viernes, 28 de noviembre de 2014

Día 194: La demolición

     En una ventana se acumuló el derroche de siglos. Asomaba el polvo entre los libros contables. El vacío inundó la oficina con renovadas fuerzas. En una esquina, junto a la impresora, una Pc se prendía fuego. Un pequeño sapo miraba de reojo la escena. Poco le importaba, salvo aquella mosca que tenía entre ojo y ojo. Cena, croó.
     El edificio escupía sus últimas espiraciones previo al final. La cuenta para atrás. Pocos minutos. Un bum definitivo que ahogue todo bajo el peso de los escombros ¿alguien recordaría los viejos tiempos? Un operario se rascaba la cabeza. Poco entendía. Su trabajo era accionar la bola y golpear, golpear hasta no dejar mas que polvo, piedra y acero doblado.Miró su reloj. Estaba atrasado. 
     A mover las cachas, se dijo. La bola ondeaba hacia el edificio, como si lo quisiera hipnotizar. Una voz estentórea clamó: ¡NO! La demoledora se detuvo. Algo la tenía entre sus manos. El operario gritó.
     El gigante sostenía entre sus manos a la máquina con el pequeño dentro como si fuese un juguete. Lo inspeccionó con cuidado. Una vocecita salía desde adentro. Se llevó al oído aquella caracola mecánica, ¿qué querría decir aquel humano?
     Ahora entendió. Dice que le deje hacer su trabajo. El gigante tomó asiento, sin soltar la demoledora. Le explicó con tranquilidad que el trabajo de demoler iba en contra de sus principios y por lo tanto, tendría que detenerse. Es una pena, pero no podría ser de otro modo. Si no, tendría que matarlo. Eso sería lamentable. 
     El vozarrón del gigante atravesaba los tímpanos del operario. Parecía un fuerte viento con ruidos inteligibles. Volvió a gritar que era su trabajo, que lo echarían si no tira abajo el edificio, que hace tiempo que no vive nadie ahí y no tiene que preocuparse dado que en ese espacio iban a construir uno nuevo. 
     No es así, dijo el gigante. Ese edificio alberga aún vida. Tengo que protegerla. Por lo que veo, señor demoledora, estamos en una disyuntiva. Usted quiere hacer su trabajo, y yo debo hacer el mio ¿cómo pretende solucionarlo?
     El hombre protestó. La poca compostura que le restaba se había perdido en los confines de la galaxia. Atravesó la Vía Láctea, se dijo. Nada de estupideces, el lugar está vacío y va a ser demolido. Fin de la discusión.
     Me imaginé la respuesta, dijo el gigante. En verdad es una pena enorme, usted me agradaba mucho. Tan pequeñito, tan lleno de vida. El gigante no tardo en lanzar la demoledora lo mas lejos que pudo. La máquina voló miles de kilómetros hasta caer y destrozarse contra las costas del mar. El pequeño habitante del edificio asomó por la ventana, una mosca enorme colgaba de su boca.

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