba. Tenía miedo, es lógico. Así había sido su primer rescate.
      En ese entonces las cosas eran diferente. Los riesgos, sin las tecnologías actuales, eran mayores. Un poco de viento andino y ya no vivías para contarlo. La cordillera es jodida, no se te olvide, le decía su jefe instructor. Algún día la vas a pasar feo, así que preparate. 
      Qué le caiga un rayo encima si no se habían preparado. Abrigados como para vivir dos fines del mundo, comida suficiente como para tres ascensiones seguidas, dos celulares por persona, una radio, brújula, mapas, banderolas suficientes como para marcar el camino. Tan solo eran 5500 metros. El grupo a rescatar era reducido, así que no tendrían mayores complicaciones. 
      El hombre estaba por jubilarse, recordaba todavía las palabras de su jefe. Treinta años en el mismo puesto y ni un solo incidente. Se sentía bendecido por sus consejos. La vas a pasar feo, preparate. El miedo a morir en las alturas resultaba ser el mejor consejero. Previsión ante todo. 
      Si le hubieran avisado con anticipación, tampoco lo habría sospechado. A veces las catástrofes no vienen solas, si no que son un conjunto de hechos. Todo sucede tan de golpe que su cauce es irrefrenable. Luego de montar la base del campamento el hombre y su compañero se prepararon la cena y armaron una pequeña fogata. 
      El animal los seguía desde hace unos kilómetros. Acechaba el puma con sutileza. Hoy saborearía la preciada carne humana. El ataque no se hizo esperar. El hombre derramó la sopa. De un zarpazo quedó al descubierto la espalda de su compañero. La sangre no detenía su curso. El puma estaba a punto de dar el golpe final. 
      El hombre tomó el cuchillo y se abalanzó sobre el felino. Tenía pocas oportunidades, si el puma respondía, no habría nada más que hacer. Preparate. Algún día la vas a pasar feo. La cordillera es jodida. 
      El puma y el hombre se fundieron en un abrazo violento. Giraban contra la nieve. El hombre trató de clavar el cuchillo en las vértebras del animal, pero el puma se soltó. Un pequeño cuchillo apareció clavado a la altura de su omóplato. El joven asistente, con sus últimas fuerzas, había matado al puma. 
      El hombre cayó al piso. El cielo se oscurecía. Una gran tormenta se acercaba. Le dolía cada centímetro de su cuerpo. Y el calor. Hacía mucho calor. El calor lo derretiría. Miró su cuerpo. Las ropas que traía puesta se deshacían con el fuego. Estaba casi desnudo. Su compañero yacía a unos metros, inconsciente. 
      No se podía mover. El puma le debió haber desgarrado algún tendón en la lucha. Se acercó como pudo a la mochila y pidió auxilio con la radio. La ayuda vendría, dada la severidad de la tormenta, dentro de unas doce horas. Doce horas. La cordillera es jodida. Preparate. Dentro de doce horas estaría tan muerto como su compañero. 
      El cuerpo de su asistente estaba a unos pasos, los restos del puma como a unos veinticinco metros. No llegaría hasta el puma, sus piernas no se lo permitían. Disculpame, viejo, de verdad, no lo quiero hacer. El hombre sollozaba a medida que su cuerpo se arrastraba por la nieve. 
      Es el frío, viejo. Una vez una persona me dijo que tendría que prepararme, que la cordillera es jodida. Acá estamos. Mirá lo que somos. El asistente recuperó la consciencia y lo miraba al hombre. Adivinó sus intenciones, pero no dijo nada. Tengo frío. El puma habría ayudado. Ahora sos todo lo que tengo. El cuchillo le temblaba entre las mano. Cerró los ojos por unos segundos, y se dispuso a la labor. 

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