sábado, 20 de diciembre de 2014

Día 216: Lágrima de bandoneón

      Vivió en cuna de chapa hasta que tuvo la edad suficiente para sostener los cigarrillos con su propia mano. Eso ocurrió a los cinco años. Para ese entonces Pedrito tenía un problema con la bebida. No debutó hasta los siete. Tampoco quería que lo tilden de precoz. Igual mantenía una conducta, nada de drogas duras. Al menos no durante la semana.
      Papá y mamá lo querían bien. Hasta le veían un cierto parecido con un actor norteamericano. Tiene la misma nariz, decía la abuela orgullosa. En realidad parece un boxeador cagado a trompadas, agregaba el abuelo. Pedrito tenía el arrojo de un ninja decidido. El pulso no le temblaba cuando tenía que agarrar una pistola o si debía cagarte a palos. Nada mal para su metro diez de altura.
      Cuenta la leyenda que una vez le dio un sopapo a un político. Le dijo en la cara que era un mentiroso. Que todos los impuestos que pagaba (Pedrito, a sus diez años, no paga impuestos) se lo devoran en putas y fernet barato. Luego de eso le escupió en la barba. Un par de personas presentes creo que aplaudió el temerario acto.
      Por la noche Pedrito salía a correr. Les contaba a todos que es para la salud. Y para purgar los vicios, claro. No podía correr más de dos kilómetros sin caer en un ataque fulero de tos. Tengo que dejar el tabaco, se decía. 
      Así y todo Pedrito fue a la escuela. Lo llevaron a la fuerza, y le tuvieron que pedir por favor que la dejara. En realidad lo hizo por que quería, no por que se lo pidieran. Le parecía una mentira más del sistema. No entendía nada de lo que le explicaban, pero si de algo estaba seguro, es que era todo una maraña de estupideces sin el más mínimo sentido. 
      Vivía en la calle, mientras hacía alguna que otra changuita. Papá y mamá creían que el trabajo le iba a forjar el carácter mañoso. En realidad estaban equivocados. Más bien digamos que se lo acentuó. Así fue como Pedrito conoció el tango y las historias de arrabal.
      La gente que vivió los años de la Guardia Nueva veían en Pedrito un tanguero de alma. Tenía un buen porte para tomar el bandoneón y sacarle lustre. Aprendió a tocar por su cuenta, como bien le salía, como bien quería. 
      Pedrito creció y así se hizo Pedro. El fuelle cortito, así le brotaban las notas al viejo bandoneón. Tocó en todo los tugurios de Buenos Aires. Mamó la mejor escuela, la de los grandes, que ya lo miraban de costado. Este va a ser importante, decían. Y le pegaron.

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