viernes, 21 de noviembre de 2014

Día 187: La novena extinción

      El día previo a la debacle no vale nada. Ya no. Ahora está todo destrozado. Los carteles en la ruta parecian advertirlo. Una moneda por cada vaticinio acertado. En todo caso la caída de un meteorito no podía ser previsto. Al menos eso hace unos seiscientos años atrás. En los tiempos que corren, con los radares y todas las demases tecnologías, uno puede tener una certeza científica de cuándo va a venir un pedo de elefante ya desde Neptuno.
      Sin embargo el hijo de puta cayó. Hizo pum, pero con fuerza. Tembló todo. La gente estaba asustada. Corrían de acá para allá como mosquitas sedientas de caca de caballo. Los gobiernos de diferentes países establecían planes de evacuación. En la histeria colectiva, ninguno era llevado a cabo. En Islandia no hubo planes de evacuación. Islandia no existía. Había desaparecido bajo el peso de la roca de fuego.
      Tampoco era tan grande como la que hizo cagar fuego a los dinosaurios, pero contaba con el suficiente tamaño como para que todo el mundo se enterara que algo feo había chocado contra la tierra. Está todo bajo control. Esa fueron las últimas palabras de la tele antes de morir. Por supuesto, nadie le creyó.
      El aire estaba enrarecido. La raza humana estaba preparada para una quinta guerra mundial, para una catástrofe nuclear masiva, para un pedo de elefante neptuniano, pero no para el imprevisto. El espíritu de la contingencia. Oh sí, Dame el meteorito, nena.
      Anoche nos llevaron a un bunker, como para ver si zafamos. Dicen que tenemos que vivir bajo tierra, a la manera del topo. Más o menos treinta y ocho, cuarenta años le calculan esos científicos que no pudieron prever que un meteorito cayera enfrente de sus narices. Tampoco había demasiadas opciones, ya era imposible respirar en la superficie sin tragar polvo.
      Se temió el fin. No quedaban muchos seres humanos en la Tierra luego de los problemas con internet. Estuvimos cerca. Mierda que estuvimos cerca. A un pelo. Le dijimos chau al sol. Ya ni se veía de todos modos, la nube de polvo cubría la bóveda del cielo. 
      Selección natural. Así mencionaron a Darwin como quien no quiere la cosa. La naturaleza va a elegir a los más aptos para no morir bajo tierra, el resto pasará a ser alimento de combustible fósil. Nos dejamos en manos de la evolución, que es más o menos el equivalente a levantar una iglesia y ponerse a rezar. Esperanzas. La nulidad de los eventos. No caeremos. Seguro caeremos. O más bien, algún día caeremos. 

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...