martes, 11 de noviembre de 2014

Día 177: El clarividente

      Un detalle de omnipresencia. Hay que pagarle bien al anestesista. Los buenos trabajos se reconocen, eso me enseñaron en casa. Mis memorias han llorado recuerdos olvidados. Pero no importa. Ya estoy bien. Ya pasó.
      Fue un momento feo, no voy a negarlo. A cambio obtuve esta maldición. La clarividencia no es divertida. Son millones de mentes que viajan en el éter y te traspasan el cerebro como un colador. Así ocurre. Al principio puede parecer entretenido, incluso ingenioso, saber lo que los otros piensas. Pero luego es como un dolor de cabeza constante que no medra en su intensidad. La mente circunscrita al ruido blanco de la realidad. Los pensamientos caen en un velo sin retorno.
      Pedí ayuda. Una caterva de especialistas me cerraron las puertas. Pero hombre, usted está loco, usted tiene un tumor en el cerebro, de seguro se lo inventa, hipocondríaco, usted tiene una glándula deficiente, su aura esta sobredesarrollada. Explicaciones y más explicaciones sentido.
      Encontré con el doctor Arkheimer por casualidad, en la cola de un supermercado. Hablamos de las idioteces que suelo tratar con desconocidos como para menguar el efecto clarividente. 
      Como si fuera un detalle al pasar, Arkheimer me comentó acerca de su profesión. Su modo de ejercer la medicina era un tanto peculiar. A decir verdad, creo que el hombre ni siquiera tenía un título universitario. Soy autodidacta, me dijo, con un estupido orgullo que dudo le haya abierto posibilidades de una nueva clientela.
Y yo le creí. No estaba cegado a la realidad, pero no me quedaban muchas alternativas. Mis instancias se agotaban. Por otra parte, no tenía nada que perder.
Me sometí a sus experimentos. Fui su sujeto de pruebas con gusto. Aunque no fuera una experiencia agradable. Dolió y mucho. Cada centímetro de mi cuerpo experimentó el dolor en cada uno de sus niveles.
      El asunto es sencillo, me decía Arkheimer, usted no tiene fantasmas adentro ni nada raro. El cuerpo siempre somatiza la enfermedad, sea la que sea, si controlamos la parte que jode, solucionamos todo, es fácil, dos más dos es cuatro.
      Si, le creí. No fue fácil. Todavía no termino de sorprenderme todas las partes con las que cuenta el ser humano. Las sometió a todas, a cada una de ellas, de arriba a abajo. Viví largos meses encerrado, con la baba por el piso, chorreando antibióticos y analgésicos.
      Un día el doctor llegó muy campante al pie de mi cama. Me sonrió. Ya sé lo que tiene. Sin esperar demasiado, tomó una sierra y me cortó la mano izquierda.
      Recuperé el conocimiento horas después. Aún sentía el cosquilleo de los dedos en el lugar.  Arkheimer se encontraba sentado a mi lado. Leía un comic de vaqueros, mientras tomaba una gaseosa. Ah, se despertó, por fin. No sabe lo que me costó mantenerlo con vida. Estuvo una semana en coma, ¿recuerda algo? No recordaba nada, en absoluto.
      ¿Sabe lo que pienso en este momento? Hice mi mejor esfuerzo, pero no logré penetrar su mente. Lo sospeche, me dijo Arkheimer. Usted está curado. Tenía la mano mal. Era la que le causaba todo esto. Si quiere se la muestro.
      Se lo agradecí, pero me negué. Una pena, porque era una linda mano. Ahora la tengo en salmuera, para estudiarla. ¿Sabe que todavía mueve los dedos?

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