miércoles, 5 de noviembre de 2014

Día 171: La teoría del algo

      Nos debemos al recuerdo, dicen las malas lenguas. Harpías sedientas de chusmeríos, cotorreos de altar. ¿Por qué el decir? ¿Por qué está tan sobrevaluado el efecto de la palabra? Esas tendencias laminosas, estériles, morigeradas en cada abrazo no sentido, a través de cada amor no declarado. 
      De lo que el tiempo hace y coarta se dice demasiado, más aún de lo que somos capaces de significar. La vida es regida bajo el sentir de una inutilidad inherente, la existencia per se del individuo a la deriva, flotando en mar abierto. La mentira del todo pasado fue mejor, sumada a la hipocresía de vivir el hoy y la falacia del porvenir. Todo a su debido momento resulta ser falso. 
      De lo verdadero se encarga el resto de los verbos, aquellos que trascienden el eje de los tiempos, lo que abunda en un potencial o clama detrás de un subjuntivo. Es un pretérito que aún sigue vigente, a través de ese recuerdo al que nos entregamos como imbéciles. La red de palabras que acojonan, que nos estampa de bruces contra la pared. ¿Por qué? ¿Por qué? tanta necesidad de soltar la lengua, de hablar como un pavote, como si eso importara algo a la existencia.
      Entregarse al silencio ritual tampoco ayuda en nada. Nos evade de esa sensación de tribu que a veces tienen los seres humanos. El alma, esa cosa que creemos que hay dentro, sale emperifollada a la superficie, para hacer gala de su encanto. Nos seduce con la trampa de los sentidos. Y vuelta al decir. Al palabrerío inútil.
      La mala lengua. No existe la buena. Todo es malo hasta lo bueno. Dicen que nos debemos al recuerdo. Como para elevar la montaña de caca un poco más alto de lo que nos da la vista. Es un artículo tendencioso que busca deshabilitar nuestras defensas.
      Más mentiras de nuestros tiempos, de las de siempre, creer en la redención, en la seguridad de la red, que contiene, que asfixia. El peligro por doquier, los vestigios de lo instaurado, que permanecen. No se borran, se acrecentan. La seguridad del sofá mullido. El lugar confortable frente a una pantalla. Hábito del hombre que entretiene y olvida, a medida que su vida avanza. De los tiempos y su imposibilidad. En el abismo y sus circunstancias. La nueva cara de una palabra. El móvil del asesinato. La coerción de la existencia nos vuelve súbditos de aquello que desconocemos. Pero sabemos. Sabemos que ahí está. Ese algo.

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