jueves, 30 de octubre de 2014

Día 165: Muy poco para decir

      A veces quiero mucho pero tengo poco. Es el problema que tiene la gente que ama en demasía. No cabemos dentro de sí, somos como una diarrea de arco iris con pedazitos de Barney el dinosaurio dentro. Tengo tanto cariño que juro que destrozaría todo en mil pedazos. El amor me pone violenta. 
      Vamos llegó tu hora, es tu acto, sonreí a las masas. 
      Nunca supe qué era de mí. Sé que en muchas ocasiones tanto amor deviene en odio. Pero no me importa caer en el descaro del sentimiento. Es la fuerza de lo que brota, de lo que arrolla, sin medir las consecuencias. ¿Para qué detenerse a pensar? Las neuronas no ayudan a nada, mejor quemarlas. Esparcir las cenizas sobre los fundamentos del espantos,
      Está todo calibrado, me digo. El cariño es lo que me llevó a matar a ese viejo. Lo enterré en el fondo de casa, como para que nadie se entere. Lo hice por amor. Estoy segura que no voy a caer en la estupidez del corazón delator. No siento culpa acerca de lo que hice. El tipo me lo pidió, quizás de un modo no tan directo. Quiso aprovecharse de mí, creía que le pertenecía. Algo de razón tenía, aunque me reservo mi derecho de admisión. 
      Sufrimos en reversa, eso es todo. Por eso algunas cosas no se entienden. Esa tendencia boba a la alegoría del espíritu. Ese miedo irreverente que te deja patas para arriba en la cama. Es un mal extemporáneo, que trasciende las eras. Ya nada tiene que ver con el amor o el asesinato.
      Maté para vivir a través del otro, ¿quién me lo va a cuestionar? 

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