martes, 23 de diciembre de 2014

Día 219: Un truco más

      Un día cualquiera desapareció. Dicen que le gustaba perseguir sombras, por no hallar un mejor pasatiempo. Atorado en un mar de incertidumbres saludó a la luna y el astro le respondió. El mensaje estaba cifrado, para que no lo entiendan todos, tan solo él.
      El código estaba maltrecho. Lo tuvo que recomponer, así como pudo. Es posible que haya interpretado el mensaje erróneo. De todos modos necesitaba esa desaparición. Hacer un acto de magia ante la multitud. Esperaba que aplaudan enfervorecidos el gran acto final. Desde la manga se caía el conejo.
      Es el precio de la ilusión, gritaba el público. Ahora reclamaban el grandioso acto por el que habían pagado con antelación. El mago debía desaparecer. Ese era el pedido. El sudor corría por su piel. El acto no estaba preparado. Algo podría fallar. Un solo parpadeo. Eso sería todo.
      Absoluto silencio. El mago tomó un pañuelo y se lo llevó a la boca. Lo lanzó hacia los primeros asientos del anfiteatro. Una llamarada de fuego verde voló por sobre sus cabezas. El techo empezó a temblar. Pequeños trozos de material caían sobre el público.
      Un conejo de cuatro metros de alto atravesaba las gradas con la soltura de un bailarín. Cada tanto olfateaba una butaca e inquiría a las personas con sus grandes ojos rojos. De un salto subió al escenario donde el mago se encontraba.
      Juntos iban a realizar el truco mayor. La más grande ilusión de todos los tiempos. Un cubo de basura voló por los aires hasta estrellarse contra parte del telón. Algunas personas, nerviosas, empezaban a retirarse del teatro. El mago, en el paroxismo de su acto, desoía cualquier señal que viniera del mundo exterior.
      Flores carnívoras con destellos de sangre entre sus dientes salían por debajo de las butacas. Algunas mujeres en la sala gritaban de espanto. El mago no paraba de sonreir, todo salía tal como lo había ensayado. Lástima el conejo gigante. No se había aprendido bien la letra. Ahora estaba parado en el lugar equivocado y los focos no lo iluminaban lo suficiente.
      El mago señaló a un balcón, de donde surgió un muchacho de apenas once años. Estaba desnudo, y solo colgaba de sus hombros un pequeño redoblante. A su señal, el niño empezó a marcar el ritmo del truco definitivo.
      El conejo gigante no paraba de saltar y mover sus dientes. El mago sacó de su pelaje una gran varita negra. Un par de golpecitos por sobre sus cabezas. El conejo gigante, las flores carnívoras, la galera negra, la varita, el mago, todo había desaparecido. Se esfumaron. Las pocas personas que quedaron en la sala no podían cerrar sus bocas abiertas por el asombro. 
      Así terminó el show y la carrera del mago. Nunca más lo volvieron a encontrar. Algunos escépticos todavía buscan el truco detrás de la ilusión, aunque muy en el fondo de sus corazones sabían que había algo más.

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