domingo, 30 de noviembre de 2014

Día 196: Reencuentro

      Es un radioteatro barato que no deja de sonar. Cuenta la historia de un perdedor. Resulta que conoce a una chica hermosa, la mujer de sus sueños. Quiere tenerla en sus brazos, pero sabe que no tiene nada para ofrecer. Una noche, camino de regreso a su casa, la encuentra en el micro. En circunstancias normales, sus caminos no se habrían cruzado. Ahora estaba sentada a su lado. Con gesto nervioso, el muchacho se rasca la nuca y mira de reojo. La chica lee un libro viejo de tapa blanda. No tiene título en la portada.
      No acierta a encontrar las palabras adecuadas. Le brota una obviedad grande como una mansión. Así que te gusta leer, dice. La chica pregunta qué dijo, no lo escuchó. Si, claro, le gusta leer, es para pasar el rato. Una pregunta que llega tarde. Ya tiene que bajarse.
      La sigo, me quedo. Me animo a quedar como un imbécil. Dudas y más dudas. A veces hay que creer en el amor. Es lo que dicen. Aunque la incertidumbre te haga creer en otras cosas. El pasado también es diferente a lo que puede llegar a venir, nadie lo cuestiona. ¿Y ahora, qué hacer? Claro, ya la chica se bajó, y está camino a su casa. Un pequeño cruce de miradas deja prendido por unos instantes el fósforo de su ilusión. 
      Cae la noche. El muchacho no puede dormir. Da vueltas en la cama. Está ansioso, lo comen los nervios. ¿Y si no la veo nunca más? ¿y si todo fue algo de mi mente? Voy a morir solo, esa es la verdad. Cerró los ojos. El feto gigante concilia el sueño. 
      La chica tiene sus preocupaciones. No recuerda al muchacho. Le pareció lindo, para qué negarlo. Sigue con su vida. Los compromisos con la especie humana. Simular con sus padres. Solucionar problemas en el trabajo. Planes para el fin de semana con Lucas. ¿Adonde lo conduciría esa relación? Lo amaba, es cierto. Pero lo especial se había fugado. Una noche como esta, seguro. Abrió la ventana y se fue. Desde entonces tanteaba a oscuras las paredes de su noviazgo. El otro día habían tenido una conversación, de esas serias, de las que terminan en lágrimas y promesas dudosas.
      Una mañana cualquiera él sale para despejarse. Ella quiere aclarar su mente, camina desprevenida. Él se sienta en el banco de una plaza. Mira perdido a las palomas. Ella no puede retener las lágrimas, necesita descansar. Él todavía la recuerda. No me conoce, ¿la saludo? Está contento. Una nueva oportunidad. La chica no se siente bien. Los ojos enrojecidos la delatan. ¿Te pasa algo? él y sus preguntas obvias. Ella no puede evitar sonreír. Es un tontito simpático. 

sábado, 29 de noviembre de 2014

Día 195: El show debe continuar

      Un solo vaso, un solo puto vaso, nada más. La fiesta sigue. Hasta el maldito puto final. Estoy borracho, no apto como para firmar un segundo concilio de Trento. Muevo las caderas de manera estúpida y eso a la gente le gusta. Sí. Disfrutan con el mono. Vean bailar al mono. Arrójenle un chopp de cerveza al mono. 
      Están todos hecho mierda. El mayor desconche de la galaxia, decían. No se equivocaron. Ya llevamos dos años y cinco meses en un estado de fiesta perpetua. Lo festejamos todo. Ya son como mis hermanos. Como mi propia sangre. Los amo. Gritemos fuerte cosas incoherentes. Ese tarado me sacó la lengua. No lo conozco.
      La mitad de las mujeres están embarazadas. La otra mitad es estéril. No sé por qué será, ¿cómo es que ocurren esas cosas? Tampoco quiero ser un padre de la moral y la razón, el alcohol traiciona mis sentidos. La barba pica de a ratos. Los hombres parecemos salidos de un concierto de ZZ Top. La volición de joda por sobre todas las cosas. No aguemos la felicidad.
      A veces ni sabemos por qué brindamos. En otras ocasiones chocamos tan fuerte los vasos que algunos terminan como astillas de vidrio en el piso. Peter Sellers es la idea, pero más bien cae una imitación barata de Hotblack Desiato. Un año muerto no sería mala idea. Peor es ser evasor de impuestos.
      Hace unos meses prendimos fuego unos cuantos maniquíes. Fue divertido. Por error incendiamos a uno de los barman. Eso no fue tan divertido. Bueno, un poco. Cuando giraba en el piso y gritaba, hacía ruidos graciosos.
      Conocí a una chica y me enamoré. También me dio tiempo a desenamorarme. El tiempo pasa rápido bajo el vértigo festivo. Me la crucé un par de veces. Hace dos meses que no la veo. El recinto es grande, enorme, como dos o tres canchas de fútbol pegadas una al lado de la otra. 
      Algún que otro perdido en el opio se zarandea al ritmo de old time rock and roll. Yo prefiero quedarme quieto y ver todo. Al menos cuando la bebida me lo permite. No me gusta la música. Me lastima los oídos. Prefiero el silencio. Es la mejor vacuna de paz. 
      Dicen que la fiesta se va a acabar. Que nos van a cortar el crédito. Van a cerrar las persianas, dicen. Pregunto, ¿cuál es la diferencia? Un vaso más, un vaso menos. Nada cambia. Algunos están asustados. A mi me importa todo un choto. Puedo esperar tranquilo a que me traigan la cuenta.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Día 194: La demolición

     En una ventana se acumuló el derroche de siglos. Asomaba el polvo entre los libros contables. El vacío inundó la oficina con renovadas fuerzas. En una esquina, junto a la impresora, una Pc se prendía fuego. Un pequeño sapo miraba de reojo la escena. Poco le importaba, salvo aquella mosca que tenía entre ojo y ojo. Cena, croó.
     El edificio escupía sus últimas espiraciones previo al final. La cuenta para atrás. Pocos minutos. Un bum definitivo que ahogue todo bajo el peso de los escombros ¿alguien recordaría los viejos tiempos? Un operario se rascaba la cabeza. Poco entendía. Su trabajo era accionar la bola y golpear, golpear hasta no dejar mas que polvo, piedra y acero doblado.Miró su reloj. Estaba atrasado. 
     A mover las cachas, se dijo. La bola ondeaba hacia el edificio, como si lo quisiera hipnotizar. Una voz estentórea clamó: ¡NO! La demoledora se detuvo. Algo la tenía entre sus manos. El operario gritó.
     El gigante sostenía entre sus manos a la máquina con el pequeño dentro como si fuese un juguete. Lo inspeccionó con cuidado. Una vocecita salía desde adentro. Se llevó al oído aquella caracola mecánica, ¿qué querría decir aquel humano?
     Ahora entendió. Dice que le deje hacer su trabajo. El gigante tomó asiento, sin soltar la demoledora. Le explicó con tranquilidad que el trabajo de demoler iba en contra de sus principios y por lo tanto, tendría que detenerse. Es una pena, pero no podría ser de otro modo. Si no, tendría que matarlo. Eso sería lamentable. 
     El vozarrón del gigante atravesaba los tímpanos del operario. Parecía un fuerte viento con ruidos inteligibles. Volvió a gritar que era su trabajo, que lo echarían si no tira abajo el edificio, que hace tiempo que no vive nadie ahí y no tiene que preocuparse dado que en ese espacio iban a construir uno nuevo. 
     No es así, dijo el gigante. Ese edificio alberga aún vida. Tengo que protegerla. Por lo que veo, señor demoledora, estamos en una disyuntiva. Usted quiere hacer su trabajo, y yo debo hacer el mio ¿cómo pretende solucionarlo?
     El hombre protestó. La poca compostura que le restaba se había perdido en los confines de la galaxia. Atravesó la Vía Láctea, se dijo. Nada de estupideces, el lugar está vacío y va a ser demolido. Fin de la discusión.
     Me imaginé la respuesta, dijo el gigante. En verdad es una pena enorme, usted me agradaba mucho. Tan pequeñito, tan lleno de vida. El gigante no tardo en lanzar la demoledora lo mas lejos que pudo. La máquina voló miles de kilómetros hasta caer y destrozarse contra las costas del mar. El pequeño habitante del edificio asomó por la ventana, una mosca enorme colgaba de su boca.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Día 193: El búho arremangado

      El agua lo tapó todo, hasta la casa del búho arremangado. Pobre vigilante del bosque, nadie lo ayudaba a sobrellevar una vida tan sacrificada. En una anterior inundación había perdido a su familia. Durante un asalto a mano armada fue herido y no pudo volar de nuevo. Así pasaba las horas, despatarrado en su sofá, antes que el agua se lo llevara a pasear.
      Le gustaba sentarse a fumar una pipa, con los pantalones arremangados. Leía unas novelas baratas, atizaba el fuego de la estufa. Vida de búho viudo. Pero el mayor placer venía de arremangarse los pantalones. Una brisa agradable le recorría las patas. El vientito era lo único que le hacía olvidar por un rato a mamá búho y al abuelo.
      Por suerte no había traído pichones al mundo. No es que le alegrara demasiado el panorama, pero por otro lado, tampoco tenía mucho más que añorar. Aparte de la soledad. Igual eso pasó hace mucho tiempo, cuando vivía en otro bosque. Las tempestades dañaban el barrio con asiduidad. Solo algún que otro patito mojado lo disfrutaba. 
      Ahora la historia se repetía. ¿Como idear un escape sin tener siquiera la ventaja natural del vuelo? El pequeño búho respiró e hinchó el pecho. De ésta iba a salir. Como sea.
      El agua no lo dejó pensar mucho. Irrumpió en su casa sin pedir permiso. Se tomó demasiadas gentilezas como para ser un viejo extraño conocido. Se llevó las sillas, le arruinó la comida, los recuerdos de su familia, las ramitas de la cama. El búho fue tomado por la corriente.
      Con desesperación movía las alas y pataleaba. Giraba la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de su pico brotaba el ulular frenético, desesperante, de la vida que se iba. Estaba tan agitado. Ni se dio cuenta. Seguía vivo. 
      Sin proponérselo el búho había aprendido a nadar. Con sus extraños movimientos había domado la corriente. Ahora pataleaba a sus anchas, como si fuese una pileta olímpica. Aquella fuerza irremediable de la naturaleza que otrora había despedazado parte de su vida, ahora se la había devuelto.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Día 192: Mamá burocracia

      Una diarrea de papeles. Mamá burocracia acaba de parir un cuento enorme. La labor de partos le llevó dos semanas y cincuenta y dos minutos. Los requisitos para el visado de los formularios correspondientes retrasaron los trámites. 
      La infracción por cesárea amenizó el caga-caga. Pobre mamá burocracia. Está destrozada de tanto hacer fuerza. La cara pálida, blanco mate, desentona con los litros de tinta que salen de sus entrañas. Qué desvergonzados, nadie quiere hacerse cargo del enchastre. Todo tan sucio. 
      Mamá burocracia señala a los doctores con sus dedos gordos, también a los anestesistas y a las enfermeras. Total, son todos sus hijitos. El bendito mundo era su hijo. Nadie escapaba a su maternidad. Incluso las ballenas reconocían que ciertos trámites alimenticios requerían la firma de los pliegos marítimos.
      Parió con asco y salió a la calle. Caminaba con pasos anchos, laterales. Tenía un miedo bárbaro. A ver si la reconocían y la golpeaban toda, a ella, una madre, ¡que nadie lo permita! Su estado era delicado, cualquier vivo podría derrocarla de su estado de madre reina. 
      Todos cagatintas. Ellos, con sus portafolios sagaces, contaminando las veredas. Es sabido, algún día va a terminar mal la cosa. Como una revolución, pero con fuego y cosas quemadas. Así hasta que caiga la noche. La madre saldará sus cuentas con esos hijitos desagradecidos. No hay que esperar demasiado. Falta poco.

martes, 25 de noviembre de 2014

Día 191: La sedición de los fracasados

      Insurgentes. Pueblos levantados contra el penar diario que acogota sus cuellos contra el estiércol. No desearon organizarse. No contaban con el tiempo suficiente. Ahora o nunca. Fue ahora. No les llevó tanto trabajo. Menos del esperado en realidad. La pregunta. Importante. ¿ahora qué hacemos?
      Las principales naciones fundaron sus imperios sobre las bases del cooperativismo. ¿Dónde estaban las naciones? Se retiraron a los bosques, para vivir en libertad. Les dejaron el quilombo servido en bandeja. Todo muy sospechoso, alguien diría. No hagamos hincapié en las direcciones. Los rayos de luz se disparan y nadie les pide cuenta de su trayectoria. El caos es la organización y prima por sobre todas las cosas.
      El poder es como un tic nervioso. No se puede evitar aunque quede feo. Causa gracia, aunque por lo bajo pueda esconder algo peligroso, difícil de captar. Y la pregunta que aún resuena, ¿ahora qué hacemos? darse a sí mismo lo que es de sí mismo, algo así sería la consigna ciudadana. Olvidar los años bajo el yugo imperial. Memoria es olvido. Olvido es salud.
      El fallo recurrente de la gobernación desaparecida. ¿A quién echarles las culpas? ¿Tiempo de hacerse cargo del desastre? Ante el ojo de la utopía las risas son demasiadas. Nadie desea la perfección. Un poco mal tienen que estar hechas las cosas como para que nos den ganas de arreglarlas. 
      Casos de regresión. Hay ganas de volver al útero. La militancia materna. Bebes ansiosos por beber de la teta del gobierno exiliado. Pero los pechos de la madre están envenenados. Supuran el odio clasista y combativo de la especie humana. A veces es un error de puntuación. Falta un respiro textual. Se perdieron en el bosque. Los extrañamos. Vuelvan. Vuelvan. 

lunes, 24 de noviembre de 2014

Día 190: El gato espía

      Las voces se disparaban a lo largo del depósito. Largo. Fuera. No hay lugar. Mientras tanto, el televisor prendido del guardia no dejaba de emitir su señal distorsionada. Los muchachos aterrados lo señalaban. El hombre colgaba por sobre sus cabezas. Todavía el cadáver fresco tambaleaba al son de un ritmo secreto. 
      Uno de los chicos dijo, vamos a jugar con eso. Cada uno portaba su fusil reglamentario. Gestos, miradas cómplices. Sus padres nunca permitirían usarlos de no ser necesario. Así lo contemplaba la ley. Pero las luces siniestras que emitían y desfiguraban sus sombras detenía el tiempo y el influjo del mandato societario. 
      Unos cuantos disparos y nos vamos, señaló el muchacho que lideraba el grupo. Las balas no se hicieron esperar. Atravesaban el cuerpo con precisión milimétrica. Cada articulación. Cada recodo de la cabeza. Los sesos salpicaban las ventanas. 
      No estaba mal. No se sentía para nada mal ¿por qué prohibir semejante diversión? Algo habrá hecho para morir como un perro. Se merecía cada balazo, seguro. Hicieron apuestas. ¿quién arrancará el brazo primero? El premio gordo era la cabeza. El cuerpo, luego de una ráfaga ininterrumpida, parecía una papa roja carcomida por los gusanos.
      Unos clics secos salieron de los fusiles. Las municiones. Diablos. El peligro de volver a casa. Son tan solo unas cuadras, no nos va a pasar nada. 
      La puerta del depósito se entreabrió. Una voz gritó ¡ahora! Varios hombres surgieron de las sombras. La idea de los padres había sido un éxito. El muñeco había picado su curiosidad. El miedo mojaba el pantalón de los niños. Los rifles apuntaban al grupo de pequeños. Mierda, escupió entre dientes el muchacho al frente, antes de morir acribillado. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Día 189: Zombies

      Constipado emocional. La traición de los esquemas. Es por un bien mayor. Por el bien de la expulsión. Las purgas del alma. Como un nuevo día nace y detiene el ritmo del tiempo. La vida viene sin cronómetro a mano. Se vive a través de sensaciones y se muere a través de otras tantas. Es un camino rectilíneo, con algunos tumbos.
      El parámetro de un recuerdo perdido que no condiciona el abismo que lo mesura. ¿Hay alternativas? La pregunta, ¿hay alternativas? ¿es una maldición? O la dicha. La maldita dicha de sentir demasiado y actuar poco. El veneno de la inacción. La inmovilidad de las cosas. Reside el estado de una situación en su limbo mismo.
      Anochecer será cuestión de tiempo si las horas lo permiten. Algún día todo será un recuerdo feo. Algún día todo será olvidado. Fue inevitable. El catálogo de las naves, la vuelta al hogar, nada pudo escapar. Nadie vuelve a casa. Retorna al seno. Ítaca allá lejos. 
      Melancolía como moneda de cambio. Un sucio reemplazo, bastardo, odioso. No es suficiente. Algo pide más. No conforme a su constitución el cristal rompe la cárcel. Nace en un período de tiempo recortado por historias del pasado. Buenas anécdotas. Cuentos a la luz de una vela apagada. Pequeños rectángulos pegados al borde de la calle. 
      Y el condenado desvelo. Nadie piensa en la ansiedad de estar despierto. En realidad nadie piensa. Somos un cúmulo de impulsos sobrepuestos uno encima del otro. El engaño de la razón. Otro modo de la mentira, eterna, rancia, aberrante. Es sintomático, movilizante. Supura carne muerta. 
      La luz no brilla si no es a través de la carne. Estamos desnudos sin saberlo. Cargamos el cadáver. Hasta las últimas consecuencias.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Día 188: El nuevo viejo nuevo orden mundial

      La sensación del mal inoculado. Ahí está, el virus metido a la fuerza. Los doctores le hicieron lugar. Dieron lugar a una nueva conspiración. Esas de las que nadie habla pero que todo el mundo está enterado. Vaya uno a saber cómo. 
      Las conspiraciones y su vueltas por el mundo. Dan tantas vueltas que marean. Hasta el vómito. Nos tienen controlados. Pónganse a cubierto. Evitar las antenas receptoras. Sí, ellos también escuchan nuestros pensamientos. Ellos y su maldito nuevo orden mundial. 
      Van a construir supercarreteras. Esclavizarán a la humanidad hasta sus cimientos. Privatizarán el aire. Todos los sabemos que van a ocurrir. Actúan en las sombras. En secreto público. Para unos pocos. Y unos cuantos también. La libertad. La libertad. Ese bien preciado. En nombre de la libertad van a suprimir nuestros derechos. Lo sé porque lo sé y nadie me lo va a cuestionar. 
      Van a callarnos por el bien del interés de unos pocos. Por el bien de sus provechos irracionales. La madre de todas las conspiraciones. Mamá conspiración. Nosotros somos sus hijitos pelotudos. Esos que van a dejarse estafar por una moneda. Es así. No puede ocurrir de otro modo. Incluso nos confunden para hacernos creer algo que en realidad es diferente a lo que podría ser, que si bien no siendo termina siendo como es, aunque no es. Todo es tan claro. 
      Caerán vastos imperios. Reinará el pandemonio. La tempestad. Saldrán beneficiados unos pocos. El caos. Y está ocurriendo. No nos damos cuenta. Aunque nos lo refrieguen por nuestras narices. Aunque parezca que nada ocurre. Ocurre. Es verdad. Lo juro por Dios. Es la verdad. Está escrito en un versículo que ahora no recuerdo. 
      Van a venir por nosotros. Van a querer callar la verdad. Porque ellos, escondidos en las sombras, a los ojos de todos los que lo ven, conspiran. Si, conspiran. Conspiran cosas. Son gente mala. Quieren ganar dinero. Mucho dinero. Saben que les conviene crear una Tercera guerra mundial. Por el bien del capital, y de los Rothchilds, y de los reptilianos, y de Martin Luther King. Van a ascender al poder. Como gran hermano. Tengan cuidado. Los tiempos se acercan. Hoy. Mañana. Dentro de 255 años y medio. Ocurrirá. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Día 187: La novena extinción

      El día previo a la debacle no vale nada. Ya no. Ahora está todo destrozado. Los carteles en la ruta parecian advertirlo. Una moneda por cada vaticinio acertado. En todo caso la caída de un meteorito no podía ser previsto. Al menos eso hace unos seiscientos años atrás. En los tiempos que corren, con los radares y todas las demases tecnologías, uno puede tener una certeza científica de cuándo va a venir un pedo de elefante ya desde Neptuno.
      Sin embargo el hijo de puta cayó. Hizo pum, pero con fuerza. Tembló todo. La gente estaba asustada. Corrían de acá para allá como mosquitas sedientas de caca de caballo. Los gobiernos de diferentes países establecían planes de evacuación. En la histeria colectiva, ninguno era llevado a cabo. En Islandia no hubo planes de evacuación. Islandia no existía. Había desaparecido bajo el peso de la roca de fuego.
      Tampoco era tan grande como la que hizo cagar fuego a los dinosaurios, pero contaba con el suficiente tamaño como para que todo el mundo se enterara que algo feo había chocado contra la tierra. Está todo bajo control. Esa fueron las últimas palabras de la tele antes de morir. Por supuesto, nadie le creyó.
      El aire estaba enrarecido. La raza humana estaba preparada para una quinta guerra mundial, para una catástrofe nuclear masiva, para un pedo de elefante neptuniano, pero no para el imprevisto. El espíritu de la contingencia. Oh sí, Dame el meteorito, nena.
      Anoche nos llevaron a un bunker, como para ver si zafamos. Dicen que tenemos que vivir bajo tierra, a la manera del topo. Más o menos treinta y ocho, cuarenta años le calculan esos científicos que no pudieron prever que un meteorito cayera enfrente de sus narices. Tampoco había demasiadas opciones, ya era imposible respirar en la superficie sin tragar polvo.
      Se temió el fin. No quedaban muchos seres humanos en la Tierra luego de los problemas con internet. Estuvimos cerca. Mierda que estuvimos cerca. A un pelo. Le dijimos chau al sol. Ya ni se veía de todos modos, la nube de polvo cubría la bóveda del cielo. 
      Selección natural. Así mencionaron a Darwin como quien no quiere la cosa. La naturaleza va a elegir a los más aptos para no morir bajo tierra, el resto pasará a ser alimento de combustible fósil. Nos dejamos en manos de la evolución, que es más o menos el equivalente a levantar una iglesia y ponerse a rezar. Esperanzas. La nulidad de los eventos. No caeremos. Seguro caeremos. O más bien, algún día caeremos. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

Día 186: Nociones de escapismo

      Para escapar no se necesita una valija muy grande. Es realidad se trata de amar con desmesura. Una pizca de sentimiento. También hace falta unas cuantas nubes en el cielo. No importa su tamaño. Luego viene la parte difícil.
      Hay que mirar para arriba y dejar la mente vacía de malos recuerdos. Abrazar al cielo hasta que nos permita volar. Figurarse como un avión. Dejar atrás las neurosis y la cacona de las ciudades.Que lo malo quede abajo, en lo subterráneo de las cosas.
      No tiene por qué ser un gran escape. Importa la intención del giro, aunque sea un accidente, a pesar de los vuelcos, sin prestar atención a la sangre derramada y las vísceras que se dejan en el camino. Hay que estar al costado de la civilización. Más cerca de lo distinto. Las palabras cada vez son más inútiles. Es lo que marca el avance del tiempo. Las palabras y su sinsentido.
      Mejor callar. Aprisonar el silencio entre los labios como un bien preciado. Volar en llamas. Volar hecho pedazos. Una llamada desesperada hacia ninguna parte. La suerte del limbo. La fortuna de los sin sombras. A veces hay que olvidar más. Abandonarse a una corriente de las tantas. Defender a las circunstancias aún en el escepticismo.
      Lo mejor es dejar que a los soliloquios se los coma el viento. Dejar que ceda al influjo antropófago. Noches salvajes bajo la lluvia. Atrocidades coadyuvantes al ojo despierto. Lo importante es el escape y dejar la valija vacía.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Día 185: La trama violeta

      El niño adivinó cada uno de sus pensamientos hasta hacer de su existencia una tarjeta de cartón. El bastardo desdoblaba y giraba sus ideas como si fuesen autitos de juguete. Lo siento, está adentro, jodiendo con mi cerebro.
      El pequeño estaba subyugado ante las imágenes que desfilaban por su cabeza. Poco entendía de qué trataban. Eran cosas de adultos. Inentendibles, como los adultos mismos. A él le gustaba curiosear. Era divertido porque le daba cosquillas en la panza, como si acabara de comer un helado de frambuesa.
      Este hombre le llamó la atención de sobremanera. Las imágenes estaban teñidas de violeta. Un velo cubría sus pensamientos. Algunas cosas pintadas de púrpura, otras delineadas en lila, pero siempre violeta, antes que nada. Una especie de trama violeta que creaba un camino imposible de recuerdos y fotos en movimiento.
      Y las nubes hablaban, decían cosas extrañas, como: "el tiempo llega ya" o "lloverán los ojos, violeta es negro". Toda una sarta de frases sin sentidos. Este adulto parecía un niño camuflado. Aun no se resignaba a abandonar su reino de fantasía.
      Un sol violeta caía sobre el horizonte purpúreo. De a poco todas las imágenes se oscurecían. Una gran cámara negra encerró al intruso. No escaparás, bastardo, nunca, nunca, nunca. El hombre tendido en la calle sobre un charco de sangre decía adiós a la vida. El muchacho a su lado, todavía en pie, observaba, a través de ojos vacíos.

martes, 18 de noviembre de 2014

Día 184: Ganso pico rojo

      El riñón estaba tirado a un costado de la calle como una latita aplastada. Hace unas horas atrás se encontraba dentro de un cuerpo con vida, ajeno al destino que le esperaba. Ahora adornaba el piso, con un poco de olor y unas cuantas moscas en la superficie.
      En la cesta de basura colgaba un pulmón. El derecho para ser más precisos. Se encontraba un poco ennegrecido por el alquitrán del cigarrillo. Unos metros más adelante un dedo ensangrentado decora la ventana de una casa vieja.
      En el esqueleto de cemento de su estructura reposaba el muerto y sus pedazos en la ciudad. En el otro extremo de la calle se encuentran los restos del asesino. Un poco más arriba, cerca de las nubes, está el verdadero culpable de los crímenes. No es humano, tampoco extraterrestre, ni siquiera un ser celestial. Es un ganso. Un ganso volador asesino de seres humanos.
      Al muchacho le gusta despedazar personas. Es su hobbie favorito, luego de comer y hacer popó. No hace discriminaciones de ningún tipo. Toda persona le viene bien. Las pequeñas, las mayores, los locos, los enfermos, los deportistas y las prostitutas. Todos son carne fresca de ganso.
      Algunos etólogos han analizado su comportamiento. Lejos de las teorías que vinculan al ganso con el desquicio de un brote psicótico, los expertos intuyen en el animal una sed de venganza. Creen que ya no fue el mismo desde la muerte de sus padres.
      Dicen los rumores que los encontró en una góndola de supermercado. Dentro de una lata de paté fois gras yacían lo que restaba de su familia. Desde entonces juró venganza a la raza humana. No descansaría, por cierto, hasta destrozar el último hombre sobre la Tierra. Una apuesta arriesgada, por cierto, pero muy gratificante. 
      Los vigilaba desde el cielo. El ave asesina descendía en picada, como un avión en llamas y arrancaba de a picotazos los pedacitos del sujeto elegido. Así hasta la muerte. Así hasta la saña descubierta. No es para tanto dirán. Pero sí lo es. Ganso pico rojo. Así le dicen. En las redes sociales lo veneran. El modelo de justiciero en blanco y pico ensangrentado. Al ganso poco le importa la fama. Solo quiere ser libre, estar en paz. Hasta terminar la tarea.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Día 183: Gritar el abismo

      En este momento silbamos alto. Hasta destrozar los tímpanos. Es la ignorancia del avance de la muerte. En minutos somos los cadáveres. Ricos cuerpos sin vida.
      Ustedes nos llaman, nos agreden con sus palabras suntuosas, demonios sin sombras. En la oscuridad nos devoran los espacios, a través de sus bromitas. Es una anomalía de los señores antiguos.
      Vamos, vamos, eran los llamados de guerra. Irán a un nuevo lugar, para el enfrentamiento final. Los soldados hacen retumbar el sonido de miles de zapatos que se taconean entre sí. Vamos, vamos.
      Están todos invitados a la carnicería, un día de espanto para disfrutar. Los novios consumados ametrallan a sus hijos en el altar. El sacrificio es necesario. Por la patria y el sueño de los padres.
      Ellos portaron una semilla debajo de sus axilas. Criaron esas cosas que nacen como verrugas insolentes. Detrás de todo eso hay un pequeño autito de juguete.
      Gira en círculos. Está ajeno a las explosiones. Es el señuelo indiferente. Hay otros juguetes en el frente de batalla. Pero no mueren. No olvidan. Nadie los pide.
      El olor es insoportable. Tanto muerto por doquier. Cadáveres cegados de vida. Vamos, Vamos. A juzgar por el ruido de las balas el fin está cerca.
      Las palmas agrietadas aplauden el teatro. Ya todo terminó. Los nenes van a sus casas. Suspiran. Se retuercen de alegría. Estuvieron a un pelo de morir. Estar vivo es lo que llaman bendición.
      Y seguimos silbando. Camino a la muerte. Este tren que nunca se detiene, que no cambia de riel. Nos torturan las ideas del más allá, de aquello que no existe, salvo en la incertidumbre de lo pasajero. No hay tiempo para empacar. Hay que salir desnudo a la calle y gritar. Gritar el abismo. Hasta dejarlos sordos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Día 182: Día de limpieza

      El humano había agotado su vida útil. Mientras tanto, un par de restos de piernas atoraban el mecanismo de la máquina. El gran lavarropas funcionaba sin parar. De noche. De día. De nuevo de noche. Y también de día. En una jornada normal de trabajo se limpiaba, secaba y centrifugaba a unas trescientas mil personas. El lavarropas era grande en verdad. Aunque también las personas eran pequeñitas.
      Al último lote no le habían agregado suavizante. Ahora todos los humanos tenían virutas de jabón entre los dientes. Eso no era del agrado del empleado de la tienda. Adiós, mención especial. Esto al Creador no le va a agradar para nada. Ya se imaginaba las palabras brotando de su barba. Están todos sucios. Una sola tarea te encargo y la haces mal. Pedazo de idiota.
      El Creador tenía pocas pulgas. Era un neurótico obsesivo con delirios de grandeza y una tendencia volcada a demandar cariño siempre que se prestara la ocasión. Algo así le había diagnosticado su psicólogo, quien había cuidado de elegir bien las palabras. No le diría la verdad. Nadie se animaba. ¿Quién le haría frente a semejante bestia? ¿quién se plantaría de frente para decirle en el rostro que era un psicópata, sociópata, ludópata, perdido en la bebida y en las ideas inútiles y grandilocuentes?
      No era su trabajo tampoco. El empleado de la tienda solo recibía órdenes de su amo y señor. Cuestionar la autoridad no era su trabajo, no, no. Además debía manejar el lavarropas con cuidado. A veces se atascaba algún cuerpo y había que retirar los jirones de carne y sangre del tambor. Además sabía que era observado todo el tiempo. Las cámaras de vigilancia no se perdían un solo detalle.
      Ya lo imaginaba. Ahora se vendría la regañina. Las piernas le temblaban. A veces el Creador le golpeaba en la cabeza con una rama, sobre todo cuando se encontraba enojado y de mal humor.
      La puerta rechinó a sus espaldas. Un extraño sujeto cruzó el portal. Sostenía un diario debajo del brazo. Miraba al empleado con un esbozo de sonrisa. El empleado saludó al señor. No pudo reprimir el tartamudeo.
      El creador le comentó que estaba enterado de la falla en la limpieza del último lote de humanos. Que no se preocupara, ya le iba a salir mejor. El muchacho cerró los ojos. Esperaba el golpe en la cabeza. Pero nada vino. Con temor miró a su amo y señor de reojo. Ahora estaba sentado con un pocillo de café en la mano. Hacía pequeños sorbitos, mientras leía las historietas del diario. El creador estaba de buen humor. Extraño. Dos siglos. Esa era la cuenta exacta de la vez última que lo veía tan simpático.
      El creador se dirigió a su empleado. Ahora sí venía el golpe. El maldito está jugando conmigo. Nada vino. Salvo una curiosa confesión. Estoy enamorado. Tengo una foto. Me voy a tomar unas vacaciones. Muchacho, lo dejo a cargo de todo hasta que vuelva.
      El empleado tomó con dudas las llaves que le extendía el Creador. No estaba en condiciones de cuestionar sus decisiones. Tampoco valdría la pena criticar el amor de su amo por lo que los humanos daban por llamar cabras. Nada de eso. Ahí sí vendría el golpe.
      Ambos se saludaron con extraño afecto. El muchacho le deseó felices vacaciones a su jefe. Le prometió que todo iba a a estar en orden. Minutos después, el empleado, absorto en sus pensamientos, digería sus nuevas potestades. Amo y señor. Amo y señor. Ahora las cosas en la lavandería iban a cambiar.   

sábado, 15 de noviembre de 2014

Día 181: Extraviado

      Nacido en la desesperanza. El barro moldea el cuerpo, lo refigura a su semejanza. Nos preguntamos por dónde y por cuánto. A lo mejor existe un mejor postor para nuestros recaudos. La búsqueda de lo eterno. De los rincones perdidos. El golpe atrás que sacude el espanto y aligera las piernas. 
      Volamos alto con nuestras alas icarianas. Alto, tan alto como lo permita el sol. Hacemos caso omiso a la cera que se escurre a través de los pantalones. No importa, es un viaje. De los de ida. Algo dice que se puede, una voz fantasma, un eco de otro eco. Allá en la cabaña, donde combaten las almas sin envase.
      Un llamado que despierta la sangre. La vuelve roja a cada latido que marca el tempo de la catástrofe que nunca fue y siempre será. Abrir los ojos a la noción de la bancarrota. Quedar en la calle con los brazos abiertos, desplegados en el borde de las cosas sin borde. ¿Y dónde están? ¿dónde están? Las horas que se fueron, los muertos que ya no están.
      Mañana será nada. Lo que espera es negro. Es el pozo más allá de la luz. El cántaro que nunca va a la fuente. Nada retorna. La luz es un llamado. Signado. Aprobado. Montes de palabras inútiles, acojonadas. No es como plantar una semilla y escapar.
      En algún lugar quedó lo no encontrado. Sobrevolarás los sembradíos, con tus alitas de plástico. Morirás si el intento lo merece. El buen final de las justas causas. Un orgasmo de juguete. Lo que no alumbra no daña. Aunque muerde como un depravado. Dientes desean roer la carne hasta lo más profundo del pedazo.
      En los vaivenes de los versos el hilo perder. Busca, busca, alado sujeto. No lo encontrarás, lo asegura ese eco maldito. Aún si tratas el viento arrecia. Lejos. Lejos y sin caminos amarillos. Sin guías. Sin Virgilios. Chau, Kansas. Adios, suelo. Goodbye. No más de lo mismo. Salta el abismo. Transgrede. Come la hez. Deposita. No irás más cerca. 

viernes, 14 de noviembre de 2014

Día 180: Campaña de prevención N° 1

      El mal es asintomático. Se te mete por dentro como una pulga sediciosa y te destruye. Hasta hacerte mierda. Así dicen. Es una enfermedad tan extraña que ni en los manuales más modernos de medicina aparece. No se cura con terapias alternativas ni con pastillas de las ilegales. Ahí lo tienen, en todo su esplendor, el flagelo de la idiotez. 
      Pero si hasta la cara te acompaña en esas ocasiones en que tomamos el camino equivocado. El idiota es así por decisión propia. Es una postura estudiada, prefijada. Nada asociado a la contingencia o los avatares del incierto. Lleva su tiempo ser un buen idiota. No es para cualquiera. Y sin embargo, sabemos que está mal. Luchamos contra eso como si fuese un cáncer que te devora la boca del culo. Bueno, hacemos como que luchamos. En realidad no luchamos un carajo. Si nos encanta ser idiotas. Al menos así dejamos de hacernos cargo por un rato de nuestras propias limitaciones.
      El acto de la idiotez no conlleva a la contrición. El idiota está bien orgulloso de serlo. Incluso peca de intolerante. Dentro de las gamas más peligrosas de la estupidez humana se encuentra el fanatismo. Fanatismo para todo. Es la declamación última del dogma sobre la reflexión y el valor de las ideas. Es el avasallamiento de una idea en pos del respecto de consignas que suelen carecer de sustento explicativo.
      Cada tanto el ser humano se autoinocula algunos milímetros de sensatez en la sangre, como para no levantar sospechas. Pero la idiotez es una enfermedad autoinmune. Muere y se regenera. Luego ataca al organismo como si nada. Y caemos de nuevo en frases carentes de ubicación, en acciones proclives a exacerbar nuestra pública vergüenza o, en el peor de los casos, el acto macabro que nos condenaría a un exilio inmediato. Condenado al ostracismo por siempre.
      Del mismo modo en que actúa el párkinson, la idiotez es un trastorno neurodegenerativo. No podemos evitar sentirnos idiotas. Actuar como idiotas. El tiempo nos vuelve idiotas. Y así sucesivamente. Es recomendable que nos realicemos cada tanto los análisis pertinentes para detectar el avance precoz de esta enfermedad. Acérquese a su biblioteca más cercana y pida a su bibliotecario favorito una prueba de detección de idiotez. Cuidemos nuestra salud mental, su familia y sus amigos se lo van a agradecer.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Día 179: Sobre un camino efímero

      Vos no entendés para nada las razones de los cumplidos. Yo te digo cosas bonitas y vos tenés que sentirte bien. Así es el trato. No, claro, no está en ningún lado escrito. Es lo que los científicos llaman un acuerdo tácito. Normas de convivencia. Un pacto cultural reglamentado por la sociedad. Algo así. Creo que así lo tendrías que entender.
      Mis padres me advirtieron que no me juntara con personas difíciles y acá estoy, tratando de sacarle jugo a una roca. Mirá, todo comenzó hace unos miles años atrás, cuando fui creado. Nadie pensó que un error de la naturaleza podría convertirse en algo humano pero así ocurrió. Vagué por siglos los confines del universo. Conocí otras civilizaciones, otros modos de compartir el cariño. Toda una enseñanza gratificante. Podría decir que la eternidad me hizo algo más sabio, incluso creo que debe ser cierto. Al menos lo era, hasta que te conocí.
      Pateaste de lleno en el hígado de mis convicciones. En algún punto que no descubro cambiaste mi manera de pensar. Sé que soy algo idiota. El tiempo te hace sabio pero no te quita lo imbécil. Descubrí el carácter de la mesura. Todo a su debido momento. Algunos lo dan por llamar karma. Yo ahora lo llamo ser un cagón. Un cobarde. Un monigote que no vale dos pesos.
      En el exceso, el acto imposible, el arrojo ante lo desconocido, se encuentran las marcas de lo verdadero. Vas a quererlo, vas a desearlo. Es como todo, cae solito. A veces es mejor que acates a las cosas que te digo. No es para hacerte un mal. Por lo contrario. En lo eterno el tiempo es oro, el tiempo cuenta, porque distingue las horas de lo que pasa. Vamos, entendeme, por favor, es que de a ratos todo esto es una locura. 
      No sé cuando voy a morir. De seguro no saberlo también forma parte de mi castigo. También debe ser parte el hecho de que me ignores y me hagas oídos sordos. Y sé que te vas a morir algún día, y me vas a dejar solo, así como vine a este mundo, así como sigo, y seguro así como seguiré. Y hoy me importará. Te lloraré. Mucho, lo juro. Capaz vaya a dejarte alguna que otra flor a tu tumba. Cuando pasen los años la herida se va a cerrar, casi hasta desaparecer. En un par de siglos lo voy a olvidar todo. Así suele pasar. 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Día 178: Señoras ardorosas

      El café brotaba de la tetera maravillosa como la sangre derramada de Jesús a lo largo de la lanza del centurión. Los pocillos humeantes pasaban de mano en mano. El frenesí dominaba la mesa. Algunas golosas avanzaban sobre las masitas dulces. Una mujer de unos cuarenta años carraspeó. El resto de las mujeres cuchicheaba asuntos sin importancia, mientras algunas rezagadas saludaban al resto y tomaban asiento. La mujer levantó las manos:

      - Queridas, les doy la bienvenida a todas a una nueva reunión del comité. Quiero agradecer a la señora Dora por traernos estos deliciosos pastelitos. Prueben, prueben. Quiero contarles a todas que estoy tan contenta. Se van a enterar antes que nadie. Mi pequeño enriquito se va a casar. ¿no es hermoso?

      Las damas aplaudían y felicitaban a la anfitriona. La señora pidió suma discreción. No tenía que enterarse nadie. Así ocurria durante la ronda de chismes. Mantener el decoro. Luego tomó un par de hojas y leyó a continuación:

      - En otro orden les comento que tenemos nuevas asociadas al club. Ya la señorita Josefa les explicó las normas de conviviencia, nuestros horarios de reunión y el modo en que tienen que venir vestidas. Les aconsejo, mis queridas, que asesoren y ayuden a las nuevas en todo lo que requieran, ¿no queremos tener inconvenientes, no? 
      Empecemos con la votación para nuestras acciones del fin de semana. Tenemos dos propuestas, una casa particular reseñada en informe a la organización, cortesía de doña Emilce, y una iglesia apostólica a quince cuadras del centro.

      Fue una elección reñida. La iglesia apostólica ganó por una diferencia estrecha. La señora anfitriona felicitó a sus compañeras por su sabia decisión. Les comentó a las señoritas nuevas, a modo didáctico, los fines del comité. Las muchachas asentían a cada una de sus palabras. Estaban preparadas para realizar el juramento:

      - Por último. Recuerden que la vestimenta para las acciones es estricto negro. Nada de colores. No tenemos que ser reconocidas. La base de un buen incendio es el anonimato. Nos encontramos en este recinto el viernes a las tres de la mañana en punto. No se olviden de traer entre diez y veinte litros de nafta por persona. Con esto damos por finalizado la reunión del día. ¿A que no saben? La vecina de Dora se compró un perrito, es divino, creo que es un Schnauzer.

      Si, si, las señoras discutían entre ellas. No estaban segura de la raza del can. Pobre la vecina de Dora, había perdido hace dos años a su marido. Estaba tan sola. Atardecía en la calle. Entretanto, el comité de señoras con tendencias pirómanas continuaba con su cotilleo.

martes, 11 de noviembre de 2014

Día 177: El clarividente

      Un detalle de omnipresencia. Hay que pagarle bien al anestesista. Los buenos trabajos se reconocen, eso me enseñaron en casa. Mis memorias han llorado recuerdos olvidados. Pero no importa. Ya estoy bien. Ya pasó.
      Fue un momento feo, no voy a negarlo. A cambio obtuve esta maldición. La clarividencia no es divertida. Son millones de mentes que viajan en el éter y te traspasan el cerebro como un colador. Así ocurre. Al principio puede parecer entretenido, incluso ingenioso, saber lo que los otros piensas. Pero luego es como un dolor de cabeza constante que no medra en su intensidad. La mente circunscrita al ruido blanco de la realidad. Los pensamientos caen en un velo sin retorno.
      Pedí ayuda. Una caterva de especialistas me cerraron las puertas. Pero hombre, usted está loco, usted tiene un tumor en el cerebro, de seguro se lo inventa, hipocondríaco, usted tiene una glándula deficiente, su aura esta sobredesarrollada. Explicaciones y más explicaciones sentido.
      Encontré con el doctor Arkheimer por casualidad, en la cola de un supermercado. Hablamos de las idioteces que suelo tratar con desconocidos como para menguar el efecto clarividente. 
      Como si fuera un detalle al pasar, Arkheimer me comentó acerca de su profesión. Su modo de ejercer la medicina era un tanto peculiar. A decir verdad, creo que el hombre ni siquiera tenía un título universitario. Soy autodidacta, me dijo, con un estupido orgullo que dudo le haya abierto posibilidades de una nueva clientela.
Y yo le creí. No estaba cegado a la realidad, pero no me quedaban muchas alternativas. Mis instancias se agotaban. Por otra parte, no tenía nada que perder.
Me sometí a sus experimentos. Fui su sujeto de pruebas con gusto. Aunque no fuera una experiencia agradable. Dolió y mucho. Cada centímetro de mi cuerpo experimentó el dolor en cada uno de sus niveles.
      El asunto es sencillo, me decía Arkheimer, usted no tiene fantasmas adentro ni nada raro. El cuerpo siempre somatiza la enfermedad, sea la que sea, si controlamos la parte que jode, solucionamos todo, es fácil, dos más dos es cuatro.
      Si, le creí. No fue fácil. Todavía no termino de sorprenderme todas las partes con las que cuenta el ser humano. Las sometió a todas, a cada una de ellas, de arriba a abajo. Viví largos meses encerrado, con la baba por el piso, chorreando antibióticos y analgésicos.
      Un día el doctor llegó muy campante al pie de mi cama. Me sonrió. Ya sé lo que tiene. Sin esperar demasiado, tomó una sierra y me cortó la mano izquierda.
      Recuperé el conocimiento horas después. Aún sentía el cosquilleo de los dedos en el lugar.  Arkheimer se encontraba sentado a mi lado. Leía un comic de vaqueros, mientras tomaba una gaseosa. Ah, se despertó, por fin. No sabe lo que me costó mantenerlo con vida. Estuvo una semana en coma, ¿recuerda algo? No recordaba nada, en absoluto.
      ¿Sabe lo que pienso en este momento? Hice mi mejor esfuerzo, pero no logré penetrar su mente. Lo sospeche, me dijo Arkheimer. Usted está curado. Tenía la mano mal. Era la que le causaba todo esto. Si quiere se la muestro.
      Se lo agradecí, pero me negué. Una pena, porque era una linda mano. Ahora la tengo en salmuera, para estudiarla. ¿Sabe que todavía mueve los dedos?

lunes, 10 de noviembre de 2014

Día 176: Abulia

      La abulia. El sutil momento en que no pasa nada... y deja de ser sutil. Primero dejar que el cuerpo se relaje. Luego acumular musgo. Hasta que el liquen se relacione con la piel. Una cuestión de amor y simbiosis. Los latidos decaen al mínimo. El corazón golpea como un bombo descompuesto. 
      La villanía de una égogla pastoril. Entre las hojas la gente resuella. Y uno no hace nada. Queda así, en seco. El movimiento es perjudicial para la quietud. Para lo que mantiene a la figura de alabastro. La quietud. La abulia. No dejar que la palabra venza. 
      No dejemos que las frases se extiendan. Es mucho trabajo. Oh, el trabajo. El aire que sale de los pulmones. El oxígeno que trata de corromper a los músculos. Las vacas pastan y poco le interesa lo que a uno pase. En la quietud nos entretenemos. Nuestra figura de alabastro pasta a la sombra. Digiere el pasto en calma. Sin movimiento. Con abulia. La tranquilidad de la repetición. Esas palabras que se repiten y dejan de ser musicales. Es una corchea descompuesta. Un atentado a la música. Un golpe derecho al corazón. 
      Un monólogo de la desesperanza, lo que des-espera. La no-espera. Lo quieto. No más gestos de sorna al suplicio del transcurrir. El momento se detiene. Se decreta. El cuerpo se expulsa hacia un afuera. Nos dejamos llevar, en la corriente del nada pasa, del nada ocurre. A veces somos la abulia. Siempre. O nunca.
      No hay moño. El frac no disimula la ocasión. Es un traje de pobre. De nene cagado en los pañales. Es un nene meado hasta las rodillas. Es un nene que supura el hedor de un fantasma. Mi madre debió haberlo dicho. Quedate quieto, nene. No seas algo. Sé abúlico. Compone una égogla pastoril. Juega con la música. Búrlate de Virgilio. Todos se burlan de Virgilio. Nadie quiere a Virgilio. Pedante de divinas comedias. 
      No hay energías para llorar, porque no hay energías. No hay momento para ser feliz, porque no hay momento. Hay nada. Esa es verdad. Es único. Una inmensa cantidad de nada, dispuesta al azar sobre la mesa, como una cocaína barata, toda blanca y cocainosa. Ese cuerpo ardiente y blanco que dice, tomame, tomame, deseame y tomame. No hay energías. Somos espíritus vagos, productos de una cultura sin cultura. En el siglo nos desarrollamos, como fetos sin nacer. Nenes que cagan en el útero. Nenes.
      Así que búrlate de Virgilio. Todos se burlan de Virgilio. Mi madre se burló de mí. Búrlate con música. Con una corchea o una semifusa, así toda rota. Un canto se detiene porque es movimiento. Lo quieto no canta. Lo quieto no burla. Lo quieto se quieta. Está. Así sin moverse. Dejarse noquear por la verdad, como un Mike Tyson que cae sobre nuestra figura de alabastro. Como un Cassius Clay que destroza nuestras neuronas a las trompadas. Como un Lennox Lewis clavando un cross sobre el hígado de Virgilio. Lennox Lewis se burla de Virgilio. 
      Yo y mi quietud. Mi abulia. Quiero que me pertenezca. Así me miento, aunque sé que no es mía. Que lo mío en mí no existe. Porque yo no soy yo, ni ello ni nosotros. Nada es nada. Solo eso es verdad. Yo no me sostiene. Nada me sostiene, ni siquiera el me. La abulia es la verdad. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Día 175: Los dedos

      Los dedos saben lo que hacen. Tienen memoria. Saben como recorrer el rugor de las pieles. Tocan. Acarician. Magullan. Los que se le venga en gana. Así son los dedos. ¿qué clase de memoria digital ejercerá ese encanto? ¿es magia o tacto? ¿truco o treta? Ahí están, clavados a nuestras manos como cuchillos sin filo.
      Estos dedos de los que vamos a hablar recuerdan. Oh, si, claro que recuerdan. Tienen un pequeño cerebrito, indetectable a la vista. Así piensan, y generan sus ideas. Nada del otro mundo. No tienen planes de conquista napoleónicos. Algún que otro deseo de tocar esto o aquello. Nada raro. Estos dedos recuerdan un asesinato.
      Pobres, los usaron para matar. No querían estrujar a la víctima. Desde el vamos se negaron, pero la mano es más fuerte que los pensamientos. Por sus yemas corrió sangre. Ahora estaban manchados por las memorias de un acto inconcebible. Pobres, los mandaron a atacar, sin más. 
      Vamos a los detalles. Un poco de sangre por acá. Algo de asfixia por allá. Un tenedor clavado en una costilla. Una patada a la mandíbula. Cosas así. Un asesinato con estilo. Una virgencita desconocida llora por sus pecados. Oh, Dios, santísimo patrono de los cielos, venga a nosotros tu piedad. Ten misericordia de estos pobres dedos, corderos, luceros, primeros, verdaderos, con todos sus miedos, pobres dedos. 
      Fax de último momento. Dios no existe. Está exiliado en el abismo de la no existencia. Oh, pobres dedos. Sin salvación. Condenados a obedecer. ¡Vamos! No mientan, ¡si se morían de ganas! El estúpido merecía morir. ¿Lo vieron? El imbécil se confesaba como ante un dios. El patrón no era tan malo después de todo. 
      O sí. La duda, la duda, la duda eterna, de saberse dedo y no pensar como hombre. Oh, duda. ¿Por qué unos cuantos dedos tenían que ser tan trágicos para con la vida? Si desconocían de morales, de conocimientos. Para ellos todo era placer, orgasmo puro. Cada roce, cada golpe. Sí, también los golpes contraen sus glándulas de placer extremo. ¿Y el dolor? Engaño de los sentidos, una confabulación de los nervios, que quieren derrocar todo, como dictadores tercermundistas. ¡Qué nervios desalmados! Es la envidia, la envidia que los muerde por adentro.
      En el cúmulo de sensaciones estos dedos, que matan, que aman, que tocan, pero que no dejan de ser dedos, brillan con una lucecita que creemos le es propia. Quizás es pronto para independizarse. Tal vez sea pronto para hacer un pedido de autonomía. Ya veremos cuando deje de ser pronto. 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Día 174: Las mejores amistades comienzan con el pie izquierdo

      Ese rinoceronte es un malnacido, cuchicheaban por la jungla. El muy prepotente, con su cuerno puntiagudo. ¿Qué culpa tenían los pequeños animales? A todos los agujereaba sin piedad. Vamos, es hora de ser felices, les decía a todos.
      ¿Por qué los animales grandes se tienen que volver un dolor en el culo? Se preguntaban los pequeños ratoncitos. Ya habían lidiado en otra ocasión con un elefante malhumorado. Ahora este rinoceronte abusador. ¿Es que nadie respetaba nada? ¿Dónde está la ley de la jungla? ¿A quién acudir ante tan desahucio? La respuesta es sencilla.
      El juzgado de faltas N° 562 de la jungla, sección B, trabajaba por las mañanas y recibía muchas quejas a diario. Es lógico que ante una demanda tan trivial como la del rinoceronte hayan desestimado iniciar una demanda legal. ¿Han tratado de hablar con el referido? Les indagó la serpiente, mientras tomaba nota en su libro de actas. Es lamentable, mis queridos ratones, pero no podemos iniciar una demanda legal sin una previa mediación de las partes. En caso de que las diferencias sean irreconciliables, recién ahí podemos instaurar un caso en su contra.
      Los ratoncitos se fueron del juzgado pateando cada resquicio de la selva. Estos malditos burócratas. Están para complicarlo todo, todo, todo. ¿Ahora qué hacemos, se preguntaban? Yo tengo una idea, dijo un ratón de mirada sospechosa. Pero no nos va a salir barato.
      Mis servicios se pagan de contado, incluye gastos por viáticos y comidas gratis a lo largo de un año. Necesito esconderme antes de que me atrapen y me metan preso. Es su opción. Al león poco parecía importarles el trabajo de los ratoncitos. Les tiró el presupuesto al piso, algo desinteresado. Si van a realizar el trabajo me llaman. No es muy fácil hacer desaparecer a un rinoceronte. Los veo, tengo cosas que hacer.
      La asamblea ratona no se hizo esperar. Un viejo ratón tomó la palabra. No podemos razonar con ese cornudo, dijo. Por otro lado, contratar a un sicario, por más que solucione de raíz nuestros problemas, está lejos de nuestro alcance monetario. Propongo un exilio masivo.¡Si, el exilio! ¡el exilio! gritaban los ratoncitos sentados en sus pequeños taburetes. Hablemos con la jirafa.
      La jirafa recibió al contigente de ratones en su oficina. Les comentó que de momento un viaje semejante iba a ser imposible. Los vuelos fuera de la selva tenían un retraso de seis meses, y las nuevas contrataciones para una nueva salida del tren de la jungla, recién para el año que viene. ¿Tienen los pasaportes y el permiso de salida firmado y sellado? Los ratoncitos se miraban entre sí. Me imaginé, comentó la jirafa. Tienen que iniciar el trámite en migraciones. Luego pasar por la oficina de asuntos en el extranjero para sellar los formularios A y B. Esperen que les dibujo un croquis. Caminan por acá, unos diez kilómetros al noroeste del río y van a encontrar una pequeña casa. Ahí es donde se legaliza el formulario P55. Con ese formulario sellado y firmado por la autoridad competente, le van a otorgar el formulario A y B. Así van a poder obtener el pasaporte. Pero me informan del departamento de materias primas que hay una demora de tres meses en la fabricación de los pasaportes por falta de materiales. Los ratones sacudían sus cabecitas. Demasiada información para sus pobres cerebros.
      Con resignación iniciaron las charlas con el rinoceronte, con resultados previsibles. El cabrón no iba a sentarse a ninguna mesa de conciliación. El juzgado de faltas inició un sumario con la causa de los ratones que, a falta de información y negligencias administrativas varias quedó encajonado por meses. Las tratativas con el león tampoco avanzaron, la economía de la selva era acuciante y en el trancurso de los meses el costo de sus servicios se había triplicado. La cifra final era absurda.
Un día uno de los ratoncitos más jóvenes tuvo una brillante idea. Robemos el banco de la selva. Pero es peligroso, le reprochaba el resto. Es la idea. Si nos atrapan. Vamos a tener unos cuantos años en la cárcel.
      Nada salió como se esperaba. Salvo el asalto, que fue un éxito. Los guardias de seguridad no supieron que hacer, y nadie metió en la cárcel a los ratones. Seguían libres, como cualquier animal inocente. Es que las cárceles están superpobladas, les comentaba un cocodrilo. Tienen suerte de estar libres, lo sé por experiencia.
      Nadie llamaría suerte al martirio que vivían los ratones. Los trámites del exilio estaban estancados. El dinero del asalto no alcanzaba ni siquiera para darle una comida decente al león. El banco acusaba también la crisis.
      Varios meses después, acosos del rinoceronte mediante, un oficial llamó a la puerta del Comité de los ratones. Les explicó que luego de examinar con detenimiento el caso del robo al banco, la comunidad había determinado que los culpables, o sea la comunidad ratona debían ser detenidos y cumplir una condena ejemplar de 5 años en la cárcel. Los ratones no podían disimular su alegría, algunos emitían chillidos de felicidad.
      El oficial, un gorila de unos dos metros de alto, calmó a los ratones con un rugido. No había terminado de leer el edicto. Dado el estado actual de la cárcel y ante la imposibilidad del cumplimiento de la condena ejemplar dictaminada por la comunidad de la jungla, se declara que los ratones deben ser condenados a muerte, sin derecho a replica.
      El revuelo en el Comité fue enorme. A las espaldas se encontraba el rinoceronte. Lo había escuchado todo. Se sentía tan culpable. Pidió un gran perdón. Ahora ya es tarde, idiota, vamos a morir, le decían los ratones. No lo creo, dijo el rinoceronte, mientras guiñaba un ojo.
      Ahora todos eran fugitivos de la ley. Los ratones, el rinoceronte. No solo habían robado un banco, sino que ahora eran cómplices del asesinato de un oficial. No importa, le animaban los ratoncitos a su nuevo amigo, la selva es grande, dudo que nos encuentren. Y así fue.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Día 173: Bonustrack

      Ese condenado agregado al pie del margen. Esa última palabra que se escapa idiota de nuestros labios. Como si fuese a redefinir el estado del instante, ¿no? Iluso esperarías que alguna especie de ángel benefactor conmute tu condena y no. No hay más tiempo. Se acabó. C'est fini. Caput.
      Ante la instancia de lo irrecuperable, los últimos minutos se nos hacen un tanto bobos. Esperamos una resurrección mágica del hada de los dientes. Ese milagro que nos extraiga el molar antes de caer en la desesperación que genera un dolor de muelas. Y no. Duele. Mucho. No se va. Tenés que ir al dentista, como todo buen ciudadano terrestre.
      Soñás un mundo nuevo, diferente, como si fueses una reencarnación barata de John Lennon. En ese mundo no pasarían estas cosas. En ese mundo el deus ex machina sería ley inalienable. Una prosodia de cada momento que retumba en nuestros oídos. Todas las frases esperanzadoras. Todos los momentos celestiales. Cada vida salvada antes del tum tum de la campana. Susurras. Es mentira. No hay bonus track.
      La esperanza se alimenta como un caníbal bulímico. Arranca nuestros pedazos de buenas sensaciones y la redistribuyen al nuevo trastorno del deseo. Después hay que acarrear al muerto y soportar el olor. Así es cuando cae todo. Querés armar un modelo de virtud y salió una abominación de la galera trasera.
      No queda otra que vivir en la condena del ser. Como si eso fuese lindo, claro. Abandonarse a la causa. Dejar que unos cuantos nos tilden de negativo. ¿Por sobre cuál positividad? Amerita pensar. La realidad es una secuencia de hechos inconexos unidos por el azar de nuestra existencia. ¿Cómo creer en la posibilidad de una objetividad científica cuando a cada momento las cartas son jugadas al estilo Texas hold 'em.
      El sentido retomado, la paz de los últimos minutos en el sendero de la vida. Cuánta esperanza de gusto, tirada al balde. Tanto esfuerzo por la redención de un moribundo vía a morir del todo. El misterio y la contradicción de la especie solo resta decir. Nadie sabe si existe un otro lado. De hecho no puede ser comprobado, nadie ha vuelto del negro eterno. Y por si acaso nos damos el lujo. Ese accesorio caro que damos por llamar creencias.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Día 172: Rock

      Las piernas le chochean al viejito. Por respeto, la gente que está alrededor le hace lugar. ¿Por qué se le habrá ocurrido venir acá? Decían algunos. Tantos lugares para elegir. La fecha era importante. Esa noche se celebraría el concierto de rock más estruendoso de toda la historia. Nadie quiso perdérselo. Estaba todo el mundo, incluso el viejito. Fácil le contaban unas novecientas mil personas, todo un record.
      Y el viejito quería estar entre la gente todo apretujado. Soldado de campo se decía. Les contaba a los jóvenes sus épocas de joven metalero. El abuelo rockeaba, comentaban unas jóvenes, mientras trataban de robarle la billetera a un tonto desprevenido.
      Faltaba poco para que empezara el concierto. La emoción crecía a medida que los temas de la consola de sonido avanzaba. Las luces del estadio se apagaron, el estruendo de casi un millón de almas fue masivo. El gran evento del siglo XXII, así lo ilustraban las principales portadas de los neurodiarios. Razones no faltaban para restarle importancia al evento, dado que era el primer concierto de rock desde su abolición mundial, en el año 2052. Los incidentes de la gran masacre de Río de Janeiro seguía presente en el imaginario de la sociedad. 
      La expectación mantenía a toda una sociedad en vilo, temiendo lo peor. Las medidas de seguridad, si se incluía las vallas eléctricas de contención y los robots de asalto, solo se comparaba a las utilizadas durante la reciente Tercera guerra mundial.
      Los primeros acordes sonaron. Un éxito para las masas, ese viejo rock extrañado. Esa música que estaba prohibida, a pesar de la legalización de las drogas duras en el 2078. 
Las energías del viejito renacieron. No parecía un hombre de 127 años. Con su esmirriado cuerpo atropellaba a las personas al ritmo de un baile salvaje y desconocido. El viejito sacudía la cabeza, escupía a la gente, incitaba al movimiento.
      Está loco, pensaban. Todos escuchaban en silencio, sin alborotarse, así habían sido criados, en la pasividad del sistema. El viejito estaba en un trance importante, parecía recordar como si fuese hoy los grandes eventos musicales de fines del siglo XX.
      Poco le costó llegar a la valla de contención. No dudó un segundo. La saltó sin tocarla, como un atleta olímpico. El viejito estaba encima del escenarios, contagiaba con su furor a los integrantes del grupo de rock, que tocaban sus instrumentos como si estuvieran en un velorio poco concurrido.
      Un dolor en el brazo, a la izquierda. Ahora le costaba moverse. Se había olvidado de todo el esfuerzo que había realizado. Ahora se acordó cuántos años tenía. Igual, ¿Qué importa? Este iba a ser el mejor paro cardíaco de su vida.

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