martes, 9 de diciembre de 2014

Día 205: Una noche en Marte

      Los gonomorfos tomaron el desvío que conducía a la trampa. Un momento de suspicacia los habría salvado. En cambio los asesinaron como perros, todo de acuerdo al plan. Hicieron unos vestidos hermosos con sus pieles. Con sus dientes armaron collares y otros cuantos objetos de guerra. Hay que sobrevivir, muchachos, instaba el hombre a unos cuantos temerosos muchachos.
      El planeta no es seguro, qué diablos, la Tierra tampoco lo era. Ahora tenían que lidiar con esas criaturas más feas que un bicho bolita con gonorrea. Gonomorfos. Esa sí que había sido una buena invención. Esa baba que les brotaba del estómago puntiagudo parecía un pene en problemas. 
      El capitán tomó el papel entre sus manos y marcó unas cuantas direcciones alternativas. El campamento debe estar a unos dos kilómetros de distancia, si nos manejamos con cuidado no tenemos por qué perder a un solo hombre más. Los soldados asintieron. No les quedaba otra. La opción era caminar o... ser caminados. 
      Los malditos los caminaban. Iban por ahí, briosos, como si nada los pudiera tocar. Claro, si se pensaba mejor la situación lo entenderían. Eran los nativos. Defendían su tierra. Avistaban el peligro, ¿por qué tendrían que comportarse de otra manera? Tenían ese modo sanguinario de sobrevivir, tal como lo haría cualquier especie en su lugar. El capitán temía lo peor. Gonomorfos o no, el tanque de oxígeno se acabaría pronto. Los dos kilómetros que lo separaban de su aposento nómada iban a ser una marcha bien larga. Una marcha hacia la muerte, quizás.
      Mandó a sus dos tiradores más expertos a proteger el perímetro. Sirvió de poco. Ya estaban rodeados. Más de veinte gonomorfos contemplaban a su futura cena. Los rifles automáticos vomitaron sus balas, una tras otra. Mataron a unos cinco, con suerte. Los bichos tenían una piel dura. Un par de disparos atravesaron la pierna del capitán. Así es como termina mi historia, se dijo.
      Estaban reducidos. El final cerca. Solo y rodeado. Un gonomorfo se acercó al capitán y lo observó. Sus miradas se encontraron. Un destello conocido brillaba en sus ojos. Con dificultad movió los labios. El gonomorfo dijo: Ayuda, mi capitán. Ayuda. 

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