lunes, 27 de octubre de 2014

Día 162: El color de las manos

      Dijimos nuestras palabras hasta el agotamiento. Hasta desaparecer los bordes de las mismas. Hasta el límite de lo soportable. Delante se edificaba otro muro de tanto. Otro mundo. Otra realidad. Suspicacias aparte. Para mejor, mi hermano estaba allá adentro. Lejano a mí. No teníamos forma de comunicarnos. A veces creí sentir sus pensamientos, pero eran tontas ilusiones producto de una superstición.
      Mi madre ya me había dicho que iba a ocurrir, que un día todos íbamos a morir, sin excepciones. Un día llamarían a nuestra puerta los uniformados. Un día nos deportarían vaya a saber dónde. Una mejor vida, tal vez. Me escapé como pude. Lejos. Aún sentía los gritos por sobre mis espaldas. Esa estúpida condena, la culpa humana. ¿Por qué culparme acerca del destino de mi familia? Nada podía hacer, apenas era un crío que aprendía a atarse los cordones.
      Bien podría haberse tratado todo de un juego. Un juego con reglas extrañas, diseñado para que muy pocas personas ganen. Todos pierden. Esas son las reglas. Ganar era perder poco. El mal menor. Vamos, capitán. Una mano conocida se posaba sobre mi hombro. Despertaba mis alucinaciones y las espabilaba. Había que continuar con la lucha. Un par de kilómetros, lo que separa el alambrado, eso era lo más cerca de casa que podía estar. 
      Tomé el fusil entre mis manos. Parecía un objeto extraño por su constitución. Pesaba como mil diablos. Todo negro y pequeño. Aquella cosa no podía dar vida, no podía quitarla. Era una cosa, indistinta al pasar del mundo. Construido bajo un azar de azares, tuvo que caer sobre mis manos. ¿Para qué lo usaría? ¿existirá el momento adecuado?
      Nos alejamos de la ciudad para volver al campamento. El sitio se había prolongado más tiempo del que esperábamos. No teníamos nuevas indicaciones de la Base. Quizás ya estén todos muertos. Un mejor pasar. Ese era mi consuelo.
      ¿Qué eran? Tan diferente puede parecer una realidad construida por fuera de nuestro sistema de pensamiento. Para mí era todo igual. Aquí. Allá. Adonde quiera que nuestra humanidad pose un pie. Los víveres empezaron a escasear. La misión estaba programada para durar no más de tres meses. Este era nuestro sexto mes en territorio enemigo.
      Aprendimos sus costumbres como pudimos. Lo más difícil fue la racionalización del oxígeno ¿cómo aprender a respirar menos, no? La atmósfera marciana no ayudaba. Los marcianos tampoco. Pobres víctimas, asediados por nuestra sed de conquista. Avasallamos su cultura, sin importar cuanta bandera blanca que hayan puesto delante de nuestras narices. Ellos, nuestros hermanos, querían darnos una lección de vida, ayudarnos a ser mejores personas. En cambio, los tratamos como perros, los dejamos morir. Poco entendían el significado de nuestras palabras, el funcionamiento de las cosas que a veces acarreamos en nuestras manos.
      Así, acosado por mi pasado, subyugado por mi presente, volé hacia un futuro incierto. La cápsula de escape me trajo de regreso a la Tierra un mes después. Me uní a las manifestaciones en contra de la conquista marciana. Los denuncié a través de mis ojos, con mi memoria. Los vi matar familias inocente.Masacraron a millones. Sin temor. Sin piedad. Ese era nuestro mensaje al universo. Diplomáticos de la guerra. Emisarios de la sangre. 
      Un par de años después volví a Marte, con más personas que pensaban igual a mí. Defendimos los derechos marcianos sobre sus tierras. Tratamos de evitar la proliferación de nuevos asentamientos. Algo logramos. Aun creo que el camino es largo. Todo está por hacerse. O, como suelen decir los marcianos, todo estará hecho.

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