miércoles, 29 de octubre de 2014

Día 164: Trámite freudiano

      Siempre me han gustado los embrollos, eso que las viejas denominaban meterse en camisa de once varas. De alguna manera salía bien librado, incluso con menciones especiales. Tampoco me importaba demasiado ser original, total todos en mayor o menor medida somos de parecidos a iguales. Caemos en la misma trampa, como un pajarito entra en la jaula, así de fácil. Nadie nos invita y entramos igual. Hasta cerramos la puerta, como para evitar escapar. 
      La otra vez anduve metido en un lío de esos. Una manifestación con tiros y gases, de esas buenas, en donde se arma un buen jaleo. Estaban los canales de todo el mundo. Enfocaban a los revoltosos, a los represores, alguna que otra pareja en pose flower power, ya saben, esas huevadas que tanto le gusta al morbo televisivo. Yo caminaba por la vereda, con la música a todo lo que da. Tarareaba una canción que ahora no recuerdo cuál era. Ni me di cuenta. Cuando me quise acordar, estaba en el medio del quilombo. Así de fácil cerré la jaula. 
      Me dije, bueno, de esta no salís vivo. Muerto famoso, vivo anónimo, las opciones no eran muchas. Las balas de goma pasaron de moda. Ahora lo cool era balear con municiones de verdad, esas que dejan agujeros y matan. A nadie le daba miedo los heridos. Total después los arreglaban un poco y volvían. La idea era matarlos, que no vuelvan a quejarse más, por el amor de Dios. Escucharlos gritar, todos juntos, sus consignas. Bala y bolsa de plástico para cada uno. Una solución elegante, decían. 
      Es curioso, pero la gente, ante las medidas marciales de un gobierno sin corazón, se sentía más tranquila. Rezaban que el tiro no les toque a ellos, aunque después vivían tranquilos. El miedo une. A veces es mejor vivir una vida de mierda sin complicaciones que una existencia ideal repleta de problemas. Así razonaban. Menudos estúpidos. 
      A mí las modas nunca me fueron. No me parecía correcto pensar que todo tiempo pasado fue mejor, porque es una total mentira. Tampoco creo que la solución sea actuar de manera opuesta. En realidad ni siquiera sé cuál es la solución. No me lo pregunto. Veo cosas en la calle y pienso, ésto está mal, aquello capaz no está tan mal, y veamos, por ahí ésto puede llegar a estar bien, pero no sé. Me manejo por el principio que dicta mi propia incertidumbre. No vaya a ser cosa que un día volemos en mil pedazos y no nos demos cuenta. Todo es por las dudas.
      Me escapé de la revuelta por los pelos. Casi me agarra un uniformado del codo, pero me le colé por las piernas y salí corriendo como pude. Cerré los ojos y me decía. No me van a disparar, no me van a disparar. Y lo hicieron. De hecho fueron bastantes tiros, como para bajar a un elefante adulto. Pero me escapé no sé como. 
      En una esquina me tomé el estómago con las manos. Estaba exhausto, como para desmayarme un poco. Sigan alimentando la maquinaria, idiotas. El problema es la soberbia de nuestra especie. Nos creemos mejor que la tortuga, que el rinoceronte, que la gallina. A decir verdad, envidio tanto a la tortuga. Tiene su caparazón que la proteje. No le importa llegar a fin de mes para vestirse y no parecer un pordiosero. Le gusta el sexo descontrolado sin caer en la rutina del cambio de poses. Poco le importa todo, si tiene una lechuga para comer y un poco de agua para saciar su sed. Desearía ser tortuga. Si, una tortuga. ¡La poderosa tortuga que conquista al mundo! No, no podría, soy demasiado humano para llegar a ser lo que deseo.

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