lunes, 10 de noviembre de 2014

Día 176: Abulia

      La abulia. El sutil momento en que no pasa nada... y deja de ser sutil. Primero dejar que el cuerpo se relaje. Luego acumular musgo. Hasta que el liquen se relacione con la piel. Una cuestión de amor y simbiosis. Los latidos decaen al mínimo. El corazón golpea como un bombo descompuesto. 
      La villanía de una égogla pastoril. Entre las hojas la gente resuella. Y uno no hace nada. Queda así, en seco. El movimiento es perjudicial para la quietud. Para lo que mantiene a la figura de alabastro. La quietud. La abulia. No dejar que la palabra venza. 
      No dejemos que las frases se extiendan. Es mucho trabajo. Oh, el trabajo. El aire que sale de los pulmones. El oxígeno que trata de corromper a los músculos. Las vacas pastan y poco le interesa lo que a uno pase. En la quietud nos entretenemos. Nuestra figura de alabastro pasta a la sombra. Digiere el pasto en calma. Sin movimiento. Con abulia. La tranquilidad de la repetición. Esas palabras que se repiten y dejan de ser musicales. Es una corchea descompuesta. Un atentado a la música. Un golpe derecho al corazón. 
      Un monólogo de la desesperanza, lo que des-espera. La no-espera. Lo quieto. No más gestos de sorna al suplicio del transcurrir. El momento se detiene. Se decreta. El cuerpo se expulsa hacia un afuera. Nos dejamos llevar, en la corriente del nada pasa, del nada ocurre. A veces somos la abulia. Siempre. O nunca.
      No hay moño. El frac no disimula la ocasión. Es un traje de pobre. De nene cagado en los pañales. Es un nene meado hasta las rodillas. Es un nene que supura el hedor de un fantasma. Mi madre debió haberlo dicho. Quedate quieto, nene. No seas algo. Sé abúlico. Compone una égogla pastoril. Juega con la música. Búrlate de Virgilio. Todos se burlan de Virgilio. Nadie quiere a Virgilio. Pedante de divinas comedias. 
      No hay energías para llorar, porque no hay energías. No hay momento para ser feliz, porque no hay momento. Hay nada. Esa es verdad. Es único. Una inmensa cantidad de nada, dispuesta al azar sobre la mesa, como una cocaína barata, toda blanca y cocainosa. Ese cuerpo ardiente y blanco que dice, tomame, tomame, deseame y tomame. No hay energías. Somos espíritus vagos, productos de una cultura sin cultura. En el siglo nos desarrollamos, como fetos sin nacer. Nenes que cagan en el útero. Nenes.
      Así que búrlate de Virgilio. Todos se burlan de Virgilio. Mi madre se burló de mí. Búrlate con música. Con una corchea o una semifusa, así toda rota. Un canto se detiene porque es movimiento. Lo quieto no canta. Lo quieto no burla. Lo quieto se quieta. Está. Así sin moverse. Dejarse noquear por la verdad, como un Mike Tyson que cae sobre nuestra figura de alabastro. Como un Cassius Clay que destroza nuestras neuronas a las trompadas. Como un Lennox Lewis clavando un cross sobre el hígado de Virgilio. Lennox Lewis se burla de Virgilio. 
      Yo y mi quietud. Mi abulia. Quiero que me pertenezca. Así me miento, aunque sé que no es mía. Que lo mío en mí no existe. Porque yo no soy yo, ni ello ni nosotros. Nada es nada. Solo eso es verdad. Yo no me sostiene. Nada me sostiene, ni siquiera el me. La abulia es la verdad. 

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