jueves, 4 de diciembre de 2014

Día 200: Justa venganza

      La cuerda tensa. Desde el abismo se asoma el borde. Es un punto definitivo y no hay después. Así lo habían criado, para morir como la cosa más despreciable del universo. Una noche vendrán y van a raptar a tu mujer, eso le dijeron. Les creyó. 
      Los esperó por meses, con la mira del rifle apuntando contra la puerta. No llegaron. Se confundieron de casa. Así fue. Quedó en stand by. Murió en la inquietud de una equivocación.
      La chica raptada se llevó la peor parte. Recibió una tunda feroz.
      Sin embargo recibió una carta con una factura. Le exigían abonar los gastos de la "operación". Estos mafiosos están del tomate, pensó. Por primera vez en mucho tiempo se preguntó que habría detrás de la puerta.
      No era el miedo a salir afuera. Es la predisposición a dejarse contaminar por el aire, a dejarse arrebatar por el ímpetu de la llamada. Ahora ya había atravesado el portal. La calle lo miró como un gato podrido, indiferente al estupor del nuevo mundo. Debería rendir cuentas, hacer las veces de detective.
      Tomó las huellas, como un profesional. Siguió sus rastros. Preguntó en el barrio. Encontró algunas direcciones. Pero no tuvo éxito. Los maleantes permanecían invisibles al radar. Se fueron de la ciudad, eso ocurrió, tal vez. Se fueron todos, en realidad. La casa está vacía. 
      Nada por hacer. Todo un grandísimo misterio sin solucionar. Personas que actúan sin sentido, cosas que pasan sin siquiera accionar la razón de la consecuencia. La ciudad era un caos. 
      Volvieron, un tiempo después. Los delincuentes reconocieron su error. Estuvieron frente a frente, cara a cara, en la intermitencia del silencio reinante. Nada que hacer. La confusión de las intenciones. 
      No hubo disparos, tan solo miradas. Una cuerda colgaba, tensa. Les medía los cuellos. La muerte que avasalla. Ya nos cobraremos la deuda, decían. Se olvidaron de la mujer. La lujuria del ego los abandonó a las razones. Estaba ahí, parada, con una pistola entre sus manos. Mató a cada uno de ellos, con la solemnidad que el hecho requiere. 
      Justa venganza. Así lo llamó. Toca en algún momento. Karma lo llaman los imbéciles. Sobre los cuerpos se sostenía un alma, invisible, ajena al ruido de la muchedumbre ahora desaparecida, en los etéreos fantasmas de la realidad.

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