domingo, 28 de diciembre de 2014

Día 224: El sentido de la vida

      Le importaba todo una mierda. Había descifrado el logaritmo. Ahora todo tenía sentido, hasta el más minúsculo pedo. Es verdad, le había llevado gran parte de su vida el trabajito. El número era tan grande que habría necesitado como dos carretillas de papeles para anotarlo. Por supuesto, el fruto de su investigación estaba guardado en una computadora.
      Estaba dispuesto a tirar todo por la borda. Total, la vida tenía sentido, y la verdad que poco importaba. Era una tontería del creador, una especie de juego de palabras. Un anagrama sin sentido. Lo tomaría y lo vomitaría todo, ya estaba resuelto, hasta el fin de los tiempos.
      No buscó la gloria, a pesar de que la tenía a un click de distancia. Era cuestión de compartir los archivos, enviar sus notaciones a un par de colegas, y como nafta en un incendio, las noticias se extenderían casi hasta formar una bola revolucionaria.
      Entre los papeles tenía un vaso lleno de cerveza. Atacaría su sistema nervioso. Lo condenaría al fracaso. Todo tiene que irse al reverendo carajo. Dedicado a esos marsupiales chupasangres que se hacen llamar científicos. En el nombre de la ciencia han cometido tremendas barrabasadas. Por suerte ya iba a estar lejos de toda la bendita porquería.
      Cuando comenzó con todo esto lo trataron de loco. Creían que su empresa era un laberinto sin retorno, esa clase de cosas que volvía loca a la gente más ilustre. Pero no, se equivocaron. Llegó a la meta, con un número, fijo, predeterminado, exacto. Ahí estaba el sentido de la vida, posado frente a sus ojos. Lo inquiría a través de la pantalla del teclado. 
      Perder el tiempo. Eso había hecho. Nada cambió. El sentido mismo de la puta vida ni siquiera osó a marcar un nuevo rumbo en su existencia. Era todo lo mismo. Todo igual. Todo. Con gesto de alivio clickeó sobre los archivos del proyecto y los envió a la papelera de reciclaje. 

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