domingo, 14 de diciembre de 2014

Día 210: El casi-hombre

      El doctor Coniglio guardó el alambique casero en la taza del inodoro, no quería llamar la atención del enfermero (una vez más). Sabía la reprimenda que se venía. Además de la tunda de regalo.
      Excomulgado de la sociedad científica, ese fue el último y mayor logro del doctor Coniglio. Luego del prontuario de desastres, o experimentos, como mejor deseen llamarlos, se le prohibió el contacto con objetos sucintos a ser material de laboratorio a una distancia mayor a los 120 kilómetros.
      El último intento de saltar a la fama hizo volar una ciudad en pedazos. Un juez aburrido pasaba con la punta de los dedos su vasto historial. Alcoholismo, conducta errática en el trabajo, mala relación o inexistente con sus padres, ejercicio ilegal de la medicina capilar, irrupciones terroristas en premiaciones académicas y claro, la joya nueva de la Corona, una ciudad hecha trizas gracias a la reacción nuclear de veinte clones y un teletransportador hecho a base de plutonio. Es suficiente, el tipo es un lunático. Hay que encerrarlo y de ser posible, que le regalen una camisa de fuerza.
      Así lo tuvieron unos meses, encerrado, maniatado, abstemio de cualquier tipo de bebida. Casi lo puedo llamar hijo, decía la madre ausente. Tanta vergüenza no me da, agregaba papá Coniglio. No, me sigue dando vergüenza. El amor de familia nunca cambia.
      Le llevó otros cuantos meses de buena conducta para que le quitaran la camisa de fuerza. Ya podía comer sin ayuda. Los cubiertos de plástico no eran de lo mejor, pero todo era mejor que un avioncito arterioesclerótico.
      Ya en proceso de libertad, al menos dentro del pabellón psiquiátrico, el doctor Coniglio trabajó como una hormiguita esclava para conseguir todos los elementos para fabricar el alambique. Difícil fue no llamar la atención cuando se conducía con pedazos de metal y envases de vidrio escondidos debajo de su traje.
      Ahora ya tenía la porquería gelatinosa a punto caramelo. Una ultima ebullición y el fruto de su nuevo arduo trabajo daría la luz. Un pequeño homúnculo flotaba dentro del alambique. Asomó su cabecita por uno de los extremos del aparato y saludó al doctor Coniglio. Hola... hola papi, papi, papi.


Continuará...

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