viernes, 12 de diciembre de 2014

Día 208: Las cosas que olvido

     Las cosas que olvido son muchas. A veces se hace una tira tan larga que llega hasta la estratósfera y te rompe la capa de Ozono a la vuelta. Es como mucho. Así. Y quiero recordarlas, no es que caigo en la facilidad del olvido por olvidar, pero no me sale. Se van, se van, así chau, chau, chau de mi mente.
     Al menos hay más espacio en mi cerebro para guardar otras cosas igual de inútiles, como el teléfono de la chola o el autor del segundo gol de un River-Banfield 66. No, no, tampoco eso, basta de datos inútiles. Tabula rasa al por mayor.
     El cerebro parece un videoclip de David Lynch, se estira y se hace chicle. No quiero recordar, no quiero recordar. Basta de acumular cosas. Están ahí, una encima de otras, hacinadas, pobres cosas metidas a la fuerza dentro de mi cabeza, como si fueran a caber. Por eso olvido mucho. Es mejor amar y olvidar. Odiar y olvidar. Cagar y olvidar. 
     Así debe ser. Todo libre. Una vida menos apelmazada. El flujo de lo que viene que no me interfiera con lo que ya fue. Tengo más tiempo para preocuparme menos. Pocas cosas para contar. Simple reducido a uno. Simplicidad inherente. Coso. 
     Es más fácil ser el villano, el héroe, el aislado, el especial, el hombre, la caca humana, el perro, el esclavo, el esposo ideal, el falso, el asceta, la mariquita, el liberal, el rebelde, el ciego, el loco. Etiquetado. Sin etiquetas. Chau nombres. Hola, olvido.
     Voy a hacer un harén con mis neuronas. Voy a masturbar tanto mi cerebro hasta que los callos hagan sinapsis. Voy a fundar la república de yo mismo, para nadie más. Hoy ha sido lo que nunca será y lo que siempre fui. Las cosas que olvido son muchas.

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