lunes, 17 de noviembre de 2014

Día 183: Gritar el abismo

      En este momento silbamos alto. Hasta destrozar los tímpanos. Es la ignorancia del avance de la muerte. En minutos somos los cadáveres. Ricos cuerpos sin vida.
      Ustedes nos llaman, nos agreden con sus palabras suntuosas, demonios sin sombras. En la oscuridad nos devoran los espacios, a través de sus bromitas. Es una anomalía de los señores antiguos.
      Vamos, vamos, eran los llamados de guerra. Irán a un nuevo lugar, para el enfrentamiento final. Los soldados hacen retumbar el sonido de miles de zapatos que se taconean entre sí. Vamos, vamos.
      Están todos invitados a la carnicería, un día de espanto para disfrutar. Los novios consumados ametrallan a sus hijos en el altar. El sacrificio es necesario. Por la patria y el sueño de los padres.
      Ellos portaron una semilla debajo de sus axilas. Criaron esas cosas que nacen como verrugas insolentes. Detrás de todo eso hay un pequeño autito de juguete.
      Gira en círculos. Está ajeno a las explosiones. Es el señuelo indiferente. Hay otros juguetes en el frente de batalla. Pero no mueren. No olvidan. Nadie los pide.
      El olor es insoportable. Tanto muerto por doquier. Cadáveres cegados de vida. Vamos, Vamos. A juzgar por el ruido de las balas el fin está cerca.
      Las palmas agrietadas aplauden el teatro. Ya todo terminó. Los nenes van a sus casas. Suspiran. Se retuercen de alegría. Estuvieron a un pelo de morir. Estar vivo es lo que llaman bendición.
      Y seguimos silbando. Camino a la muerte. Este tren que nunca se detiene, que no cambia de riel. Nos torturan las ideas del más allá, de aquello que no existe, salvo en la incertidumbre de lo pasajero. No hay tiempo para empacar. Hay que salir desnudo a la calle y gritar. Gritar el abismo. Hasta dejarlos sordos.

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