sábado, 8 de noviembre de 2014

Día 174: Las mejores amistades comienzan con el pie izquierdo

      Ese rinoceronte es un malnacido, cuchicheaban por la jungla. El muy prepotente, con su cuerno puntiagudo. ¿Qué culpa tenían los pequeños animales? A todos los agujereaba sin piedad. Vamos, es hora de ser felices, les decía a todos.
      ¿Por qué los animales grandes se tienen que volver un dolor en el culo? Se preguntaban los pequeños ratoncitos. Ya habían lidiado en otra ocasión con un elefante malhumorado. Ahora este rinoceronte abusador. ¿Es que nadie respetaba nada? ¿Dónde está la ley de la jungla? ¿A quién acudir ante tan desahucio? La respuesta es sencilla.
      El juzgado de faltas N° 562 de la jungla, sección B, trabajaba por las mañanas y recibía muchas quejas a diario. Es lógico que ante una demanda tan trivial como la del rinoceronte hayan desestimado iniciar una demanda legal. ¿Han tratado de hablar con el referido? Les indagó la serpiente, mientras tomaba nota en su libro de actas. Es lamentable, mis queridos ratones, pero no podemos iniciar una demanda legal sin una previa mediación de las partes. En caso de que las diferencias sean irreconciliables, recién ahí podemos instaurar un caso en su contra.
      Los ratoncitos se fueron del juzgado pateando cada resquicio de la selva. Estos malditos burócratas. Están para complicarlo todo, todo, todo. ¿Ahora qué hacemos, se preguntaban? Yo tengo una idea, dijo un ratón de mirada sospechosa. Pero no nos va a salir barato.
      Mis servicios se pagan de contado, incluye gastos por viáticos y comidas gratis a lo largo de un año. Necesito esconderme antes de que me atrapen y me metan preso. Es su opción. Al león poco parecía importarles el trabajo de los ratoncitos. Les tiró el presupuesto al piso, algo desinteresado. Si van a realizar el trabajo me llaman. No es muy fácil hacer desaparecer a un rinoceronte. Los veo, tengo cosas que hacer.
      La asamblea ratona no se hizo esperar. Un viejo ratón tomó la palabra. No podemos razonar con ese cornudo, dijo. Por otro lado, contratar a un sicario, por más que solucione de raíz nuestros problemas, está lejos de nuestro alcance monetario. Propongo un exilio masivo.¡Si, el exilio! ¡el exilio! gritaban los ratoncitos sentados en sus pequeños taburetes. Hablemos con la jirafa.
      La jirafa recibió al contigente de ratones en su oficina. Les comentó que de momento un viaje semejante iba a ser imposible. Los vuelos fuera de la selva tenían un retraso de seis meses, y las nuevas contrataciones para una nueva salida del tren de la jungla, recién para el año que viene. ¿Tienen los pasaportes y el permiso de salida firmado y sellado? Los ratoncitos se miraban entre sí. Me imaginé, comentó la jirafa. Tienen que iniciar el trámite en migraciones. Luego pasar por la oficina de asuntos en el extranjero para sellar los formularios A y B. Esperen que les dibujo un croquis. Caminan por acá, unos diez kilómetros al noroeste del río y van a encontrar una pequeña casa. Ahí es donde se legaliza el formulario P55. Con ese formulario sellado y firmado por la autoridad competente, le van a otorgar el formulario A y B. Así van a poder obtener el pasaporte. Pero me informan del departamento de materias primas que hay una demora de tres meses en la fabricación de los pasaportes por falta de materiales. Los ratones sacudían sus cabecitas. Demasiada información para sus pobres cerebros.
      Con resignación iniciaron las charlas con el rinoceronte, con resultados previsibles. El cabrón no iba a sentarse a ninguna mesa de conciliación. El juzgado de faltas inició un sumario con la causa de los ratones que, a falta de información y negligencias administrativas varias quedó encajonado por meses. Las tratativas con el león tampoco avanzaron, la economía de la selva era acuciante y en el trancurso de los meses el costo de sus servicios se había triplicado. La cifra final era absurda.
Un día uno de los ratoncitos más jóvenes tuvo una brillante idea. Robemos el banco de la selva. Pero es peligroso, le reprochaba el resto. Es la idea. Si nos atrapan. Vamos a tener unos cuantos años en la cárcel.
      Nada salió como se esperaba. Salvo el asalto, que fue un éxito. Los guardias de seguridad no supieron que hacer, y nadie metió en la cárcel a los ratones. Seguían libres, como cualquier animal inocente. Es que las cárceles están superpobladas, les comentaba un cocodrilo. Tienen suerte de estar libres, lo sé por experiencia.
      Nadie llamaría suerte al martirio que vivían los ratones. Los trámites del exilio estaban estancados. El dinero del asalto no alcanzaba ni siquiera para darle una comida decente al león. El banco acusaba también la crisis.
      Varios meses después, acosos del rinoceronte mediante, un oficial llamó a la puerta del Comité de los ratones. Les explicó que luego de examinar con detenimiento el caso del robo al banco, la comunidad había determinado que los culpables, o sea la comunidad ratona debían ser detenidos y cumplir una condena ejemplar de 5 años en la cárcel. Los ratones no podían disimular su alegría, algunos emitían chillidos de felicidad.
      El oficial, un gorila de unos dos metros de alto, calmó a los ratones con un rugido. No había terminado de leer el edicto. Dado el estado actual de la cárcel y ante la imposibilidad del cumplimiento de la condena ejemplar dictaminada por la comunidad de la jungla, se declara que los ratones deben ser condenados a muerte, sin derecho a replica.
      El revuelo en el Comité fue enorme. A las espaldas se encontraba el rinoceronte. Lo había escuchado todo. Se sentía tan culpable. Pidió un gran perdón. Ahora ya es tarde, idiota, vamos a morir, le decían los ratones. No lo creo, dijo el rinoceronte, mientras guiñaba un ojo.
      Ahora todos eran fugitivos de la ley. Los ratones, el rinoceronte. No solo habían robado un banco, sino que ahora eran cómplices del asesinato de un oficial. No importa, le animaban los ratoncitos a su nuevo amigo, la selva es grande, dudo que nos encuentren. Y así fue.

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