sábado, 27 de diciembre de 2014

Día 223: La quinta expedición

      Voló en cohete y cayó en paracaídas sobre un viejo recinto cubierto de cartones. Los nativos, incapaces de entender lo que estaba ocurriendo, huían despavoridos. No se trata de ellos, se trata de nosotros, no se trata de nosotros, se trata de ellos, repetían de modo mecánico una y otra vez. 
      Preguntaron por la comida y tomaron sus caballos. Galoparon por las llanuras hasta desaparecer en el horizonte. Así fue como se vació la Reserva. Sin mayores inconvenientes. ¡Que viva la civilización! Un viejo augur, prodigioso, hablaba de este día. No se había equivocado. Acá estaba, solo, destinado a una tierra prometida, con los restos del paracaídas entre sus manos.
      La presión del aire era aterradora. Si no volvía pronto a un espacio presurizado, su cuerpo sería pronto un depósito de basura con extremidades. Así era Marte, le dijeron, antes de subirlo sin concesiones a la cápsula colonizadora. Ya era la cuarta expedición con la que habían perdido total contacto. 
      Las últimas señales de la sonda Euronymous eran prometedoras. Los pequeños cultivos diseminados a lo largo del paisaje marciano empezaban a crecer y con ello, su proceso de cambio atmosférico. De a poco el oxígeno avanzaba sobre el dióxido de carbono. Unos retoques más, y en unas cuantas décadas más, los próximos colonizadores serían capaces de caminar por la superficie de Marte sin necesidad de esos estúpidos disfraces. 
      Nada de cascos, nada de proyecciones, la vida misma, soñaba el profesor Johnson mientras se liberaba de los trastos que habían amortiguado su caída. Las señales radioeléctricas de la sonda transmitían su pulso. Solo tendría que caminar unos 3 kilómetros y medio. 
      El paisaje subyugó su imaginación. Un gran arroyo fluía a unos cuantos metros, mientras se elevaba un bosque de grandes dimensiones. Árboles que producen dióxido de carbono y se alimentan de oxígeno, ésto es asombroso, decía Johnson asombrado. Los valores tomados por Euronymous meses atrás no habían cambiado.
      Frente a sus ojos se encontraba el artilugio. Una ronda de nativos se percató de su presencia. Extraños, figuras homínidas. Son un poco más altos de la media terrestre. Un poco más pálidos, quizás. Todos llevan capuchas. Sus ojos son como lo dibujaban aquellos artistas del siglo XX, grandes, negros e inquisidores. 
      Uno de ellos habló en perfecto español. Lo saludó con un gesto y lo invitó a acercarse a la sonda. El profesor Johnson se encontraba en shock. Presenciaba la escena en silencio, mientras los nativos centraban su atención en la sonda:

- Está controlada -dijo el marciano. - No requiere mucha energía mental para emitir los valores deseados. ¿Sabe usted lo mucho que nos ha costado mantener lejos a su especie de nuestro planeta? Desde hace siglos tememos su invasión y nos protegemos como nos lo enseñaron nuestros antepasados. ¿Entiende a lo que me refiero, profesor Johnson?

      Johnson asintió callado. Ese sujeto debía leer las mentes o algo por el estilo:

      - ¿A qué se refiere con eso de "controlada"? -respondió el profesor-. ¿Quería que caiga en alguna trampa y ahora va a matarme?.

      - Si y no. Verá, no esperábamos una nueva expedición. Ya hemos lidiado con ustedes. Creímos que se cansarían. Toda especie al final se rinde. Debemos proteger este pedazo de tierra tan preciada. Es una pena que todo acabe de este modo. Ahora puede retirar su casco. 

      Estaba muerto. No esperaba algo tan cruel de parte de su interlocutor. El marciano hizo un gesto como para que se apurara. Tomó el casco entre sus manos, vacilante. Esperó que su cabeza explotara en mil pedazos. Nada de eso ocurrió. Respiraba, con absoluta normalidad:

      - Ahora entiende que los valores de Euronymous están siendo controlados. Como le decía, es una pena. Tendrá que dejar sus pertenencias, su mundo atrás. Le ofrezco un lugar en nuestra sociedad. Ese es el adiós. Sabe que no puedo dejarlo volver con vida. Es su elección. 

      Johnson inhaló con fuerzas el oxígeno marciano. La atmósfera de Marte era mucho más pura que la terrestre. El marciano no dejaba de observarlo. Esperaba su respuesta. El profesor tomó el transmisor entre sus manos y se paró frente al nativo, con la resolución en su mente.

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