miércoles, 31 de diciembre de 2014

Día 227: ¿Se acabó la rabia?

      Se había portado tan mal el perro. Se comió al gato, mató a la dueña, meó a la vecina, perdió al poker: todo muy mal ese perro. Más que mal, malísimo. Ahí estaba el desorejado, una caquita con pelos psicótica. Lo maltrataron de chico y quedó así, inquirió muy serio el instructor.
      Lo tenían enjaulado en una perrera con olor a meo rancio. Cada tanto le tiraban una galletita. El perro los miraba a todos de reojo, como si tramase alguna especie de golpe maestro. Los de la sociedad protectora de animales venían cada tanto para romper las pelotas. ¡Eso es maltrato animal! ¡Ustedes son unas bestias! Les gritaban a los cuidadores del lugar.
      Quieren tanto a ese diablo. Adóptenlo, si se animan. Eso trataron de hacer. Eran cinco manifestantes. Los destrozó a todos, con saña infernal. No hubo tiempo para súplicas o prórrogas. El perro se los tragó entero, a cada uno de ellos, sin importar su credo, mucho menos su tamaño o inclinaciones ideológicas respecto al bienestar de los animales.
      No entendían nada. El perro era malo. Estaba contaminado con alguna clase de cepa maligna, le brotaba el mal del aliento. Ladraba en una jerga demoníaca. No, no exageraban, el perro era malo, malo, malo. En serio. Cuenta un vecino que una vez lo vio a ese perro jugueteando con el ojo de un niño. Se lo había arrancado de un mordisco. Cuando se asomó por la ventana estaba recostado en su patio, con el ojo entre las patas, como si fuera una pelotita de golf.
      Luego de la horrible muerte de la dueña del perro, velada a cajón cerrado por obvias razones, los habitantes del pueblo quisieron practicarle un exorcismo al can. El cura, un novicio en lo que a esas prácticas se refiere, ingresó temeroso a su reino, el patio. Llevaba una botella de gaseosa a medio llenar con agua recién bendecida en una mano y en la otra un rosario de madera. El perro se le apareció por atrás. El cura no contó la historia.
      También trataron de prender fuego la casa. Pero el perro se incendió y no volvió a apagarse. Ahora parece la mascota de Ghost rider, bromeaban algunos jóvenes. A esta altura la sociedad protectora de animales había llegado al concenso de que ese perro hace tiempo que había dejado de ser un animal. Ahora era un algo más, y no había asociación que protegiese a esos algo más. Ya las irán a inventar, prodigaba jocoso un viejito que pasaba cada tanto por la casa del perro. Al menos ya no tenemos tantos gatos en la ciudad. Eso aliviaba a los que odiaban a los gatitos. 
      Después de tanto les ganó por cansancio. Esa porquería no los iba a dejar vivir en paz. Así que montaron una pared como de cuatro metros y medio alrededor del patio. Muchos hombres murieron a causa de las mordidas y desgarradas. Se sabe que la cosa murió de viejo. Aunque cada tanto dicen que se oye una especie de aullido, lejano, que se confunde con el viento.

martes, 30 de diciembre de 2014

Día 226: Año nuevo, vida nueva

      ¿Desde cuándo había perdido la noción del tiempo? Esos saltos lo mareaban, los huevos se le subían a la garganta. Una sensación de ahogo le nacía del cuello y no eran los huevos. Podría haber despertado a su mujer pero hacía ya mucho tiempo que no hacían el amor como era debido. Menos hablar. Levantó su dedo índice como para remarcar un detalle sin importancia y se volvió a dormir.
      Estaba inquieto. Hasta esa noche no había descubierto lo mucho que deseaba convertirse en una mujer. Ser hombre lo había cansado. Quería usar vestidos, pintarse la cara y bailar dancing queen toda la noche. Claro, su esposa no lo entendería. En realidad hace tiempo que no entendía nada. Le había dado tres hijos. Esos tres hijos vinieron con cinco nietos. Dos de sus hijos ya se habían independizado. Cuando ella entristeció por la partida de los pequeños, le regaló un perro. El hijo de puta cagaba en todas partes, y sin embargo nunca le levantó una mano. Siempre fue un gran compañero y un sustento económico en la casa. Ahora quería ser mujer, y nadie se lo iba a negar.
      No era cuestión de hacer lobby a lo largo de toda su familia. No iba a rendirle cuentas a nadie. Mañana saldría a la calle y se compraría el mejor vestido de la tienda de José. Estaba decidido. Se comportaría con gracia, sería una mujer plena, una señora muy femenina, con sus cotilleos y virtudes. Los jóvenes se darían vuelta a saludarla y le envidiarían sus piernas.
      Despertó muy temprano con grandes bríos. Tomó el cepillo de dientes y se los lavó. La barba no va más. Hay que cuidar el cutis, ser delicada. Bueno, un poco de barba no la haría menos mujer, eso estaba seguro, digo segura.
      Miró para abajo y saludó al extraño de poco pelo. Ahí estaba, dormido con su sonrisa parca. Este era el adios, una nueva era se asomaba. Ya no hay lugar para penes en su mundo, salvo los ajenos. Volvería a tener sexo salvaje, como una colegiala. Les demostraría a todos que después de los 66 años todavía hay vida. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Día 225: La última extinción

      Desde un tiempo pretérito inundaron la Tierra. Se convirtieron en la peor plaga. Son los humanos. Esas cosas que caminan sobre dos patas. Bípedos. Sufren y lloran, también. No existe un control efectivo sobre la epidemia. Se reproducen y nada los mata, salvo alguna que otra gripe fulera o alguno de esos cánceres superpoderosos.
      A los seres humanos les gusta jugar. Se divierten con lo que tienen a mano. A veces utilizan los recursos de su planeta como si fuesen ilimitados. No les gusta cuidar lo que no ven. Son como pequeños vástagos caprichosos. Tan solo una invasión extraterrestre, la más ínfima que pueda salir de Andrómeda, y su raza no sería más que papilla de bebé.
      Desde la biblioteca del sistema Alpha Persei velamos por la supervivencia de los registros históricos del universo. Es nuestra labor contabilizar el paso de las civilizaciones, por más minúsculas que sean. Los registros pueden ser de carácter ominoso. En muchas razas la semilla misma delata su proceso evolutivo, tanto así como su posterior declive.
      El tiempo no es más que una mancha borrosa en el lienzo de la existencia. No posee direcciones ni marcas que determinen su accionar. Quizás por un capricho divino los seres humanos han tenido la fortuna y la desgracia de experimentar un tiempo de carácter lineal, sin los saltos o repeticiones característicos temporales de otras galaxias. Es beneficioso porque ha contagiado a la humanidad de un sentido de propósito que sobrepasa las cualidades técnicas de su especie, pero por otra parte es lo que ha coartado la posibilidad de un mejor entendimiento de las cosas que les rodean.
      Debo confesar que como bibliotecario en este recinto me encariñé mucho con la raza humana. Por eso es la pena que me da el tener que cerrar su expediente. Me hubiera gustado escribir un mejor epitafio, algo más digno de aquella de especie que quiso conquistar las estrellas. Tan ingenuos, tan llenos de vida y pasión. Han sabido sobrellevar numerosas extinciones, y otros tantos riesgos. Es triste que ante tantos registros que sobreviven en esta biblioteca no queden datos fehacientes acerca del definitivo deceso de los seres humanos. Es todo un misterio, incluso para mí.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Día 224: El sentido de la vida

      Le importaba todo una mierda. Había descifrado el logaritmo. Ahora todo tenía sentido, hasta el más minúsculo pedo. Es verdad, le había llevado gran parte de su vida el trabajito. El número era tan grande que habría necesitado como dos carretillas de papeles para anotarlo. Por supuesto, el fruto de su investigación estaba guardado en una computadora.
      Estaba dispuesto a tirar todo por la borda. Total, la vida tenía sentido, y la verdad que poco importaba. Era una tontería del creador, una especie de juego de palabras. Un anagrama sin sentido. Lo tomaría y lo vomitaría todo, ya estaba resuelto, hasta el fin de los tiempos.
      No buscó la gloria, a pesar de que la tenía a un click de distancia. Era cuestión de compartir los archivos, enviar sus notaciones a un par de colegas, y como nafta en un incendio, las noticias se extenderían casi hasta formar una bola revolucionaria.
      Entre los papeles tenía un vaso lleno de cerveza. Atacaría su sistema nervioso. Lo condenaría al fracaso. Todo tiene que irse al reverendo carajo. Dedicado a esos marsupiales chupasangres que se hacen llamar científicos. En el nombre de la ciencia han cometido tremendas barrabasadas. Por suerte ya iba a estar lejos de toda la bendita porquería.
      Cuando comenzó con todo esto lo trataron de loco. Creían que su empresa era un laberinto sin retorno, esa clase de cosas que volvía loca a la gente más ilustre. Pero no, se equivocaron. Llegó a la meta, con un número, fijo, predeterminado, exacto. Ahí estaba el sentido de la vida, posado frente a sus ojos. Lo inquiría a través de la pantalla del teclado. 
      Perder el tiempo. Eso había hecho. Nada cambió. El sentido mismo de la puta vida ni siquiera osó a marcar un nuevo rumbo en su existencia. Era todo lo mismo. Todo igual. Todo. Con gesto de alivio clickeó sobre los archivos del proyecto y los envió a la papelera de reciclaje. 

sábado, 27 de diciembre de 2014

Día 223: La quinta expedición

      Voló en cohete y cayó en paracaídas sobre un viejo recinto cubierto de cartones. Los nativos, incapaces de entender lo que estaba ocurriendo, huían despavoridos. No se trata de ellos, se trata de nosotros, no se trata de nosotros, se trata de ellos, repetían de modo mecánico una y otra vez. 
      Preguntaron por la comida y tomaron sus caballos. Galoparon por las llanuras hasta desaparecer en el horizonte. Así fue como se vació la Reserva. Sin mayores inconvenientes. ¡Que viva la civilización! Un viejo augur, prodigioso, hablaba de este día. No se había equivocado. Acá estaba, solo, destinado a una tierra prometida, con los restos del paracaídas entre sus manos.
      La presión del aire era aterradora. Si no volvía pronto a un espacio presurizado, su cuerpo sería pronto un depósito de basura con extremidades. Así era Marte, le dijeron, antes de subirlo sin concesiones a la cápsula colonizadora. Ya era la cuarta expedición con la que habían perdido total contacto. 
      Las últimas señales de la sonda Euronymous eran prometedoras. Los pequeños cultivos diseminados a lo largo del paisaje marciano empezaban a crecer y con ello, su proceso de cambio atmosférico. De a poco el oxígeno avanzaba sobre el dióxido de carbono. Unos retoques más, y en unas cuantas décadas más, los próximos colonizadores serían capaces de caminar por la superficie de Marte sin necesidad de esos estúpidos disfraces. 
      Nada de cascos, nada de proyecciones, la vida misma, soñaba el profesor Johnson mientras se liberaba de los trastos que habían amortiguado su caída. Las señales radioeléctricas de la sonda transmitían su pulso. Solo tendría que caminar unos 3 kilómetros y medio. 
      El paisaje subyugó su imaginación. Un gran arroyo fluía a unos cuantos metros, mientras se elevaba un bosque de grandes dimensiones. Árboles que producen dióxido de carbono y se alimentan de oxígeno, ésto es asombroso, decía Johnson asombrado. Los valores tomados por Euronymous meses atrás no habían cambiado.
      Frente a sus ojos se encontraba el artilugio. Una ronda de nativos se percató de su presencia. Extraños, figuras homínidas. Son un poco más altos de la media terrestre. Un poco más pálidos, quizás. Todos llevan capuchas. Sus ojos son como lo dibujaban aquellos artistas del siglo XX, grandes, negros e inquisidores. 
      Uno de ellos habló en perfecto español. Lo saludó con un gesto y lo invitó a acercarse a la sonda. El profesor Johnson se encontraba en shock. Presenciaba la escena en silencio, mientras los nativos centraban su atención en la sonda:

- Está controlada -dijo el marciano. - No requiere mucha energía mental para emitir los valores deseados. ¿Sabe usted lo mucho que nos ha costado mantener lejos a su especie de nuestro planeta? Desde hace siglos tememos su invasión y nos protegemos como nos lo enseñaron nuestros antepasados. ¿Entiende a lo que me refiero, profesor Johnson?

      Johnson asintió callado. Ese sujeto debía leer las mentes o algo por el estilo:

      - ¿A qué se refiere con eso de "controlada"? -respondió el profesor-. ¿Quería que caiga en alguna trampa y ahora va a matarme?.

      - Si y no. Verá, no esperábamos una nueva expedición. Ya hemos lidiado con ustedes. Creímos que se cansarían. Toda especie al final se rinde. Debemos proteger este pedazo de tierra tan preciada. Es una pena que todo acabe de este modo. Ahora puede retirar su casco. 

      Estaba muerto. No esperaba algo tan cruel de parte de su interlocutor. El marciano hizo un gesto como para que se apurara. Tomó el casco entre sus manos, vacilante. Esperó que su cabeza explotara en mil pedazos. Nada de eso ocurrió. Respiraba, con absoluta normalidad:

      - Ahora entiende que los valores de Euronymous están siendo controlados. Como le decía, es una pena. Tendrá que dejar sus pertenencias, su mundo atrás. Le ofrezco un lugar en nuestra sociedad. Ese es el adiós. Sabe que no puedo dejarlo volver con vida. Es su elección. 

      Johnson inhaló con fuerzas el oxígeno marciano. La atmósfera de Marte era mucho más pura que la terrestre. El marciano no dejaba de observarlo. Esperaba su respuesta. El profesor tomó el transmisor entre sus manos y se paró frente al nativo, con la resolución en su mente.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Día 222: Remembranzas de Robin Hood

      En el condado de Nottingham vuelve Robin Hood a su guarida luego de una ardua jornada. Es que ha estafado a 128 prestamistas, también asesinó a otros tantos cobradores de impuestos. Un pobre niño que se cruzó en su camino tampoco vivió para contarla. En total eran cinco sacos de oro para repartir entre los pobre, o sea, él, su banda de buenos muchachos, y nadie más.
      Años atrás probó con la caridad. Se lo había recomendado su contador para reducir su carga impositiva. El Estado lo asfixiaba año a año con sus furibundas facturas. Igual fue inútil, mucho trabajo para nada. Los horarios eran horribles y la paga cada vez menor. La caridad apestaba. Eso es lo cierto.
      Un bálsamo para la consciencia, así le criticaba sus acciones la opinión pública. Ahora Robin Hood era un simple forajido, un ladronzuelo de poca monta que no tenía prurito en asesinar lo que venga.
      Tampoco sus relaciones con las mujeres eran de lo mejor. Los hijos no reconocidos le brotaban como yuyos carnívoros. Esos bastardos querían un padre y su parte del botín. ¡Ingenuos! Querían succionarle la sangre al piojo más seco y elusivo de todo Nottingham.
      Robin Hood en su cueva descansa. Va a necesitar mucha energía para mañana. El golpe maestro. Se llevaría todos los tesoros de la casa del campo del Rey. Un bocado de cielo, ¿quién lo notaría? Se deslizaría con gatuna destreza por la noche y roería el queso con fruición.
      El asalto a la casa de campo fue un éxito. Robaron como para vivir en el anonimato toda una vida. Antes que lo notaran, sus traseros se encontraban camino a Escocia. La caravana del oro cubría como 200 metros de burros de carga. Cuenta la leyenda que la abundante paga le sirvió para comprar Escocia entera, y una porción de Dinamarca. Así montó redes de juegos clandestinos a lo largo de todas las highlands y Robin Hood fue proclamado como rey de los ladrones (y de Escocia).

jueves, 25 de diciembre de 2014

Día 221: Hitchcock

      De un nocturno clamor surgieron las aves. Salen de los árboles con sus alas abigarradas de espanto. En un caos de sentidos las sombras dibujan sus vuelos.
      Ponen los picos sobre la carne, la saborean. Matan un poco para vivir otro poco. Es eterno el momento en que el pájaro arranca el ojo, con meticuloso afán.
      Los cazadores moran en sus jaulas, aguardan el signo oportuno para derribar el nido. Un solo disparo basta. De donde nace lo único, el cielo es la fuente. 
Vuelcan el tarro de arena sobre la trampa. Con las plumas montarán una corona. Corazones para el rey. 
      Las aves hacen guardia, agazapadas entre las ramas. Tienen rifles, fusiles automáticos, lanzagranadas. Están dispuestas a vender cara la derrota. El hábito del monje, dicen. La frontera que se borra. Nadie lo conoce, eso que llaman límite.
      Los cazadores son ingenuos, no saben dónde se meten, están ahí, parados, a la espera de una balacera. Esos pájaros armados hasta los dientes le arrancan los pedazos de piel como si de abrir un regalo se tratase. Muchos mueren desangrados.
      Los pocos vivos son una masa de carne informe que apenas respiran. Las aves se desayunan sus cadáveres con avidez. El hambre las hizo evolucionar, saltear estadios. Así le gritan a sus sombras, un nuevo mañana empieza.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Día 220: Imagine

      El pastor indagaba desde el púlpito a su rebaño. Estaba enardecido, de sus mejillas brotaban humo. Otra vez drogado, suspiró uno de los religionarios. No era tan mal discurso después de todo. Hablaba de una batalla, entre Dios y el diablo, y de como Dios le iba a romper los dientes a Satanás, y bla bla bla, cosas así, como para asustar a todos y a su vez darles algo de esperanza. Un producto hueco, pero esperanzador.

      Una línea más, una línea más, pedía el pastor. Esta noche colapsamos todos. No se daba cuenta, al que le estaba por fallar el corazón era a él. Murió sin hacer mucho espectáculo. Cayó de las escaleras y el cuello le giró como un tornillo.
      Las exequias del pastor fueron breves. La familia no quiso hacer mucho revuelo para que no se corran rumores funestos. Aunque ya se hablaba por lo bajo. Muchas cosas feas, por cierto.
      Unos meses después la congregación convocó a su reemplazante. Un joven teólogo de grandes energías. Por la mañana solía hacer una larga caminata, mientras se detenía a saludar a cada habitante del pueblo como si lo conociese de toda la vida. Al menos no parece metido en cosas feas, dijo un vecino.
      Una mañana, cuando realizaba una de sus habituales excursiones por el pueblo, el nuevo pastor sintió un tirón en la pierna derecha. Por desgracia su cuerpo terminó arrastrado en el patio del único vecino con perro en toda la cuadra. El perrito, un amigable rottweiler, no quiso jugar con el amigo que se encontraba en su patio. En cambio le saltó a la yugular y le arrancó un pedazo. Una gran mancha roja irrumpía a través del verde perfecto del pasto recién cortado.
      El tercer reemplazo que envió la congregación ni siquiera tocó el pueblo. Su avión estalló y se hizo polvo en el cielo. Así como el cuarto, el quinto y demases pastores que ocuparon el puesto. No hay casualidades, el puesto está maldito, aseguraron los habitantes del pueblo.
      Lo mejor sería prescindir de un pastor, al menos de momento. Algunos optaron por ser más pragmáticos. A la noche siguiente, un grupo de veinte personas prendió fuego la iglesia hasta los cimientos. Un pajarito que volaba esa noche por las inmediaciones del lugar pió en señal de aprobación. Así fue como el pueblo se libró del problema e inició una nueva etapa de prosperidad inaudita.

martes, 23 de diciembre de 2014

Día 219: Un truco más

      Un día cualquiera desapareció. Dicen que le gustaba perseguir sombras, por no hallar un mejor pasatiempo. Atorado en un mar de incertidumbres saludó a la luna y el astro le respondió. El mensaje estaba cifrado, para que no lo entiendan todos, tan solo él.
      El código estaba maltrecho. Lo tuvo que recomponer, así como pudo. Es posible que haya interpretado el mensaje erróneo. De todos modos necesitaba esa desaparición. Hacer un acto de magia ante la multitud. Esperaba que aplaudan enfervorecidos el gran acto final. Desde la manga se caía el conejo.
      Es el precio de la ilusión, gritaba el público. Ahora reclamaban el grandioso acto por el que habían pagado con antelación. El mago debía desaparecer. Ese era el pedido. El sudor corría por su piel. El acto no estaba preparado. Algo podría fallar. Un solo parpadeo. Eso sería todo.
      Absoluto silencio. El mago tomó un pañuelo y se lo llevó a la boca. Lo lanzó hacia los primeros asientos del anfiteatro. Una llamarada de fuego verde voló por sobre sus cabezas. El techo empezó a temblar. Pequeños trozos de material caían sobre el público.
      Un conejo de cuatro metros de alto atravesaba las gradas con la soltura de un bailarín. Cada tanto olfateaba una butaca e inquiría a las personas con sus grandes ojos rojos. De un salto subió al escenario donde el mago se encontraba.
      Juntos iban a realizar el truco mayor. La más grande ilusión de todos los tiempos. Un cubo de basura voló por los aires hasta estrellarse contra parte del telón. Algunas personas, nerviosas, empezaban a retirarse del teatro. El mago, en el paroxismo de su acto, desoía cualquier señal que viniera del mundo exterior.
      Flores carnívoras con destellos de sangre entre sus dientes salían por debajo de las butacas. Algunas mujeres en la sala gritaban de espanto. El mago no paraba de sonreir, todo salía tal como lo había ensayado. Lástima el conejo gigante. No se había aprendido bien la letra. Ahora estaba parado en el lugar equivocado y los focos no lo iluminaban lo suficiente.
      El mago señaló a un balcón, de donde surgió un muchacho de apenas once años. Estaba desnudo, y solo colgaba de sus hombros un pequeño redoblante. A su señal, el niño empezó a marcar el ritmo del truco definitivo.
      El conejo gigante no paraba de saltar y mover sus dientes. El mago sacó de su pelaje una gran varita negra. Un par de golpecitos por sobre sus cabezas. El conejo gigante, las flores carnívoras, la galera negra, la varita, el mago, todo había desaparecido. Se esfumaron. Las pocas personas que quedaron en la sala no podían cerrar sus bocas abiertas por el asombro. 
      Así terminó el show y la carrera del mago. Nunca más lo volvieron a encontrar. Algunos escépticos todavía buscan el truco detrás de la ilusión, aunque muy en el fondo de sus corazones sabían que había algo más.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Día 218: Sacrificio

      Salvado por un tecnicismo barato, así era la cosa. Solo tuvo que decir la palabra mágica para que lo dejaran en paz. No se animó a repetirla. Tampoco quería probar suerte o acaso ofender a los dioses del Olimpo, si es que todavía guardaban su divina morada. 
      Ahora tendría que realizarlo. Su propia muerte poco le servía a la vida que deseaba preservar. En realidad no le servía a nadie que estuviese muerto, ni a él, ni a los soldados que batallaban al frente de la falange. 
      Por un momento creyó sentir los blancos apéndices de Hera revolviendo su cabello. No era más que el viento. Estás solo en esta, viejo, se consoló a sí mismo Logófonos. A quién enviar al fuego sagrado, allí en el extranjero, solo, lejos de la patria. Los guardias persas empezaban a impacientarse.
      El brillo en sus ojos denotaba un desenlace inminente. ¡Sacrificio! ¡Sacrificio a Ahura Mazda! ¡Gloria a Xerxes! Los soldados persas apremiaron a Logófonos para encender la pira. 
      El prisionero temblaba mientras juntaba algunos leños. Cerró sus ojos en un lamento y deseó ser salvado. Recordó viejas ofrendas a Prometeo. Juró por su aliento vital. 
      Alguien pareció escuchar los pedidos del heleno. Una copiosa lluvia cayó sobre el campamento persa. Logófonos aprovechó la poca visibilidad para aventurar un escape.
      Corrió por campos y terrenos escarpados. Lugares desconocidos, más allá de los límites jonios. Logófonos estuvo cerca de que lo atraparan. La suerte o la ayuda divina condujo el resto de su camino. Apoyado sobre sus rodillas murmuró sin hablar una palabra de tres cifras. El mar Egeo, imponente, le daba la bienvenida.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Día 217: De la volición

      Ahí vienen los bobos de siempre. Portan un gran estandarte por sobre sus cabezas que los identifican. Acá estamos los bobos, vamos a tomar el mundo y nadie va a poder evitarlo. Nos obligaron a tomarnos el vómito de prepo. Nadie nos avisó que iba a estar tan rico. 
      Sabemos que caeran. Todas las cosas caen en algún momento, así funciona la gravedad. Por supuesto, a veces ayudamos, con un empujoncito. Por si acaso. Por si a Newton se le ocurre hacerse el loco. 
      Vamos por la vida como fetos con poco líquido amniótico. Nos comemos el meconio, porque nos gusta. Así funciona la gravedad. Es triste. Es real. Es surreal. Y anodino, también anodino.
      A la hora de las verdades la más efectiva es la mentira. No se necesita regarla, crece sola, como el pasto. Mi madre, todos al grito de ahí vienen los bobos. Hay que sacudirla, la fiesta está por empezar. Contemos los votos. Falta poco. Las urnas están todas cerradas. El hermetismo reina en la sala. 
      Las nociones de dominio no figuran en los manuales, eso es para la gente importante, para el resto están los autos y las lombrices. A veces solo quedan las lombrices, o los gusanos. Pagás tan poco el precio de lo que vas a comprar. Un puñado de incertidumbre. Un kilo de necesad. Media docena de boberas. 
      Mirás al bobo de al lado, creés que está mejor, pero está igual. Todo está igual, salvo lo que no figura en los manuales. Los privilegios de manejar la tinta, la ventaja de producir la hoja. De alguna u otra forma todo cae en su cuenta. Un triciclo alienado pedalea por sobre nuestras cabezas hasta aplastarlas.
      Podríamos ser un jugo podrido, lo prohibido, pero preferimos ser lo tonto, lo bobo, el poco seso. Así es más fácil.

Día 216: Lágrima de bandoneón

      Vivió en cuna de chapa hasta que tuvo la edad suficiente para sostener los cigarrillos con su propia mano. Eso ocurrió a los cinco años. Para ese entonces Pedrito tenía un problema con la bebida. No debutó hasta los siete. Tampoco quería que lo tilden de precoz. Igual mantenía una conducta, nada de drogas duras. Al menos no durante la semana.
      Papá y mamá lo querían bien. Hasta le veían un cierto parecido con un actor norteamericano. Tiene la misma nariz, decía la abuela orgullosa. En realidad parece un boxeador cagado a trompadas, agregaba el abuelo. Pedrito tenía el arrojo de un ninja decidido. El pulso no le temblaba cuando tenía que agarrar una pistola o si debía cagarte a palos. Nada mal para su metro diez de altura.
      Cuenta la leyenda que una vez le dio un sopapo a un político. Le dijo en la cara que era un mentiroso. Que todos los impuestos que pagaba (Pedrito, a sus diez años, no paga impuestos) se lo devoran en putas y fernet barato. Luego de eso le escupió en la barba. Un par de personas presentes creo que aplaudió el temerario acto.
      Por la noche Pedrito salía a correr. Les contaba a todos que es para la salud. Y para purgar los vicios, claro. No podía correr más de dos kilómetros sin caer en un ataque fulero de tos. Tengo que dejar el tabaco, se decía. 
      Así y todo Pedrito fue a la escuela. Lo llevaron a la fuerza, y le tuvieron que pedir por favor que la dejara. En realidad lo hizo por que quería, no por que se lo pidieran. Le parecía una mentira más del sistema. No entendía nada de lo que le explicaban, pero si de algo estaba seguro, es que era todo una maraña de estupideces sin el más mínimo sentido. 
      Vivía en la calle, mientras hacía alguna que otra changuita. Papá y mamá creían que el trabajo le iba a forjar el carácter mañoso. En realidad estaban equivocados. Más bien digamos que se lo acentuó. Así fue como Pedrito conoció el tango y las historias de arrabal.
      La gente que vivió los años de la Guardia Nueva veían en Pedrito un tanguero de alma. Tenía un buen porte para tomar el bandoneón y sacarle lustre. Aprendió a tocar por su cuenta, como bien le salía, como bien quería. 
      Pedrito creció y así se hizo Pedro. El fuelle cortito, así le brotaban las notas al viejo bandoneón. Tocó en todo los tugurios de Buenos Aires. Mamó la mejor escuela, la de los grandes, que ya lo miraban de costado. Este va a ser importante, decían. Y le pegaron.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Día 215: El problema es el otro

  El precio justo de la estría. Oí a papá copular con una manzana. Anoche nos contamos cosas divertidas, en secreto, atravesamos un maremoto de drogas hasta el océano mismo. Tu verbo poco tiene para decir, me dijo un sabio. Pobre Rusito, pertrechado con un poncho barato salido de Hiroshima.
  A Nagasaki no fui, a Nagasaki no me mandaron. Exploté antes. Volé de a pedazos. Vendo ilusiones, soy como un payaso autómata asesino devorador de cerebros confitado remodelado 2.0 barbitúrico exponente de toda catástrofe maremótica. Pobre rusito drogado, dice cosas raras para que lo entiendan. Todo saben que le chifla el moño, por eso no le dan pelota. 
  Le confiscaron el balero. Le robaron la máquina de calcular. Roca, rusito, roca. Golpeado por el universo cósmico de las realidades ultraterrenales, un universo catatónico, repleto de agujas y heroína. Mamá no lo sabía, mamá se escondía detrás de un fideo, para no verlo llorar. A Nagasaki no fui, dice. 
  Lo golpearon hasta dejarlo sin sangre. Lo tiraron en una esquina, para que se pudra un poco y largue olor. Todavía está ahí, tirado, con la cabeza en el borde de la zanja, como un decorado festivo. Confite chifle pito catalán. Un peso para la birra. Un peso para el tomate. Dame la verdad. Quiero la verdad. El pobre rusito no entiende nada. Vive en un termo como todo cadáver. Tiene el chip de la realidad averiado. Quiere morirse un poco más y no se da cuenta que ya está muerto, que ya despide el hedor del seso quemado. Noche. Guarra. Sopita. Cañón. Llamalo como quieras, no deja de ser blanco, todo tan blanco. Lechoso como un remedio que tomó hace tiempo para recordar algo que ya olvidó. 
  Perdió una carta de dominó. Se la jugaron. La gastaron en putas. Vomitaron la comida en la heladera. Para conservarla, dicen. A Nagasaki no fui, a Nagasaki no fui. Yo disparé el Enola Gay con mi verga. Con la punta del pito disparé y arrasé el suelo. Pero Nagasaki no, Nagasaki no. Dómine de los teresos, alquitrán de vereda asqueado de tanto andar. Por la vereda te escupen. Estás señalado, rusito, tu charco rojo se hace grande. Lo pintaste de marrón con tu culo. Así podés cantarle al mundo tus vergüenzas. Pululás en las nubes como el mejor vino. Enchastrás los mejores pensamientos de la gente correcta, con tu diatriba de ser inconexo, deslegitimizado. Cuanto tendría que escucharte ese mundo, rusito. Dale play. Agitá. Atorá. El problema es el otro. 

jueves, 18 de diciembre de 2014

Día 214: La bruma azul

      La bruma azul tenía un poder de sueño. Podía hacer lo que desease con tan solo figurárselo. Le gustaba hacer desaparecer caballos, aunque se sabía que lo que más le divertía era entrar en las casas por la noche y cambiar los muebles de lugar. Menudo susto se pegaba la gente.
      Y cada día descubría algo nuevo. La otra vez, por ejemplo, mandó a volar una vaca. Las cosas flotaban dentro del cuerpo de la bruma azul. También podía colocarles disfraces graciosos y a veces, si se esforzaba, hasta utilizar una especie de control mental. En realidad les lavaba el cerebro, pero su tonta inexperiencia de bruma joven le impedía darse cuenta de cómo era todo.
      A unas cuadras del mar se encontraba la casa de Sonia. Esa mujer volvía loco a la bruma azul. Estaba enamorado hasta las narices, la amaba con asco. Así de tanto.
      La bruma no sabía como conquistarla. Le enviaba canciones con el viento, entraba a su casa y le dejaba flores sobre la mesa de la cocina, pero Sonia parecía no percatarse de su brumosa presencia. Debería ir más lejos. Tanto como sea necesario. Tanto como ese amor asqueroso lo requería.
      Así fue como la bruma azul consumió el cuerpo de un hombre. Lo tomó prestado, como si fuese un traje barato, para controlarlo a su antojo.
      Tocó timbre, ahora con el ramo de flores entre sus manos, esas mismas flores que tanto trabajo le había costado dejar encima de la mesada de la cocina. Le declararía su amor incondicional. Le diría las cosas más hermosas de la galaxia. Le haría saber cuánto la amaba. Hasta las estrellas. ¡Hasta el puto cielo infinito, qué joder!
      Sonia dijo no. Así de sencillo. No. Negativa. Un rechazo hecho y derecho. Con su corazón hecho pedazitos, la bruma azul salió a la calle hecha una furia. ¿por qué, qué había hecho mal? Si el cuerpo que eligió era guapo. La amaba, ¿por qué tenía que salir mal? El cuerpo, sí, el cuerpo no sirve, no le gusta, hay que probar otra cosa.
      La bruma azul salió del cuerpo. Con poco cuidado, debo acotar. El pobre hombre quedó descuajeringado en el piso como un gato aplastado por una jauría de rottweilers. Ahora a buscar otra persona. Pobre bruma, tan joven, no se había enterado que Sonia lo había rechazado a él, a la bruma, y no al cuerpo que usaba.  

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Día 213: Un cambio inadvertido

      ¿Dónde colocaría el señuelo? En la cama sería demasiado obvio. Colgado del ventilador, muy aparatoso. Lo mejor era simular un accidente, no dejar dudas. Si bien el maniquí tenía una excelente calidad, aún corría el riesgo de que su esposa se percate del engaño.
      Simular su propia muerte, así de fácil se libraría de la bruja. No podía matarse de verdad, necesitaba su vida para hacer otras cosas, vivir por ejemplo. Sin su esposa, claro. La podría haber matado. Incluso, qué mierda, podría haberle pedido el divorcio. Tantas soluciones al alcance de la mano le brindaba este mundo civilizado. Pero no podía. No se animaba. Demasiado cobarde para enfrentar los hechos. Mejor irse silbando bajito.
      Con esos pensamientos en la cabeza subió las escaleras que conducían al altillo. Ahí decidiría lo que iba a hacer. Su esposa, mientras tanto, batía unos huevos para preparar una tarta. Canturreaba una canción pasada de moda, fuera de ritmo sacudía lo poco que le quedaba de culo. 
      Sintió los pasos de su marido allá arriba. Parecía que el bastardo estaba matando a un mueble o algo así. Tanto ruido, ¿es que no podía hacer las cosas en silencio? decía la mujer con una voz tan audible que llegaba fuerte y claro a los vecinos de enfrente.
      Luego, como si su marido la hubiese escuchado, un silencio atroz cayó en la cocina. Siguió lo esperado, o inesperado, de acuerdo a cómo se lo mire. Un disparo seco, como un corcho del tamaño de un elefante. Ahora sí que me cansó. Jugar con armas en el altillo, ¿es que la edad lo ha vuelto estúpido? gritaba la señora.
      Se prometió a si misma una discusión épica, con golpes a la pared, incluso con amenazas, eso la excitaba. Un ligero rubor que empezaba en sus mejillas se corría hasta la entrepierna. Le voy a decir cosas feas, bien feas, va a sentirse una porquería, qué bueno. 
      Ahí estaba, con la pistola en la mano. El pobre bastardo no podía parar de llorar. Lo siento, lo siento, decía. La esposa tenía la boca abierta como un dique. ¿Matarte? ¿Matarte? Ésto la superaba. Quería que su esposo se sintiese como un excremento, pero tampoco esperaba su muerte, eso no la excitaba en nada. Las piernas le pesaban. No alcanzó a decir una palabra. La cabeza dio contra el piso con un fuerte TUC.
      Cuando recuperó la consciencia se halló vestida con un pijama en su habitación. En la mesa de luz tenía un florero lleno de jazmines, su flor preferida. La insulsa canción que tanto amaba sonaba de fondo. Para coronar su alegría, su marido se encontraba al pie de la puerta, vestido de modo muy galante, con un plato de comida en la mano.
      La señora no cabía en la emoción. Tan mal que te traté, sos un ángel, mi angelito hermoso, mi postrecito borracho. El hombre sonreía. Harían el amor hasta llegada la noche. Dos, tres horas seguido, sin parar, quién sabe, algo extraordinario para un hombre al borde de los sesenta. 
      Luego de tanto retozar, el hombre sostenía entre sus brazos a su esposa. Estaba satisfecho. Nunca se va a dar cuenta, no lo va a encontrar, no lo va a encontrar, lo hice tan bien. Un cambio inadvertido. ¡Qué mujer se había perdido ese tipo!
 

martes, 16 de diciembre de 2014

Día 212: Desbloqueadorizador

       Tomalo como un recreo. Sin esa puta necesidad de crear la obligación. Hay que caer en la huevada de respirar hondo y exhalar mejor. Así te relajás, así sacás todo el rejunto de sorete que acumulás en el cerebro. Tampoco es que la falacia de la autoayuda ofrezca mejores opciones.
       Ponerse serio por un momento y enfrentar la hoja en blanco como un hombre. Qué va, ¡como un soldado! Como esos imbéciles a la vanguardia de un ejército dispuestos a morir como un bicho bolita por su patria, por esa patria que poco le importa a quién mande a aplastar. Pero no tan serio. Es consciencia sana. No hay que olvidar el divertimento, el sano placer lúdico. 
       Es algo así como tener unas cuantas palabras que queman en la punta de los dedos y tenés que colocarlas en un orden específico antes de que te hagan cagar fuego. Un inodoro, el estiercol, amaneceres, verde pasto, jabón, sifones de soda vacíos, montañas de tetas, un diamante roto, lo que caiga de la lista, así como salga, al mejor postor. 
       Al final el bloqueo de escritor es un mito inventado por la CNN para asustar a los advenedizos. Escribir es casi tan fácil como rascarse el culo. Sentás las nalgas, copiás unas cuantas palabras, le das un cierto orden, pecás de artista, y ya tenés una cosa para que todos lean, así como así. Tan fácil como el culo rascado por la mano. 
       Todavía esperamos una insurrección artística, que sería una especie de rebelión indolente por la libertad de las ideas y las palomas. Ante lo bello del demonio mal parado y los corpúsculos de sal van a iniciar una pira salvadora y nosotros, los espectadores, vamos a estar obligados a creerles, como a dioses ciegos. Así va a ocurrir y no es profecía ni cuento barato. 
       Un hombre malo como pocos, distinto, se erigirá por sobre nuestras cenizas. Respira mal. Es un dragón con asma. Es el señuelo, de la invasión de las palabras. La prueba que persiste ante el engaño de la historia, esa que merece ser contada y que insta a otras para que guarden silencio. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

Día 211: La onceava extinción

      La cucaracha salió de la vagina luego de realizar la micción. Miró a su nueva madre con cariño. La mujer, horrorizada, pensaba una cloaca, fea y sucia. De ahí no paraban de salir los bichos. Conocía de infecciones genitales, pero una plaga de insectos brotando de allá abajo era demasiado.
      Para no ser menos, le pasó al hombre también. Una escarabajo del tamaño de un asteroide asomaba del pene. Le llegó a las demás mujeres, le atacó a los demás hombres. Es como una gonorrea, pero con onda, como de película, decían. Por suerte no dolía.
      La cosa duraba una semana, tiempo suficiente para echar a perder la vejiga. El agua estaba infectada, aventuraron los científicos. La moda de subir neurovideos a la Supranet con las pequeñas criaturas saliendo de los genitales fue furor. En pleno siglo XXVI el asco, lo grosero era sinónimo de buen gusto, ¿Qué cosa más bella y asquerosa puede existir más que una vagina infectada y podrida?
      No era cualquier cepa. Las cucarachas, escarabajos y lombrices no eran insectos comunes. Por algún lado de su cuerpo escondían los vestigios de un ADN familiar. 
Los insectos heredaron unas extrañas costumbres alimenticias. Necesitaban de carne para llenar el tanque de proteínas y la humana les parecía deliciosa.
      Se reprodujeron a un ritmo fenomenal. La cópula entre bichos post genital fue todo un suceso. En cuestión de una semana la Tierra se convirtió en un bar de mala muerte, con sus cucarachas, ratas y escarabajos carnívoros.
      Devoraron todo, todo. No dejaron nada en pie. Ni los bebés se salvaron. La compasión era un fenómeno sobrevalorado de acuerdo a esta raza superior. Así, la humanidad culminó su período de extinción número once.
      Aún así, ante el delirio inmanente de la catástrofe, la naturaleza tiene un sentido del humor algo retorcido. El hombre siempre le pareció un buen chiste. Sería una pena agotarlo. Así, la madre evolución movió unas cuantas cartas y así fue como en el transcurso de unos cuantos siglos, las cucarachas parieron monos.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Día 210: El casi-hombre

      El doctor Coniglio guardó el alambique casero en la taza del inodoro, no quería llamar la atención del enfermero (una vez más). Sabía la reprimenda que se venía. Además de la tunda de regalo.
      Excomulgado de la sociedad científica, ese fue el último y mayor logro del doctor Coniglio. Luego del prontuario de desastres, o experimentos, como mejor deseen llamarlos, se le prohibió el contacto con objetos sucintos a ser material de laboratorio a una distancia mayor a los 120 kilómetros.
      El último intento de saltar a la fama hizo volar una ciudad en pedazos. Un juez aburrido pasaba con la punta de los dedos su vasto historial. Alcoholismo, conducta errática en el trabajo, mala relación o inexistente con sus padres, ejercicio ilegal de la medicina capilar, irrupciones terroristas en premiaciones académicas y claro, la joya nueva de la Corona, una ciudad hecha trizas gracias a la reacción nuclear de veinte clones y un teletransportador hecho a base de plutonio. Es suficiente, el tipo es un lunático. Hay que encerrarlo y de ser posible, que le regalen una camisa de fuerza.
      Así lo tuvieron unos meses, encerrado, maniatado, abstemio de cualquier tipo de bebida. Casi lo puedo llamar hijo, decía la madre ausente. Tanta vergüenza no me da, agregaba papá Coniglio. No, me sigue dando vergüenza. El amor de familia nunca cambia.
      Le llevó otros cuantos meses de buena conducta para que le quitaran la camisa de fuerza. Ya podía comer sin ayuda. Los cubiertos de plástico no eran de lo mejor, pero todo era mejor que un avioncito arterioesclerótico.
      Ya en proceso de libertad, al menos dentro del pabellón psiquiátrico, el doctor Coniglio trabajó como una hormiguita esclava para conseguir todos los elementos para fabricar el alambique. Difícil fue no llamar la atención cuando se conducía con pedazos de metal y envases de vidrio escondidos debajo de su traje.
      Ahora ya tenía la porquería gelatinosa a punto caramelo. Una ultima ebullición y el fruto de su nuevo arduo trabajo daría la luz. Un pequeño homúnculo flotaba dentro del alambique. Asomó su cabecita por uno de los extremos del aparato y saludó al doctor Coniglio. Hola... hola papi, papi, papi.


Continuará...

sábado, 13 de diciembre de 2014

Día 209: El anti-escudo

      En el jolgorio de las cosas se dispuso la fiesta eterna. Colocaron el anti-escudo sobre la mesa, a la vista del mundo. Así es más fácil. La porquería absorbe todo, es como una aspiradora gigante, le decía uno a una chica que tenía a su lado. En un mundo sin drogas era lo más cercano a volar.
      Así de duro te dejaba el anti-escudo. Es como lamer muchas baterías de 9V, decian los que ya habían probado. Un imbécil sentado al costado de los miles de ojos posados sobre el objeto dispuesto al centro de la mesa gesticulaba frases que solo él entendía. 
      ¿No te gusta? Le dice una adolescente con sus pechos de ojivas nucleares. El imbécil resollaba, ¿para qué explicar lo que no se va a entender? la fuerza gravitatoria del anti-escudo en algún momento los tragaría a todos, y ese sería el fin. Así que pueden disfrutar su fiestita de mierda. Después de todo, ¿qué hago acá sentado? Pobre imbécil. Tenés que ser el chaperón de tu hermana. No te separés de ella, es chica y todavía no sabe lo que hace.
      Claro que no sabe. Se mueve como una descocada frente a una bomba de tiempo. No sabe nada. Inútil explicarle. El imbécil estrenaba su doctorado en astrofísica, un chiche nuevo que no ganará tantas mujeres como un auto, pero al menos la falacia del prestigio académico le llenaba una parte del alma que daba por llamar razón. 
      ¡La edad de la razón se aproxima! ¡Temed, humanos! ¡El vulgo descubrirá los avatares del pensamiento! ¡Oh, horrible renacer! Un profeta del conocimiento, menudas estupideces graciosas. Un montón de adolescentes con granos en la espalda poco escucharían. Solo querían lamer la bomba, o eso que daban por llamar anti-escudo.
      Nadie en la fiesta, salvo el imbécil, conocía la verdadera naturaleza de los agujeros negros. Algo intuía. La mierda esa se alimentaba a gusto de los cuerpos gravitantes que se acercaban a su todavía minúsculo horizonte de sucesos.
      Ya poco importa, el agujero crecería y crecería, hasta tragarse vacas y máquinas demoledoras. No le importaría demasiado engullir a la luna. Cuando haya realizado la digestión, Marte sería un buen aperitivo. Luego guardaría a Júpiter para la cena. ¡Qué ricos manjares guardaba la vía láctea!
      El imbécil despertó de sus ensoñaciones científicas. Regresó al espacio festivo que lo convocaba. El anti-escudo seguía en el mismo lugar, encapsulado en su celda de seguridad. Cualquier pequeña falla. Un tornillito flojo. La verdadera fiesta va a empezar.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Día 208: Las cosas que olvido

     Las cosas que olvido son muchas. A veces se hace una tira tan larga que llega hasta la estratósfera y te rompe la capa de Ozono a la vuelta. Es como mucho. Así. Y quiero recordarlas, no es que caigo en la facilidad del olvido por olvidar, pero no me sale. Se van, se van, así chau, chau, chau de mi mente.
     Al menos hay más espacio en mi cerebro para guardar otras cosas igual de inútiles, como el teléfono de la chola o el autor del segundo gol de un River-Banfield 66. No, no, tampoco eso, basta de datos inútiles. Tabula rasa al por mayor.
     El cerebro parece un videoclip de David Lynch, se estira y se hace chicle. No quiero recordar, no quiero recordar. Basta de acumular cosas. Están ahí, una encima de otras, hacinadas, pobres cosas metidas a la fuerza dentro de mi cabeza, como si fueran a caber. Por eso olvido mucho. Es mejor amar y olvidar. Odiar y olvidar. Cagar y olvidar. 
     Así debe ser. Todo libre. Una vida menos apelmazada. El flujo de lo que viene que no me interfiera con lo que ya fue. Tengo más tiempo para preocuparme menos. Pocas cosas para contar. Simple reducido a uno. Simplicidad inherente. Coso. 
     Es más fácil ser el villano, el héroe, el aislado, el especial, el hombre, la caca humana, el perro, el esclavo, el esposo ideal, el falso, el asceta, la mariquita, el liberal, el rebelde, el ciego, el loco. Etiquetado. Sin etiquetas. Chau nombres. Hola, olvido.
     Voy a hacer un harén con mis neuronas. Voy a masturbar tanto mi cerebro hasta que los callos hagan sinapsis. Voy a fundar la república de yo mismo, para nadie más. Hoy ha sido lo que nunca será y lo que siempre fui. Las cosas que olvido son muchas.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Día 207: Knock, knock

      ¡Idiotas! Marco tiró las cartas sobre la mesa. Salió de la casa de juegos haciéndole gestos obscenos a todo el mundo. Se acomodo un poco el pelo. Voy a tener que tomar un café, no puedo llegar así a casa. Con un andar de zombie, entró al bar de la esquina.
      Pidió un café. Uno bien fuerte. Un resucitahombres, o algo parecido. Miró el reloj mientras se tocaba la cabeza. Julia no le iba a perdonar una más. Lo sabía. Qué carajos, hasta los putos vecinos lo sabían. Sus discusiones desde hace meses parecían como magnificadas por un amplificador de 200 watts. 
      La bebida sirvió de maravillas. Ahora podía pensar un poco mejor sus movimientos. Puso un billete de 50 sobre la mesa y saludó a los parroquianos. Mierda, llueve.
      Así, sin paraguas. Se mojaría hasta las bolas. Capaz que así se despertaba del todo. El choque casi le arranca la nariz, Marco sentado en el piso, con la lluvia que cae, no entendía nada. ¿qué hacía una maldita puerta en el medio de la calle? Aún más extraño ¿por qué no se mojaba?
      Knock, knock, ¿hay alguien ahí? Si, claro, un vagabundo le abriría la puerta de su casa y lo invitaría a tomar un té con magdalenas. La puerta se abrió de par en par. Pequeños hilillos de humo salían de la base. Como en las mejores películas, pensó Marco. No vamos a negar una invitación.
      Fue rápido. Normal. Como cualquier persona atraviesa una puerta y espera encontrarse con lo común. En cambio un bosque crecía alrededor de la puerta de madera. 
      No hay tiempo para sorpresas, es pegar la vuelta y listo, camino a casa. El aire de la montaña lo recibió del otro lado. Marco recorrió así toda la Tierra, sin saber adonde ir. Casas desconocidas, playas atestadas de nenes mocosos, bancos en plena hora pico, nada cercano a Julia.
      Cansado de tanto experimento, Marco se acostó en el umbral. Mitad de su cuerpo en un lugar, mitad en otro. Quedó dormido. La puerta, ajena al intruso que obstruía el paso, poco a poco se cerró hasta hacer desaparecer la molestia. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Día 206: La rueda

      El mejor invento del mundo. Así había nombrado el abuelo a esa cosa antes de palmarla. Qué va, era lo único que dejó el viejo tacaño. Org se lamentaba, tendría que haberlo matado antes y hacerme un abrigo con su cuero. Ahora el cadáver del abuelo se pudría sin dilaciones al fondo de la cueva. El olor no era tan malo, si se lo compara con la caca de mamut.
      Org tomó el objeto entre sus manos y se lo enseñó a su familia. No le veía nada de especial, era tan solo una madera circular con un agujero tallado en su centro ¿Qué utilidad podría tener un plato roto? Lo presentó en el piso y lo pateó con fuerza. Así tampoco funcionaba.
      El abuelo le había dedicado su vida a ese invento. Antes de morir le había confiado a la familia que iba a revolucionar al vecindario, se acabarían las distancias. No dijo mucho más, ya que después se ahogó con un pedazo de carne y no contó más el cuento. Org pensaba en sus últimas palabras. Se acabarían las distancias... se acabarían las distancias... ese disco debe ser una especie de llamador de comida. No tendría que volver a caminar para cazar, los animales vendrían a él. Así se acabarían las distancias.
      Org estaba confiado con su interpretación del enigma. Era más que claro. El círculo llamaría a la cena, y al almuerzo. El invierno se aproximaba, así que nunca un mejor momento para poner en práctica el invento del abuelo.
      La nieve cayó como nunca. En pocos días todo el asentamiento era un océano blanco y frío. El mejor invento del mundo, resoplaba Org. Tendría que arreglárselas los próximos meses casi con lo necesario. Pasarían hambre. En el mejor de los casos, morirían. El disco llamador del abuelo era una estafa. Si estuviese vivo, lo volvería a matar. 
      Org arrojó el disco de madera al fondo de la cueva. Alguien gritó. Era el pequeño Org. Un chorro de sangre le brotaba de la cabeza. Org miró a su hijo, luego a la cosa del abuelo y a su hijo otra vez. Sí, parecía una buena idea. Esa porquería es fuerte. 
      Org lanzó el disco con todas sus fuerzas en dirección a su mujer, a la abuela, a su hermano y al resto de los pequeños. Se sentía feliz, ahora el invento del abuelo funcionaba.

martes, 9 de diciembre de 2014

Día 205: Una noche en Marte

      Los gonomorfos tomaron el desvío que conducía a la trampa. Un momento de suspicacia los habría salvado. En cambio los asesinaron como perros, todo de acuerdo al plan. Hicieron unos vestidos hermosos con sus pieles. Con sus dientes armaron collares y otros cuantos objetos de guerra. Hay que sobrevivir, muchachos, instaba el hombre a unos cuantos temerosos muchachos.
      El planeta no es seguro, qué diablos, la Tierra tampoco lo era. Ahora tenían que lidiar con esas criaturas más feas que un bicho bolita con gonorrea. Gonomorfos. Esa sí que había sido una buena invención. Esa baba que les brotaba del estómago puntiagudo parecía un pene en problemas. 
      El capitán tomó el papel entre sus manos y marcó unas cuantas direcciones alternativas. El campamento debe estar a unos dos kilómetros de distancia, si nos manejamos con cuidado no tenemos por qué perder a un solo hombre más. Los soldados asintieron. No les quedaba otra. La opción era caminar o... ser caminados. 
      Los malditos los caminaban. Iban por ahí, briosos, como si nada los pudiera tocar. Claro, si se pensaba mejor la situación lo entenderían. Eran los nativos. Defendían su tierra. Avistaban el peligro, ¿por qué tendrían que comportarse de otra manera? Tenían ese modo sanguinario de sobrevivir, tal como lo haría cualquier especie en su lugar. El capitán temía lo peor. Gonomorfos o no, el tanque de oxígeno se acabaría pronto. Los dos kilómetros que lo separaban de su aposento nómada iban a ser una marcha bien larga. Una marcha hacia la muerte, quizás.
      Mandó a sus dos tiradores más expertos a proteger el perímetro. Sirvió de poco. Ya estaban rodeados. Más de veinte gonomorfos contemplaban a su futura cena. Los rifles automáticos vomitaron sus balas, una tras otra. Mataron a unos cinco, con suerte. Los bichos tenían una piel dura. Un par de disparos atravesaron la pierna del capitán. Así es como termina mi historia, se dijo.
      Estaban reducidos. El final cerca. Solo y rodeado. Un gonomorfo se acercó al capitán y lo observó. Sus miradas se encontraron. Un destello conocido brillaba en sus ojos. Con dificultad movió los labios. El gonomorfo dijo: Ayuda, mi capitán. Ayuda. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Día 204: Desgarrado

      El deber de lo parecido. A lo último se la pasaron jugando con nuestro genoma, como si fuesen piezas de rompecabezas intercambiables. A lo mejor después de tanta prueba algo nuevo salía, vaya uno a saber. Todos quisieron lo diferente, aunque lo igual se imponga. 
      El pueblo tiene la sensación que algo se gesta por debajo de las cloacas. Es una especie de virus maligno que no deja nada en pie. Es algo que te destroza como a un muñeco desprevenido. Desde las oscuridades pincha a los seres. Salen agujas de las superficies, indiferentes, anónimas. 
      La realidad golpea con el mazo, el de los duros. En la lejanía el olvido se hace apetecible, tanto como una bocanada de arena en el desierto. Verás el nuevo sol, uno que no caiga en el horizonte. Detendrás con las manos lo imposible de ocurrir.
      Comida del mañana que sueña por ser un nombre. Un muerto itinerante. Golpea y sigue, en las sombras de un algo incierto. Los verás salir por el costado, inadvertidos en su andar de simios errantes. Actos contritos del sueño y toda la eternidad. Paren ya. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Día 203: Sobrenatural

      Un encuentro con el sueño abyecto de muchos. Retazos de hombres han prestado sus servicios para que pueda nacer. Una figura informe con alas de cupido. En su vuelo se adivina el peso de la catástrofe. Los ritos fallidos de una adivinación. Vive de los desperdicios. A veces se alimenta de carne, aunque muchos divulguen gustos de otro tipo. Es extraño más no increíble. Aún se insinúan los rasgos de una humanidad pretérita. 
      Bajó al pueblo a plena luz del día dado que nunca fue un monstruo acomplejado que necesite de la oscuridad. Para evitar confusiones dejó que lo vieran bien. La criatura precisaba alimentarse. El ganado decapitado fue un grato aperitivo.
      Los campesinos, atemorizados por la bestia, disparaban sus escopetas. Nada parecía herirla. Las balas pasaban a través de su estómago, ingresaban en sus labios. En el medio de la balacera la criatura razonó: todo es comestible. Todo. Los seres humanos, el pasto, los árboles, las balas, el cemento, las agujas, los relojes. Todo, absolutamente todo. 
      Así como quien no quiere la cosa, la bestia se comió a todo el pueblo, con sus casas y perros. Nada parecía saciar su hambre. Los retorcijones de estómago aumentaban. Es el hambre, el hambre, se decía a sí misma. 
      El apetito feroz llevó al monstruo a las grandes ciudades. Comió rascacielos, autos de alta gama, celulares, puentes. Los dolores en el vientre no menguaban. 
      Hacer algo, se dijo la bestia. Situación no seguir. Sacar dolor. Abrir. Abrir. Fuera. Con cuidado serruchó su estómago, para sacar de adentro el mal. Esparcir la semilla. Tierra. Cuidado. Bebitos. Mamá.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Día 202: Antinatural

      El exceso de la droga mata, te asfixia el cerebelo. Una vez conocí a un hombre croto. No estoy loco. Ayer visité a mi madre. Se encuentra muy bien. Lástima que está muerta. No me dejan entrar al cementerio. Es porque me conocen.
      La otra noche desarrollé un sistema infalible para detectar mentiras. Es una operación simple. Se le pregunta a un sujeto algunas preguntas, como el color de un pavo quemado o el nombre del cuñado de San Martín, y luego se lo pellizca, en donde sea. La respuesta de los nervios es diferente, sea verdad, sea mentira. Hay que calibrar el traductor para medir en forma correcta los impulsos electromagnéticos del cerebro. No tiene falla. Funciona hasta con el que miente bien. Y lo mejor de todo, al pellizco no se le puede engañar. El auch dice más de un ser humano que dos mil quinientas palabras. Está comprobado. Lo sé.
      También estudié la conducta de las nutrias en año nuevo y en las noches de luna llena. Se sorprenderían. Les gusta cavar hoyos. Intuyo que son tumbas. Algunas son tan grandes que cabrían hasta tres hombres fornidos dentro. La nutria es un ser maravilloso. Tienen un lenguaje primitivo pero efectivo al uso y costumbre de estos animalejos.
      Soy de los que creen que los días deberían tener 82 horas. No es una cifra arrojada al azar. He calculado sobre la base del algoritmo de las necesidades humanas. Cariño, sexo, violencia, ocio, pensar, leer, dormir, no hacer nada, cada acción requiere un tiempo acorde a los parámetros establecidos en la curva de desarrollo fisicomental de cada individuo. Es fascinante las cosas que se descubren cuando uno se mete de lleno en estas investigaciones. Hasta ahora mi proyecto de retrasar el atardecer ha sido un fracaso. El campo gravitatorio de la Tierra es una cosa tramposa y no se deja engañar tan fácil. Igual voy por buen camino. Las pruebas en la maqueta son promisorias.
      Lo más curioso es no tener tiempo para el amor. Soy exigente. Algunos me dicen que no puedo amar, que no está en mi constitución. Pensadores de la vieja escuela, les digo. Yo veo toda una gama de sentimientos, mientras que ellos ven circuitos de silicio y cerebros positrónicos. Les explico el desarrollo de la ciencia hasta llegar a los más modernos prototipos de vida inteligente. Me señalo como ejemplo. Pero no dejan de llamarme chatarra o cosas así por el estilo. Entiendo el sarcasmo, así también el desprecio. Les explicaría, pero no lo entenderían, cual es la dicha y la maldición de estar vivo.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Día 201: Natural

      El tipo mete la nariz en el tarro y olfatea. Parece un perro descocado. En el desenfreno de una pasión entre comillas el hombre arremete con la nariz, con sus dos agujeritos inofensivos. Huele la caca y ni se mosquea. Luego rueda en el piso, hace unos giritos y saca la lengua. Es un buen ser humano. 
      Le pican las garrapatas. Le hace falta un buen antiparasitario. Pobre, nadie le rasca. Los pies no tienen la suficiente torsión como para hacer ese trabajo. A los animales les va mejor, piensa. Una noche le hice el amor a una lechuza y nadie me lo demandó.
      Salió la luna y aulló en sus contornos. En la vida de lo salvaje, las ramas tienen muescas de dientes. Dos monigotes cazan en la noche, en silencio. Ven sus sombras despertigadas por la noche, lo confunden con algo más, le disparan un par de veces.
      El pobre hombre desnudo. Con un tarro entre las piernas. Complejo de hombre lobo, bromean los cazadores. Vamos, rematalo, le dice a su compañero.
      Jadea como si la vida dependiese de eso. Aun le queda un poco de fuerza. Salta encima de los hombres y los despedaza a mordiscos. Este tipo está loco. Hombre cabreado. De a poco la transformación llega a su fin. Bajo el brillo plateado se lame las heridas, unos cuántos rasguños nomás. Cosquillas de tiros. 
      Mira los reflejos de la ciudad, en la distancia. No siente añoranza. Cada vez recuerda menos. Cada vez olvida mejor. Se posa en cuatro y deja que sus pies se hagan patas. Se adentra en el bosque hasta desaparecer. En una noche todo lo negro vuelve a su reino. Un hombre oscuro deja de serlo.

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