sábado, 13 de diciembre de 2014

Día 209: El anti-escudo

      En el jolgorio de las cosas se dispuso la fiesta eterna. Colocaron el anti-escudo sobre la mesa, a la vista del mundo. Así es más fácil. La porquería absorbe todo, es como una aspiradora gigante, le decía uno a una chica que tenía a su lado. En un mundo sin drogas era lo más cercano a volar.
      Así de duro te dejaba el anti-escudo. Es como lamer muchas baterías de 9V, decian los que ya habían probado. Un imbécil sentado al costado de los miles de ojos posados sobre el objeto dispuesto al centro de la mesa gesticulaba frases que solo él entendía. 
      ¿No te gusta? Le dice una adolescente con sus pechos de ojivas nucleares. El imbécil resollaba, ¿para qué explicar lo que no se va a entender? la fuerza gravitatoria del anti-escudo en algún momento los tragaría a todos, y ese sería el fin. Así que pueden disfrutar su fiestita de mierda. Después de todo, ¿qué hago acá sentado? Pobre imbécil. Tenés que ser el chaperón de tu hermana. No te separés de ella, es chica y todavía no sabe lo que hace.
      Claro que no sabe. Se mueve como una descocada frente a una bomba de tiempo. No sabe nada. Inútil explicarle. El imbécil estrenaba su doctorado en astrofísica, un chiche nuevo que no ganará tantas mujeres como un auto, pero al menos la falacia del prestigio académico le llenaba una parte del alma que daba por llamar razón. 
      ¡La edad de la razón se aproxima! ¡Temed, humanos! ¡El vulgo descubrirá los avatares del pensamiento! ¡Oh, horrible renacer! Un profeta del conocimiento, menudas estupideces graciosas. Un montón de adolescentes con granos en la espalda poco escucharían. Solo querían lamer la bomba, o eso que daban por llamar anti-escudo.
      Nadie en la fiesta, salvo el imbécil, conocía la verdadera naturaleza de los agujeros negros. Algo intuía. La mierda esa se alimentaba a gusto de los cuerpos gravitantes que se acercaban a su todavía minúsculo horizonte de sucesos.
      Ya poco importa, el agujero crecería y crecería, hasta tragarse vacas y máquinas demoledoras. No le importaría demasiado engullir a la luna. Cuando haya realizado la digestión, Marte sería un buen aperitivo. Luego guardaría a Júpiter para la cena. ¡Qué ricos manjares guardaba la vía láctea!
      El imbécil despertó de sus ensoñaciones científicas. Regresó al espacio festivo que lo convocaba. El anti-escudo seguía en el mismo lugar, encapsulado en su celda de seguridad. Cualquier pequeña falla. Un tornillito flojo. La verdadera fiesta va a empezar.

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