viernes, 19 de diciembre de 2014

Día 215: El problema es el otro

  El precio justo de la estría. Oí a papá copular con una manzana. Anoche nos contamos cosas divertidas, en secreto, atravesamos un maremoto de drogas hasta el océano mismo. Tu verbo poco tiene para decir, me dijo un sabio. Pobre Rusito, pertrechado con un poncho barato salido de Hiroshima.
  A Nagasaki no fui, a Nagasaki no me mandaron. Exploté antes. Volé de a pedazos. Vendo ilusiones, soy como un payaso autómata asesino devorador de cerebros confitado remodelado 2.0 barbitúrico exponente de toda catástrofe maremótica. Pobre rusito drogado, dice cosas raras para que lo entiendan. Todo saben que le chifla el moño, por eso no le dan pelota. 
  Le confiscaron el balero. Le robaron la máquina de calcular. Roca, rusito, roca. Golpeado por el universo cósmico de las realidades ultraterrenales, un universo catatónico, repleto de agujas y heroína. Mamá no lo sabía, mamá se escondía detrás de un fideo, para no verlo llorar. A Nagasaki no fui, dice. 
  Lo golpearon hasta dejarlo sin sangre. Lo tiraron en una esquina, para que se pudra un poco y largue olor. Todavía está ahí, tirado, con la cabeza en el borde de la zanja, como un decorado festivo. Confite chifle pito catalán. Un peso para la birra. Un peso para el tomate. Dame la verdad. Quiero la verdad. El pobre rusito no entiende nada. Vive en un termo como todo cadáver. Tiene el chip de la realidad averiado. Quiere morirse un poco más y no se da cuenta que ya está muerto, que ya despide el hedor del seso quemado. Noche. Guarra. Sopita. Cañón. Llamalo como quieras, no deja de ser blanco, todo tan blanco. Lechoso como un remedio que tomó hace tiempo para recordar algo que ya olvidó. 
  Perdió una carta de dominó. Se la jugaron. La gastaron en putas. Vomitaron la comida en la heladera. Para conservarla, dicen. A Nagasaki no fui, a Nagasaki no fui. Yo disparé el Enola Gay con mi verga. Con la punta del pito disparé y arrasé el suelo. Pero Nagasaki no, Nagasaki no. Dómine de los teresos, alquitrán de vereda asqueado de tanto andar. Por la vereda te escupen. Estás señalado, rusito, tu charco rojo se hace grande. Lo pintaste de marrón con tu culo. Así podés cantarle al mundo tus vergüenzas. Pululás en las nubes como el mejor vino. Enchastrás los mejores pensamientos de la gente correcta, con tu diatriba de ser inconexo, deslegitimizado. Cuanto tendría que escucharte ese mundo, rusito. Dale play. Agitá. Atorá. El problema es el otro. 

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