sábado, 6 de diciembre de 2014

Día 202: Antinatural

      El exceso de la droga mata, te asfixia el cerebelo. Una vez conocí a un hombre croto. No estoy loco. Ayer visité a mi madre. Se encuentra muy bien. Lástima que está muerta. No me dejan entrar al cementerio. Es porque me conocen.
      La otra noche desarrollé un sistema infalible para detectar mentiras. Es una operación simple. Se le pregunta a un sujeto algunas preguntas, como el color de un pavo quemado o el nombre del cuñado de San Martín, y luego se lo pellizca, en donde sea. La respuesta de los nervios es diferente, sea verdad, sea mentira. Hay que calibrar el traductor para medir en forma correcta los impulsos electromagnéticos del cerebro. No tiene falla. Funciona hasta con el que miente bien. Y lo mejor de todo, al pellizco no se le puede engañar. El auch dice más de un ser humano que dos mil quinientas palabras. Está comprobado. Lo sé.
      También estudié la conducta de las nutrias en año nuevo y en las noches de luna llena. Se sorprenderían. Les gusta cavar hoyos. Intuyo que son tumbas. Algunas son tan grandes que cabrían hasta tres hombres fornidos dentro. La nutria es un ser maravilloso. Tienen un lenguaje primitivo pero efectivo al uso y costumbre de estos animalejos.
      Soy de los que creen que los días deberían tener 82 horas. No es una cifra arrojada al azar. He calculado sobre la base del algoritmo de las necesidades humanas. Cariño, sexo, violencia, ocio, pensar, leer, dormir, no hacer nada, cada acción requiere un tiempo acorde a los parámetros establecidos en la curva de desarrollo fisicomental de cada individuo. Es fascinante las cosas que se descubren cuando uno se mete de lleno en estas investigaciones. Hasta ahora mi proyecto de retrasar el atardecer ha sido un fracaso. El campo gravitatorio de la Tierra es una cosa tramposa y no se deja engañar tan fácil. Igual voy por buen camino. Las pruebas en la maqueta son promisorias.
      Lo más curioso es no tener tiempo para el amor. Soy exigente. Algunos me dicen que no puedo amar, que no está en mi constitución. Pensadores de la vieja escuela, les digo. Yo veo toda una gama de sentimientos, mientras que ellos ven circuitos de silicio y cerebros positrónicos. Les explico el desarrollo de la ciencia hasta llegar a los más modernos prototipos de vida inteligente. Me señalo como ejemplo. Pero no dejan de llamarme chatarra o cosas así por el estilo. Entiendo el sarcasmo, así también el desprecio. Les explicaría, pero no lo entenderían, cual es la dicha y la maldición de estar vivo.

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