jueves, 6 de noviembre de 2014

Día 172: Rock

      Las piernas le chochean al viejito. Por respeto, la gente que está alrededor le hace lugar. ¿Por qué se le habrá ocurrido venir acá? Decían algunos. Tantos lugares para elegir. La fecha era importante. Esa noche se celebraría el concierto de rock más estruendoso de toda la historia. Nadie quiso perdérselo. Estaba todo el mundo, incluso el viejito. Fácil le contaban unas novecientas mil personas, todo un record.
      Y el viejito quería estar entre la gente todo apretujado. Soldado de campo se decía. Les contaba a los jóvenes sus épocas de joven metalero. El abuelo rockeaba, comentaban unas jóvenes, mientras trataban de robarle la billetera a un tonto desprevenido.
      Faltaba poco para que empezara el concierto. La emoción crecía a medida que los temas de la consola de sonido avanzaba. Las luces del estadio se apagaron, el estruendo de casi un millón de almas fue masivo. El gran evento del siglo XXII, así lo ilustraban las principales portadas de los neurodiarios. Razones no faltaban para restarle importancia al evento, dado que era el primer concierto de rock desde su abolición mundial, en el año 2052. Los incidentes de la gran masacre de Río de Janeiro seguía presente en el imaginario de la sociedad. 
      La expectación mantenía a toda una sociedad en vilo, temiendo lo peor. Las medidas de seguridad, si se incluía las vallas eléctricas de contención y los robots de asalto, solo se comparaba a las utilizadas durante la reciente Tercera guerra mundial.
      Los primeros acordes sonaron. Un éxito para las masas, ese viejo rock extrañado. Esa música que estaba prohibida, a pesar de la legalización de las drogas duras en el 2078. 
Las energías del viejito renacieron. No parecía un hombre de 127 años. Con su esmirriado cuerpo atropellaba a las personas al ritmo de un baile salvaje y desconocido. El viejito sacudía la cabeza, escupía a la gente, incitaba al movimiento.
      Está loco, pensaban. Todos escuchaban en silencio, sin alborotarse, así habían sido criados, en la pasividad del sistema. El viejito estaba en un trance importante, parecía recordar como si fuese hoy los grandes eventos musicales de fines del siglo XX.
      Poco le costó llegar a la valla de contención. No dudó un segundo. La saltó sin tocarla, como un atleta olímpico. El viejito estaba encima del escenarios, contagiaba con su furor a los integrantes del grupo de rock, que tocaban sus instrumentos como si estuvieran en un velorio poco concurrido.
      Un dolor en el brazo, a la izquierda. Ahora le costaba moverse. Se había olvidado de todo el esfuerzo que había realizado. Ahora se acordó cuántos años tenía. Igual, ¿Qué importa? Este iba a ser el mejor paro cardíaco de su vida.

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