lunes, 3 de noviembre de 2014

Día 169: Memoria

      Cuánto hay por no ver, como para blindar los sentidos con un poco de cordura. Lo mejor es a veces cerrar los ojos y olvidar el mundo, dejarlo atrás, como para que se pierda. Vamos a despertar en un colchón mojado por las astillas del vidrio, pero ya cuánto importa. 
      Son los sueños de un desperdicio, lo que ya no vuelve, los soldados astillados.  Estábamos desperdiciados, a la orilla de un viento. Nuestros compañeros tampoco volvieron. Los esperamos. En vano. Debimos esperarlos. Nos fuimos. Le dimos las espaldas. Reconstruimos el país por sobre sus cadáveres. Honramos su memoria como los mejores hipócritas del universo.
      Nuestros paredones se elevaron, al ritmo del crecimiento de la ciudad. La madre metrópolis nos llama. Nos engulle en sus entrañas. Somos parte de ese muro que inevitable crece. A lo lejos se divisan los restos de un antiguo bombardero. Su armatoste oxidado es el recuerdo de otros tiempos. Su trompa señala las culpas de los hombres. Honraremos, honraremos, la memoria de los que ya no están. Cuánto mienten. 
      Ese mejor momento nunca termina. Es un maldito continuo de alternancias repetidas. Una tras otra. Una tras otra. Una tras otra. Colgaron los quimonos. Tiraron al piso la cruz gamada. Todas las condecoraciones a la pira. Una tras otra. 
      El mejor sueño es del que despierta. El ceño acusador cae sobre los verdaderos culpables. Al fin. ¡Castíguenlos! ¡Háganlos pagar! ¡arránquenle la piel! como si fuese a cambiar algo. Algo. Algo. Nada cambia. Todo permanece. El tiempo es inalterable a la esencia de su creador, el ser humano. Al mejor postor lo sacuden de la cama. Van al pabellón. Morirán, dicen las lenguas. 
      La cura para el celestial abismo. En la plaza hay comerciantes. Venden de todo. Hasta a su madre. No les importa. Se alimentan de la sangre de los pobres transeúntes. El público quiere su espectáculo. Desde el inicio de la nueva república no se pierden una sola ejecución. Quieren ver rodar cabezas. Las cabezas de los culpables. Una tras otra. 
      La puesta del sol condecora los cuatro cuerpos que se hallan sobre la plataforma. Uno de ellos escupe. Versan profecías indias en sus labios. Maldiciones de ocasión. Nada los salvará. Nada redime el pecado de la sangre salvo la sangre misma. La soga enarbola sus cuellos. Sin vida los cuerpos cuelgan. Testimonios de un pasado digerido, excretado. 
      El recuerdo de las personas, el nuevo límite, un nuevo año cero. Olvido reglamentado. Nada más atrás de la nueva ciudad. La vieja ciudad ya llora sus fantasmas. A lo lejos el bombardero ríe. Espera su condena. La de un pueblo castigado, obligado a resignificar su memoria. 

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