domingo, 16 de noviembre de 2014

Día 182: Día de limpieza

      El humano había agotado su vida útil. Mientras tanto, un par de restos de piernas atoraban el mecanismo de la máquina. El gran lavarropas funcionaba sin parar. De noche. De día. De nuevo de noche. Y también de día. En una jornada normal de trabajo se limpiaba, secaba y centrifugaba a unas trescientas mil personas. El lavarropas era grande en verdad. Aunque también las personas eran pequeñitas.
      Al último lote no le habían agregado suavizante. Ahora todos los humanos tenían virutas de jabón entre los dientes. Eso no era del agrado del empleado de la tienda. Adiós, mención especial. Esto al Creador no le va a agradar para nada. Ya se imaginaba las palabras brotando de su barba. Están todos sucios. Una sola tarea te encargo y la haces mal. Pedazo de idiota.
      El Creador tenía pocas pulgas. Era un neurótico obsesivo con delirios de grandeza y una tendencia volcada a demandar cariño siempre que se prestara la ocasión. Algo así le había diagnosticado su psicólogo, quien había cuidado de elegir bien las palabras. No le diría la verdad. Nadie se animaba. ¿Quién le haría frente a semejante bestia? ¿quién se plantaría de frente para decirle en el rostro que era un psicópata, sociópata, ludópata, perdido en la bebida y en las ideas inútiles y grandilocuentes?
      No era su trabajo tampoco. El empleado de la tienda solo recibía órdenes de su amo y señor. Cuestionar la autoridad no era su trabajo, no, no. Además debía manejar el lavarropas con cuidado. A veces se atascaba algún cuerpo y había que retirar los jirones de carne y sangre del tambor. Además sabía que era observado todo el tiempo. Las cámaras de vigilancia no se perdían un solo detalle.
      Ya lo imaginaba. Ahora se vendría la regañina. Las piernas le temblaban. A veces el Creador le golpeaba en la cabeza con una rama, sobre todo cuando se encontraba enojado y de mal humor.
      La puerta rechinó a sus espaldas. Un extraño sujeto cruzó el portal. Sostenía un diario debajo del brazo. Miraba al empleado con un esbozo de sonrisa. El empleado saludó al señor. No pudo reprimir el tartamudeo.
      El creador le comentó que estaba enterado de la falla en la limpieza del último lote de humanos. Que no se preocupara, ya le iba a salir mejor. El muchacho cerró los ojos. Esperaba el golpe en la cabeza. Pero nada vino. Con temor miró a su amo y señor de reojo. Ahora estaba sentado con un pocillo de café en la mano. Hacía pequeños sorbitos, mientras leía las historietas del diario. El creador estaba de buen humor. Extraño. Dos siglos. Esa era la cuenta exacta de la vez última que lo veía tan simpático.
      El creador se dirigió a su empleado. Ahora sí venía el golpe. El maldito está jugando conmigo. Nada vino. Salvo una curiosa confesión. Estoy enamorado. Tengo una foto. Me voy a tomar unas vacaciones. Muchacho, lo dejo a cargo de todo hasta que vuelva.
      El empleado tomó con dudas las llaves que le extendía el Creador. No estaba en condiciones de cuestionar sus decisiones. Tampoco valdría la pena criticar el amor de su amo por lo que los humanos daban por llamar cabras. Nada de eso. Ahí sí vendría el golpe.
      Ambos se saludaron con extraño afecto. El muchacho le deseó felices vacaciones a su jefe. Le prometió que todo iba a a estar en orden. Minutos después, el empleado, absorto en sus pensamientos, digería sus nuevas potestades. Amo y señor. Amo y señor. Ahora las cosas en la lavandería iban a cambiar.   

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