lunes, 24 de noviembre de 2014

Día 190: El gato espía

      Las voces se disparaban a lo largo del depósito. Largo. Fuera. No hay lugar. Mientras tanto, el televisor prendido del guardia no dejaba de emitir su señal distorsionada. Los muchachos aterrados lo señalaban. El hombre colgaba por sobre sus cabezas. Todavía el cadáver fresco tambaleaba al son de un ritmo secreto. 
      Uno de los chicos dijo, vamos a jugar con eso. Cada uno portaba su fusil reglamentario. Gestos, miradas cómplices. Sus padres nunca permitirían usarlos de no ser necesario. Así lo contemplaba la ley. Pero las luces siniestras que emitían y desfiguraban sus sombras detenía el tiempo y el influjo del mandato societario. 
      Unos cuantos disparos y nos vamos, señaló el muchacho que lideraba el grupo. Las balas no se hicieron esperar. Atravesaban el cuerpo con precisión milimétrica. Cada articulación. Cada recodo de la cabeza. Los sesos salpicaban las ventanas. 
      No estaba mal. No se sentía para nada mal ¿por qué prohibir semejante diversión? Algo habrá hecho para morir como un perro. Se merecía cada balazo, seguro. Hicieron apuestas. ¿quién arrancará el brazo primero? El premio gordo era la cabeza. El cuerpo, luego de una ráfaga ininterrumpida, parecía una papa roja carcomida por los gusanos.
      Unos clics secos salieron de los fusiles. Las municiones. Diablos. El peligro de volver a casa. Son tan solo unas cuadras, no nos va a pasar nada. 
      La puerta del depósito se entreabrió. Una voz gritó ¡ahora! Varios hombres surgieron de las sombras. La idea de los padres había sido un éxito. El muñeco había picado su curiosidad. El miedo mojaba el pantalón de los niños. Los rifles apuntaban al grupo de pequeños. Mierda, escupió entre dientes el muchacho al frente, antes de morir acribillado. 

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