miércoles, 17 de diciembre de 2014

Día 213: Un cambio inadvertido

      ¿Dónde colocaría el señuelo? En la cama sería demasiado obvio. Colgado del ventilador, muy aparatoso. Lo mejor era simular un accidente, no dejar dudas. Si bien el maniquí tenía una excelente calidad, aún corría el riesgo de que su esposa se percate del engaño.
      Simular su propia muerte, así de fácil se libraría de la bruja. No podía matarse de verdad, necesitaba su vida para hacer otras cosas, vivir por ejemplo. Sin su esposa, claro. La podría haber matado. Incluso, qué mierda, podría haberle pedido el divorcio. Tantas soluciones al alcance de la mano le brindaba este mundo civilizado. Pero no podía. No se animaba. Demasiado cobarde para enfrentar los hechos. Mejor irse silbando bajito.
      Con esos pensamientos en la cabeza subió las escaleras que conducían al altillo. Ahí decidiría lo que iba a hacer. Su esposa, mientras tanto, batía unos huevos para preparar una tarta. Canturreaba una canción pasada de moda, fuera de ritmo sacudía lo poco que le quedaba de culo. 
      Sintió los pasos de su marido allá arriba. Parecía que el bastardo estaba matando a un mueble o algo así. Tanto ruido, ¿es que no podía hacer las cosas en silencio? decía la mujer con una voz tan audible que llegaba fuerte y claro a los vecinos de enfrente.
      Luego, como si su marido la hubiese escuchado, un silencio atroz cayó en la cocina. Siguió lo esperado, o inesperado, de acuerdo a cómo se lo mire. Un disparo seco, como un corcho del tamaño de un elefante. Ahora sí que me cansó. Jugar con armas en el altillo, ¿es que la edad lo ha vuelto estúpido? gritaba la señora.
      Se prometió a si misma una discusión épica, con golpes a la pared, incluso con amenazas, eso la excitaba. Un ligero rubor que empezaba en sus mejillas se corría hasta la entrepierna. Le voy a decir cosas feas, bien feas, va a sentirse una porquería, qué bueno. 
      Ahí estaba, con la pistola en la mano. El pobre bastardo no podía parar de llorar. Lo siento, lo siento, decía. La esposa tenía la boca abierta como un dique. ¿Matarte? ¿Matarte? Ésto la superaba. Quería que su esposo se sintiese como un excremento, pero tampoco esperaba su muerte, eso no la excitaba en nada. Las piernas le pesaban. No alcanzó a decir una palabra. La cabeza dio contra el piso con un fuerte TUC.
      Cuando recuperó la consciencia se halló vestida con un pijama en su habitación. En la mesa de luz tenía un florero lleno de jazmines, su flor preferida. La insulsa canción que tanto amaba sonaba de fondo. Para coronar su alegría, su marido se encontraba al pie de la puerta, vestido de modo muy galante, con un plato de comida en la mano.
      La señora no cabía en la emoción. Tan mal que te traté, sos un ángel, mi angelito hermoso, mi postrecito borracho. El hombre sonreía. Harían el amor hasta llegada la noche. Dos, tres horas seguido, sin parar, quién sabe, algo extraordinario para un hombre al borde de los sesenta. 
      Luego de tanto retozar, el hombre sostenía entre sus brazos a su esposa. Estaba satisfecho. Nunca se va a dar cuenta, no lo va a encontrar, no lo va a encontrar, lo hice tan bien. Un cambio inadvertido. ¡Qué mujer se había perdido ese tipo!
 

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