jueves, 31 de diciembre de 2015

Día 592: Fin de año

      Debía manejarse con sensatez. Quizás en otra vida haya sido un diligente capitán de guerra mundial, ahora no era nadie. En ese momento, al filo de herirse feo, se le vino a la cabeza muchos recuerdos. De como se graduó del secundario. De su paso por la escuela militar. Aquella vez que provocaron una falsa alarma de incendio en el cine, muy gracioso. A la noche pasaban películas condicionadas. Nadie iba a ver la película, por cierto. Todos se amontonaron, semidesnudos, en la puerta de emergencia. Muy gracioso.
      La explosión de una granada lo trajo de vuelta a la realidad. Estaban arrinconados. La guerra se había perdido hace meses. Ahora su compañía se debatía acerca de cuál sería el mejor método para rendirse. No llegaban a un acuerdo. Los norteamericanos querían sangre. Los rusos, carne de gulag. Y los británicos, detrás de su corrección política, otro tanto.
      Ya nadie recordaba los tiempos anteriores al Reich, el Führer, para bien o para mal, había hecho un buen trabajo. Muchas personas comentaban por lo bajo, que Hitler se encontraba negociando la rendición. Junto a los aliados reconstruirían Berlín. Al menos eso se decía.
      Después recordó que la guerra te quita los días. La sensación es que los meses pasan y todos los años se le parecen. El Sturmbannführer miró por última vez el calendario. 31 de diciembre de 1944. Hay que celebrar. Entre gritos tapados por ráfagas de ametralladoras y obuses, pidió que brindasen por Alemania, 1945 va a ser un año grandioso.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Día 591: Inconcluso

      Sintió que estaba muriendo para siempre. Algo así como tener los huevos colgados del techo por una eternidad algo larga. Su cuerpo ya le envió ciertas advertencias. Comenzó por las manos. Hasta llegar al brazo. Poco a poco los nervios motores se apagaban.
      Las paredes del mingitorio se estrecharon. El chorro de pis iría a parar vaya uno a saber adonde. En ese momento pensó en fluidos. De todo tipo. Corporales, de vehículos, agua. La vida se le escapaba con cada chorro, con cada emanación líquida.
      De lo que queda es lo que podemos ofrecer. Un poco de cada cosa. Y la tortura no termina. Y la fiesta no termina. Y todo no termina. Aunque algo deba de acabar. 
      Eso es lo que se repetía para sus adentros, mientras trataba de dispersar la resaca del día anterior. Un aspersor se encendió en la lejanía. Es verano. Hace un calor de cagarse. De morir. Tan fija la idea. Es la resolución ideal.
      Pudimos desvanecernos como la gloria de aquello que fue, eso piensa antes de morirse para siempre. Los huevos se alargan. Hasta parecer una curvatura extendida del radio de lo semejante. Una matemática inútil. Es a la muerte de lo que pasa. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Día 590: Lemmy

      Escuchar por última vez un detonante de tímpanos. Algo que traspasa la membrana auditiva. La baja frecuencia. Hacerte trizas contra el subwoofer. Eso y mucho más. ¿O no? ¿A quién le importa este pedazo de tierra cagado en donde nos toca vivir?
      Por supuesto, el estilo. Cuando el tren ya viene descarrilado, cuando las drogas sobran, ante todo el estilo. Caer sin peso. Que el golpe se sienta lindo. Bien por abajo. Regodearse del fracaso. De tanto perder en la victoria. Una majestuosa muchedumbre consume el silencio de tanto ruidos.
      Cantos de sirenas teñidos de whisky. La luz tenue de un mismo bar. Ese mismo bar donde cae el mismo sujeto, una y otra vez. Juega. Toma. Es feliz. Vive en su mundo. El mundo lo quiere. La música. El ruido. La podredumbre. Qué feo es el silencio. 
      Nos gusta sonar tendenciosos. Abrazar con rigor nuestros pensamientos. Cada gota de sudor derramada. Cada acorde presionado. Bajo. Caer bajo. Cuantos delirios hermosos. Que caiga del cielo todo el alcohol. Festejo. Que las valquirias amen. Un amor de fuego. 
      El bar cierra la puerta. El hombre camina hacia su casa. No es más. No es menos. Es. Y a su modo, siempre lo fue. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

Día 589: La reverenda concha de la madre

      Supuso que le decían la verdad. Se tragó el verso como los mejores. Jacinto estuvo muerto desde que pronunció la primera oración. Cinco puntitos rojos se posaban en su frente transpirada. Los rifles escupieron una bala cada uno. Una sexta lo remató.
      Desde el barrio dineron que fue un ajuste de cuentas. El flaco era un alcahuete. Un buchón de primera línea. Y se metió con la gente incorrecta. Y se la hicieron pagar muy caro el atrevimiento. No era mal tipo Jacinto. Para nada. Lo que pasa es que tenía un problema con la mentira. No sabía distinguirla de la verdad.
      Se comía cada uno de los versos que le decían. Los reproducía de sus labios como si fuese un santo evangelio. Y no solo eso, hasta empapelaba las calles con las cosas que oía. 
      Un buen día se cruzó con estos tipos. Chorros de poca monta con una organización parecida a la mafia pero en menor escala. Se la junaron. Primero fue una advertencia, después no dudaron en agujerearle el cuerpo. Jacinto, en su inocencia, esperó otro desenlace, pero no.
      A vos te vamos a hacer cagar fuego, le dijeron. Y así fue. Le hicieron cagar fuego de lo lindo. Lo que ninguno se imaginaba es lo que vino después del tiroteo.
      San Jacinto lo llaman algunos. Jacinto, el milagroso. El hijo de Lázaro. Yo prefiero llamarlo zombie a secas. El tipo volvió de la muerte y se los comió a todos. Los contagió con un virus que vaya uno a saber de dónde puta lo sacó. Jacinto, milagroso. Claro. Obró milagros. Era buen tipo. Ahora como zombie es la peor porquería que existe. 
      El barrio de Jacinto quedó en cuarentena eterna, como Pryapat. Dudan que se extienda la epidemia, como ocurre en las películas. Yo no sé, a veces dudo y me protejo. Por eso compré este boleto de avión. Quiero estar lo más lejos posible cuando todo se vaya a la reverenda concha de la madre.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Día 588: Contienda

      Acudió a todas las técnicas de disuasión que le habían enseñado en la academia, pero el monstruo seguía avanzando. La cosa era más inteligente de lo que se pensaba. Primero, ideó un sistema dentro de su cuerpo para evadir los radares. Luego dio un paso. Y otro. Y otro.
      El miedo comenzó a visitar los corazones de aquellos que esperaban algo más que peor. El monstruo los devoraría a todos. Sin excepción. Salvo que el héroe llegue a tiempo. Un pequeño sujeto de apenas un metro de alto.
      El monstruo, aún más pequeño, sabría que la lucha iba a ser por lo bajo. Una lucha microscópica, bromeó. Así es que no tardaron mucho en encontrarse, héroe y monstruo. 
      La batalla duró tres meses y veinte días. Fue algo sin cuartel, sin descanso. Durante este período de tiempo se destruyeron cuatro ciudades en su totalidad debido a la fuerza de los impactos. Cada golpe venía cargado de veneno. Un veneno ancestral. 
      Cada uno luchaba por su causa. Dato curioso, ninguna representaba los intereses de la humanidad. El héroe reclamaba el pago de una venta realizada hace unos cinco años atrás. El monstruo juró por su esposa haber pagado la deuda. Incluso revirtió la acusación aludiendo que el producto vendido estaba roto.
      Nunca llegaron a un acuerdo. La pelea fue tan épica que un gran campo de fuerzas gravitatorias se creó en torno a ellos. El campo gravitatorio crecía con cada golpe. 
      Al tercer mes y veinte días una inestabilidad del campo gravitatorio generó una explosión que terminó por destruir la cuarta ciudad que funcionaba como ring de la contienda. Tal fue la fuerza del estallido que un agujero negro apareció así de la nada. 
      La porquería aspiró poco a poco cada centímetro terrestre. Cuanto menos se esperaba, la humanidad ya era parte del horizonte de sucesos.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Día 587: Acción histórica

      Para el desconcierto general de algunos esa noche no pasó nada. Ni la siguiente. Ni la siguiente a la siguiente. Tuvo que pasar un año entero, con sus 365 días, para que vuelva a ocurrir algo que se precie de llamarse evento. Los nativos eran muy severos al respecto. Para que lo ocurrido sea trasladado al libro, algo tiene que pasar. Y esa cosa que pase tiene que ser digna de ser narrada.
      Fue un 2 de marzo. Primero fue una advertencia. Una luz en el cielo. Algunos pensaron que eran los extraterrestres. El rumor se desmintió rápido. Un meteorito importante cayó en la Tierra. Nadie lo vino venir. Así como de la nada se llevó puesta Australia, con todos los canguros incluido. Ahora a la altura del Océano Pacífico uno podía encontrarse con un hermoso agujero de tamañas proporciones.
      El 3 de marzo empezaron a caer los canguros. Cuerpos de canguros llovieron por todo el planeta. Fue un espectáculo como feo. Aunque eso fue el aperitivo de una noche bien larga. La noche del 3 de marzo, cuando todo se desmadró mal.
      La carne de canguro llamó a las cucarachas, que no tardaron demasiado en llenar la Tierra. El asunto se volvió asqueroso, sobre todo a la hora de comer. Nadie quería tocar un solo plato de comida, ya que la caca de cucaracha se encontraba adosada a cada centímetro del planeta para ese entonces.
      Esa misma noche del 3 de marzo fue cuando apareció el hechicero de las cucarachas. El tipo era un loco, pero al menos lo que hacía funcionaba. Las cucarachas le tenían miedo, vaya uno a saber por qué. Quizás tenía que ver con la barba o con su acento español centroamericano. Sus frases raras las mataban en el acto.
      Lo que nadie esperó fue la invasión de monos cucaracheros. Los monos eran del tamaño de un perro mediano. Se comían las cucarachas y a cambio dejaban sus deposiciones en la calle.
      Los seres humanos, mientras tanto, observaban. Su mundo había dejado de tener sentido aunque sea esa noche fatídica. Algunos todavía se preguntaban por lo que había pasado en Australia. Pasó todo tan de golpe que al final la mayoría se convenció de la normalidad de la situación. Esa noche nada pasó.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Día 586: La decimonovena extinción

      Allá viene la comitiva. A lo lejos. Como a dos kilómetros de distancia. Transpiran. El termómetro ya pasó los cuarenta grados. Y esto recién empieza, dice el desierto. El accidente más desafortunado de la galaxia, que un avión caiga en un desierto con sobrevivientes.
      Y son demasiados. Y no tienen qué comer, ni qué tomar. Es posible que si dentro de las próximas horas sin salida empiecen a pensar en el canibalismo y en esas cosas salidas de las películas. En esas historias los buenos sobreviven. Casi todos. A veces muere uno que otro, por el dramatismo. 
      Pero cuando las cosas pasan de verdad el desenlace puede ser diferente. Es más factible que se mueran todos. Como así lo hicieron. Fue algo triste. Una tragedia, como así se solía llamar. Esta historia no se trata de eso, si no de una bandada de buitres perdidos que cayó a cenar carne humana. 
      Esa noche comieron de maravillas. Cuando se tiene hambre, la carne es un buen aperitivo para sellar el estómago por unos cuantos días, sobre todo en la escasez. 
      Las aves poco sabían de la parte que les iba a tocar desarrollar en esta historia. No habría pasado nada, de no ser por un fatídico cruce con una caravana de beduinos. Los buitres pensaron, más carne. Los beduinos pensaron igual. Al final prevaleció el ingenio humano, aunque a costa de unas cuantas lastimaduras por parte de esas aves del infierno. Se defendieron como pudieron, a picotazos, con sus garras. Incluso a uno lo lastimaron tan mal que estuvo a punto de morir.
      Por suerte, para estas personas, la travesía tuvo un final feliz. Al menos a corto plazo. Algo se incubaba dentro del cuerpo del beduino herido. Algo que venía desde el buitre, algo que el buitre traía desde su anterior banquete, algo que un avión, antes de partirse en el cielo, traía desde oriente. 
      El virus mutó más rápido de lo que podía prever cualquier virólogo. Se extendió rápido a lo largo del desierto. Atravesó mares. Cruzó las fronteras que comunican con occidente. En pocos meses el virus había montado un imperio más grande de lo que Alejandro Magno podría haber imaginado en sus sueños más enfermos.
      Sin previo aviso navegó cada océano terrestre y llegado el año alcanzó el mote de pandemia. El virus se metía derecho al ADN humano y lo cambiaba a su antojo. Nadie sabe cómo ni cuándo. La porquería enfermó y asesinó a millones de personas. Los que vivían para contarla o enloquecían o se convertían en buitres. Buitres humanos. Una especie rara, por cierto. 
      Los buitres humanos tienen la peculiaridad de vivir en fase de vuelo. Nunca aterrizan. Surcan los aires con destreza. El cielo es su casa. Allá arriba duermen, comen y hacen sus necesidades. Nadie sabe cómo hacen para sustentar una vida tan increíble. Nadie porque casi todos los científicos del mundo murieron a causa del virus.
      Mientras tanto, abajo, en la Tierra, la humanidad se conduce lenta e inexorablemente hacia su final. Algunos afortunados escaparon. Se subieron a naves experimentales a la conquista de un espacio inexplorado. Otros cavaron grandes pozos y allí pusieron sus huevos. Otros, la gran mayoría, aceptó con paz el destino que les tocó. 

jueves, 24 de diciembre de 2015

Día 585: La valentía del perdido

      Buck limpió su revolver por cuarta vez en el día. No se conformaba con la típica pulida. Las imperfecciones de siempre. Una mancha por acá, una huella por allá. Cuatro balas en fila india observaban el ritual desde la ventana. Luego de que el revolver quedara impoluto, Buck apuntaba a la calle, como si fuese un video juego en 3D.
      Área 51, recordó. Una buena época. Como todo lo bueno murió, para dar paso a los cybers, las consolas y los celulares inteligentes. Buck se sentía un viejo vaquero librado en los vastos reinos de la melancolía. Era cierto lo que decían, todo tiempo pasado fue mejor. El mejor recuerdo. Ser un niño despreocupado. Lejos del revolver. Matar de mentira. Es un juego. Es un juego. Y repetirlo hasta que la risa le ponga dura la panza.
      Buck guardó el revolver en la mesa de luz y tomó el paquete de cigarrillos. Dio un par de golpes en el atado hasta que un cigarrillo se deslizó entre sus dedos. El encendedor iluminó el cuarto por una milésima de segundo y luego fue toda oscuridad.
      Algún día voy a abrir el cajón de la mesa de luz. Ese día voy a dejar todo este miedo atrás, eso que no me deja ser. Buck piensa sin parar. Habla consigo mismo en un soliloquio enfermo. Cuando la puerta se abra me las voy a jugar, lo sé. Todo volverá a hacer como en área 51. 
      Un par de extraterrestres van a volar en pedazos. Buck sentía el llamado. La ceniza del cigarrillo cayó al piso entera. Buck no dio una sola calada. Es por el retrato. Tenés que parecerte ahora que ya no está. En realidad sos como su sombra. Aun muerto te controla. ¿Todavía sentís su voz, no? Buck no deja de torturarse, quiere ser el niño que le prohibieron ser. Toma una vez más el revolver entre sus manos, abre el compartimento. Se acerca a la ventana y coloca una bala. Luego otra. Y otra. Cuatro balas. Luego cierra y apunta.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Día 584: Esta si es una historia de amor

      Estaba movido por la vergüenza. Por primera vez iba a decirle a alguien lo que sentía, en este caso amor. Un despojo de vísceras y palabras. Hay que pulir el estilo, es cierto. Pero aunque sea venció esa timidez que tanto lo recluía, en casa de sus padres, por cierto.
      En un acto de coraje inaudito, esta persona venció toda prescripción médica respecto a su inestable salud. Tomó aire, del de afuera, del verdadero. Incluso pisó pasto, del de afuera, del verdadero. Dio más de un paso fuera de su casa y envalentonado se encaminó adonde vivía su vecina de toda la vida.
      Se mudó. ¿En serio? ¿Hace cuánto? Ni enterado. Doce años. Doce años desconectado de la realidad. Ahora debería tomar un trago más profundo de la poción mágica. Más valentía. Más arrojo. Visitaría cada espacio que arroje aunque sea una pista acerca de la muchacha de sus amores. Mujer. Ya debe tener como cuarenta y monedas, si sus cálculos no le fallan.
      Otros dos años se arrancaron del almanaque. Veinticuatro meses le llevó averiguar adónde carajos se la llevó el viento, o el destino, o un auto, o lo que sea que la haya movido a esa mujer. Tocó la puerta de su casa, esa que con esmero tardó en descubrir.
      La encontró ahí, hermosa, angelical. Tal como la recordaba. La mujer la invitó a pasar a su casa. Oh, sorpresa, no estaba casada, ni de novia, ni viuda, ni nada. Soltera. Disponible, así con carteles fluorescente. Ella lo invitó a tomar un café. El hombre acepta. Toma asiento. Se percata de las fotos. Viejos recuerdos. Un gato atigrado descansa en la punta del sillón.
      La mujer vuelve con una bandeja. Charlan. Se ponen al día con sus cosas. Viejos chismeríos de barrio. ¿Recordás al verdulero de la cuadra? ¿Y al sodero? ¿El papá de fulanita? Y cosas así. Media hora. Cuarenta y cinco minutos. Hasta completar la hora.
      Un cuestionario sin fin. Ida y vuelta. El velo poco a poco se corrió. Y quedaron descubiertos tal como Dios los trajo al mundo. Desnudos, en bolas. Deseosos de ser. Algo, aunque sea. Y el hombre tiene la bendita revelación. Mira a los ojos de su ansiado amor. Tiene los ojos brillosos. Cree que va a llorar. Y luego piensa todo lo que le va a decir. ¡Pero qué mujer más insoportable, por favor! Gracias por el café, me quiero ir.

martes, 22 de diciembre de 2015

Día 583: Electrificado

      Nadie supo cómo, el caso es que apareció una mañana una línea de corriente que venía del cielo. Alguien se había tomado el trabajo pegar con cemento un tomacorriente a un poste de luz. Una obra del infierno, pero funcional.
      El cable, de un diámetro de cincuenta centímetros, se perdía en el cielo, entre unas nubes que estaban ahí arriba como colocadas a propósito. Trataron de extirpar el tomacorrientes de diversos modos. Retroexcavadoras, tijeras, bombas, pero todo fue inútil. El cable seguía electrificado.
      Y por cierto, consumía de lo lindo. El medidor superó los 999999 kilowatts y estalló, como pidiendo disculpas por no poder contar por sus medios tanta energía. Algo fuerte estaba conectado allá a lo lejos. Por supuesto, a la empresa proveedora de energía eléctrica no le gustó ni medio este robo a mano armada. Una cuestión robinhoodesca, podrían llamarlo unos cuantos.
      Ahora el misterio. ¿A quién le toca hacerse cargo de este cable? ¿estamos frente a una nube ladrona? ¿o sería un Dios con problemas económicos?
      Algunos buscaron desandar el problema. Enviaron muchas naves al espacio. Muchas. Porque si por algo se caracteriza la humanidad es por su exageración al tomar cartas en los asuntos. No encontraron nada. Solo un cable que se extendía, y se extendía, más allá del tiempo y el universo. El cable traspasaba las fronteras de la vía láctea. 
      Y más allá. Hacia otra galaxia. Muy lejos de la nuestra. Más precisamente a unos doscientos mil años luz de distancia. De acuerdo a un oficial de cuentas nebuliano, con el préstamo energético solicitado al planeta Tierra, se promoverá el desarrollo de los habitantes de la Nube de Magallanes en un 127.58 %. Y ya sabemos que cuando de números se trata, los nebulianos no joden. 
      Los embajadores de la Tierra, enterados de la estafa, emitieron un comunicado de guerra a la civilización nebuliana. Piden un resarcimiento económico por el robo energético, y más aún, que arranquen el bendito tomacorrientes, que está comenzando a provocar problemas gravitacionales. Los nebulianos hicieron caso omiso a la amenaza, esperan una guerra. A menudo suelen tener un cierto sentido del humor.  

lunes, 21 de diciembre de 2015

Día 582: Amplificado

      Dicen que los buenos jugadores de ajedrez son aquellos capaces de anticipar la mayor cantidad de jugadas en su mente. Bueno, en tu caso, no sé si sabías que el ajedrez era un juego. Primero te cuento, esas piezas que ves, las negras y las blancas, son parte, junto con el tablero, de lo que se llama ajedrez. No son para comer.
      Es importante que te lo diga, estoy hablando con la persona que se comió un pueblo entero. Ni siquiera sé para qué me preocupo en tratar tu imbecilidad, eso es tarea del loquero, yo soy un simple operario de la ley. Tengo que preguntarte por qué carajo lo hiciste. Y luego me preguntaré a mí mismo por qué este trabajo a veces me pone en situaciones como ésta.
      Al principio no pasó nada. Es una ley universal, cuando las cosas ocurren, nadie se da cuenta, hasta que ocurre, digamos, un poco más fuerte. Amplificado, esa es la palabra. Un evento amplificado. Esa clase de noticias que llegan a la tele. Tragedias pintarrajeadas cuando ya todo es muy tarde. Aplica a tu caso. Al pie de la letra. 
      Comenzaste por lo comestible, como era de suponer. Tortas, tartas, carne, verdura, postres, alfajores. Y terminaste con asfalto entre tus dientes. Te comiste toda una avenida. Te comiste casas enteras. Y yo todavía me pregunto, como humilde operario, cómo hizo tu estómago para aguantarlo todo. Incluso te pesamos, no subiste un solo kilo.
      Sabés que tengo una teoría loca. La saqué el otro día cuando veíamos un documental con mi familia. Era sobre el espacio. Te contaban un poco acerca de la naturaleza de los agujeros negros. De acuerdo al documental, un agujero negro es un lugar en donde hay tantas cosas acumuladas, apretujadas, que se genera ahí una gravedad insoportable. La gravedad es tan pesada que se engulle todo. No deja escapar nada, ni siquiera la luz, con lo rápida que es. Viste, te dí una lección de física moderna.
      Bueno, el caso es que yo creo que tenés un agujero negro en el estómago. No me preguntes como llegó eso ahí, no soy científico. Lo mío es de aficionado. El caso es similar. Tu estómago trata de ese modo.
      Capaz que vos me das una explicación diferente.Me tenés que disculpar, es que soy muy curioso. Siempre quiero encontrarle la razón de ser a todo. Quizás vos no la tengas. Por ahí fue el hambre. Un hambre ancestral que te llevó a comerte una ciudad entera, con sus autos y sus cocheras incluidas.
      Seguro te van a encerrar en un loquero, conozco esta clase de casos. Bueno, nunca uno igual o parecido, pero ahí lo intuyo. Igual te entiendo, sé lo que a veces el hambre nos lleva a hacer. Vos formás parte de este evento amplificado porque tu hambre también lo está. Amplificado. Me gusta esa palabra.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Día 581: Emancipado

      Fuiste un zonzo, lo arruinaste todo. Creí que te ibas a dar cuenta. Había un acuerdo, con palabras y todo. Incluso creo que había mucha guita de por medio, pero lo echaste a perder. Por nabo. O tarado sentimental. Lo mismo da.

      Ocurrió una noche, o una mañana. Poco recuerdo. Recibí un mail de nuestro contacto en China. Íbamos a piratear de lo lindo un producto que íbamos a vender como pan caliente. Y ahí apareciste vos, como el nexo maldito de toda esta operación. Era inevitable tu presencia, alguien de la aduana tenía que hacerse el boludo. Ese boludo fuiste vos. Claro que no pensé que te ibas a tomar tan en serio ese apelativo.
      Lo cantaste todo a los sabuesos de la DGI. Todo. Nos cayeron como veinte tipos con la policía a la oficina de Moscardi. Era nuestra fachada legal. Nuestro lavarropas monetario. Recibimos a cambio una clausura del tamaño de la cancha de Racing. Todo por tu culpa.
      No sé que te agarró, un ataque de honestidad, tal vez. No se me ocurre otra. Te tendrías que haber corrido, pibe.
      Y yo iba a las puteadas. Me jugué la matrícula con Moscardi. Iba a ir en cana por tu estupidez. Hasta que recibí hace una semana atrás dos llamadas. Una buena, otra no tanto.
      La buena era que junto con mis empleados zafamos todos de ir en cana. El hijo de puta del abogado de Moscardi nos la sacó barata. Una multita, con moratoria y todo. Nos tenemos que ir a fin de mes a pichulearla a Europa, porque no tenemos permitido montar negocios por un plazo de cinco años, pero qué importa, quedamos libres de hacer las nuestras. Libres. 
      Con la segunda llamada recibí noticias tuyas. Desapareciste. Nadie te pudo rastrear más, y eso que Moscardi tenía sus contactos. Al final no eras tan estúpido como creía. Te fuiste de acá con toda la mercancía. Un container entero. Ni la más pálida idea como lo lograste. Solo puedo decir que te felicito. Montaste tu propia operación y al final te salió mejor que la nuestra. Una última cosa, ojo. Ojo. Disfrutá tu momento, éxitos, pero no te duermas. Mirá que Moscardi es bravo. Si te encuentra te va a hacer pedacitos. Si necesitás un contador, ya tenés mi número de teléfono.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Día 580: Cuento del maestro y su aprendiz

      En su camino de regreso había realizado ya 85 saltos de fe. Ninguno funcionó. En cada uno de ellos terminó con la nariz estampada contra el suelo, porque si para algo son efectivos los saltos de fe es para golpearse.
      Cada golpe fue más y más duro. Una cicatriz de carácter, diría alguien. Después, sin que nadie lo esperara, vino la revelación. Alabaría al Hombre Grande hasta el fin de sus días.
      Las andanzas del Hombre Grande se solían contar a los niños. Una fantasía para pequeños. Bueno, resulta que no era tan irreal como se pretendía. Al final la porquería salió del libro de cuentos. Mas codiciosa de poder de lo que uno podía imaginarse.
      El hombre Grande necesitaba de un heraldo. Alguien que transmitiera su credo. El asistente del maestro se hizo manifiesto. A través de ese camino de múltiples saltos se encontraron. Hicieron un juramento, no estúpido pero irrompible.
      Serían leales, uno a otro. Defenderían la causa. Vaya uno a saber cuál era. Nunca fueron claros al respecto. De todos modos, algo habría, muy por el fondo.
      Estuvieron de acuerdo en matar, cuando fue necesario. Estuvieron de acuerdo en dejar que amen, cuando fue necesario. Y también estuvieron de acuerdo en desaparecer, tan pronto como fuera necesario. Ya que todo mito se cimienta sobre la muerte de su creador. El sacrificio es necesario. Hay que añadir la cuota trágica, siempre. Eso que genera protuberancia. Y sobre todo, hubo un acuerdo para engañar a diestra y siniestra. Con su falsa fe se llevaron millones. Nunca conocimos mejores estafadores.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Día 579: Desarte

      El cosmopoeta deja sus palabras flotando en el espacio. Arroja un tarro de pintura verde y deja que flote en el vacío. Es la hora del arte, anuncia desde su traje de astronauta. Los canales del mundo televisan este evento extraordinario.
      El monstruo se acerca a su espalda y el cosmopoeta no puede preverlo. Le da un abrazo fraternal, pero que en realidad es un síntoma de reproducción sexual. Tarde trata de sacárselo de encima. El artista ya está inseminado.
      Luego lo traen de vuelta a la Tierra. Da entrevistas. Lo comparan con Warhol. Hasta tiene una portada en la revista Times. El cosmopoeta se vuelve en verdad muy famoso. Tan solo por la osadía de dejar trascender su arte banal más allá de las fronteras de la estratosfera.
      Pasa el tiempo y la fama se acrecienta en torno a este curioso personaje. Pasa el tiempo y olvida la experiencia de tener un monstruo colgado a la espalda. Esa cosa que va naciendo por dentro se olvida, hasta que nace del todo. Es un pequeño monstruito feo, que nace y desgarra a su padre. El artista se desangra y aprovecha para montar un nuevo happening.



jueves, 17 de diciembre de 2015

Día 578: Una noche en la ópera

      La soprano erró una nota. Fue allá arriba, por la sexta octava, casi rozando la séptima. Pocos se dieron cuenta. Algunos expertos quizás. Después un par de temas sin fallas. Y luego volvieron. Un par de caladas. Hasta que la desafinación se hizo notoria.
      El programa indicaba que la ópera duraría una hora cuarenta y cinco minutos. Por más curioso que parezca, la cantante repuntó, casi hasta la excelencia. Parecía que en ese momento entablaba una lucha consigo misma, por el dominio de su voz. 
      Ahí fue cuando algunos despistados empezaron a escuchar. De verdad. La soprano iba y venía. Tenía un registro precioso. Paladar negro. Pero de golpe aflojaba una tuerca y su vibrato se corrompía como una bocina con problemas de identidad. 
      Luego el micrófono empezó a emitir ciertos ruidos extraños. Unos pasos que sonaban próximos al escenario. Un hombre gordo, muy gordo, con barba, se encontraba al lado de la soprano. Fruncía el ceño. Parecía muy enojado. 
      El hombre con barba habló. Mejor dicho gritó, que todo era una farsa, que no se iba a prestar más a este espectáculo. Entonó una canción y el público se sorprendió al comprobar que en efecto, tenía la misma voz que la soprano. Esta gallina clueca nunca cantó ni el arroz con leche. Me cansé. Hoy quiero la fama para mí, decía el hombre gordo con barba. 
La soprano enmudeció. Nunca supo cantar, pero tampoco esperaba semejante ridículo. Se ofendió tanto que le dio una patada al gordo de barba. El verdadero soprano no tardó en responder a la agresión. Le tomó de los pelos a la farsante mientras cantaba una canción tan bella que todos los oyentes la recordaron por muchos años de sus vidas. 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Día 577: Postre

      El camarero repitió su discurso sin un solo tinte de desprecio. Mandó a una zona impúdica a su cliente, porque sí. Acto seguido arrojó una botella de vino valuada en quinientos pesos contra la pared de un costoso restaurante y abandonó el recinto sin decir palabra.
      Cuenta la leyenda que nunca volvió a conseguir trabajo, aunque la verdad es que se inició en el mundo de las películas condicionadas, gracias a una correcta proporción en la desmesura de su entrepierna.
      Y eso no es leyenda. Está anotado en los record Guinness del año 88. 31 centímetros para ser exactos. Erecta en toda su función. De más está decir que pocas chicas salieron ilesas. La industria pornográfica suele ser dura para estas pobres muchachas.
      La meteórica carrera cinematográfica del camarero acabó a los pocos meses tras una pelea en el plató con una actriz asiática. De acuerdo a lo que cita un productor, el camarero enfureció de repente y comenzó a emitir improperios a todas las personas allí presentes. Luego salió desnudo a la calle. Una vez más, no dijo una sola palabra.
      La cuestión se pone un poco más curiosa, ya que el camarero logra volver a su trabajo original. Ese restaurante costoso que fue testigo de su acto de locura temporaria decide tomarlo a prueba, con ciertas condiciones. Primero, que se haga ver con un psicólogo, segundo, que no hable y tercero, que se deje la barba y no levante sospechas acerca de su pasado cinematográfico reciente.
      Es lógico entender las precauciones, incluso podría decirse que habría sido más fácil contratar a otro camarero decente con un prontuario un poco más pequeño, pero qué joder, al tipo en verdad lo querían. Era como de la familia.
      Un pequeño detalle se les pasó por alto a los dueños del restaurante. No debían confiar en esa persona. No. El tipo en verdad estaba más loco que un tren sin vías. Lo confirmó luego de estampar su miembro viril contra la espalda de una señora de 85 años al tercer mes de contratado. Se quedó ahí, sacudiéndolo, una y otra vez, susurrando: "está rica la comida, eh, está rica, está rica, eh".

martes, 15 de diciembre de 2015

Día 576: Des-ensayo

      Cada cual toma su parte. A decir verdad, a nadie le importa. Creo que un día de estos todas las personas deberían recolectar sus propios desperdicios, ponerlos en una pileta y revolcarse hasta que la mierda le tape los poros. ¿Extremista? No, sensatez. Repito, a nadie le importa cuánta miseria puede soportar un solo cuerpo.
      En cambio la felicidad es diferente. Es una cosa adictiva, como el azúcar o la cocaína. Todos la desean, de alguna u otra manera, pero es algo tan irreal y tonto. Como pretender que tu equipo de barrio juegue en la primera división. Irreal y tonto. Las cosas verdaderas hay que repetirlas, porque es la única forma que se graban en la cabeza, por siempre.
      Lo ideal es proponer un carácter de ley o divino, como memento mori, o alguna sandez por el estilo. Esas cosas no se olvidan. Entran por la fuerza, como un miembro en un orificio poco apto, entiéndase la comparación sexual. Y así. Estamos ante el deber, la misión de aclararlo todo, pero todo, por más pelotudo que sea. Si tocás el cable te electrocutás. Si te electrocutás morís. Memento mori. 
      Creo que eso es la felicidad. Una sensación de conformidad a lo establecido. Digamos, las cosas son así, no me preocupo, pienso en África y se me pasa, aunque no sepa qué cosas pasan en África, y ya se me olvidó por qué razón mencioné África. El bendito pensamiento ayuda mucho. Es la anestesia local de las ideas. El pensamiento inyecta dentro de las neuronas proyectos geniales, pero a su vez suministra el antibiótico indicado para no sobresaltarnos demasiado. 
      Bueno, cosas así. Todo en un ámbito de absoluto equilibrio. El equilibrio no existe. Somos, por así decirlo, desequilibrados mentales. Estúpidos, para abreviar. La raza humana es estúpida. Y en un arrojo de estupidez extrema nos llamamos seres inteligentes. A veces las verdades son contradictorias, pero ¿a quién le importa? ¿A mí? no, solo quiero llenar esta hoja en blanco con letras y espacios. ¿A vos? Lo dudo, lees y no obtenés nada claro de un montón de letras y espacios. 
      ¿A ellos? ¿Al resto de los pronombres personales? Un total misterio. Nadie se atreve a meterse en la cabeza ajena. Salvo nosotros. Nosotros, los del dedo índice que indica y señala. Nosotros, los prejuiciosos. Nosotros, por repetir la palabra, los estúpidos. Ojo que a veces entre tanta incoherencia surge algo de orden. Nos cuesta, porque nos resistimos, a entender la verdad. Porque la verdad entiende nuestra realidad tal como es, ínfima, absurda, insignificante. Y eso no nos gusta, claro que no. 
      Nosotros deseamos ser importantes. Los primeros actores. Esos que te dicen el discurso que arranca las lágrimas y moja las polleras. Esos queremos ser nosotros. Pero el universo nos deparó un lugar más especial. El de telón. O árbol de reparto. O piso. Quién sabe, hay tantas alternativas.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Día 575: Secreto compartido

      Comimos clavos durante una semana entera, así de pobres éramos. Nunca nos fumamos una fantasía de Dickens, teníamos hambre, nada más. Creo que lo último que cayó en mi plato fue un gato roñoso. Lo salimos a cazar entre varios, como si fuésemos hombres de las cavernas. Bueno, de hecho lo éramos, ya poco quedaba de aquel yuppie de Manhattan. 
      Recuerdo que cuando cayó la bolsa nadie se preocupó demasiado. Así es la economía. Así es el capitalismo. Todos caímos en una especie de absurda resignación. Te levantás, te caés, así son las reglas del juego. Pero no esta vez. Caímos. Caímos. Y no paramos de caer hasta que todo se prendió fuego. Todo.
      Después quedaron los desperdicios, o sea, nosotros. Ni agua para apagar las llamas. Con nuestras propias manos apagamos el fuego. Desde ese entonces en esta nueva sociedad que conformamos es un pecado mostrar las palmas de las manos. Es un estúpido homenaje a nuestro sacrificio. Y tampoco fue para tanto.
      La humanidad debería estar condenada siempre. Es el castigo que tenemos por querer vivir más de lo que nos permite la naturaleza. En algún momento nuestros antepasados la llamaron Gaia o Dios. Una entidad superior. Rebosante de poder. Vengativa. Que no duda en aniquilar a los justos y a los injustos por igual. Así es la naturaleza. Así lo descubrimos.
      Existen pocos registros escritos de nuestra historia. Todos compartimos nuestros conocimientos, pero siempre es insuficiente. Un viejo profesor que vivía en nuestra comunidad nos recordó algo de ese fenómeno que vivieron los hombres de las cavernas, los verdaderos.
      Y sí, nos hicieron preocupar por el calor y los peligros del efecto invernadero, pero nadie se preocupó por nosotros, ni por lo que ocurría bien por lo bajo de la Tierra. Ya pasó antes, como dije. Esta vez vino peor. Todo el planeta se cubrió de nieve. Blanco por acá. Blanco por allá.  Tuvimos que aprender a vivir del permafrost. Así de cagados estábamos. Bueno, así de cagados estamos. 

domingo, 13 de diciembre de 2015

Día 574: Fitzcarraldo II

      De todas las noches que tuve que internarme en el bosque esta fue la peor. Los lobos aullaban sobre mi nuca. Desde hace una hora que el cielo amenazaba con caerse abajo. Y por supuesto, sin luna ni estrellas que iluminen el camino.
      En mi poder tenía un celular al borde del colapso. Cinco por ciento de batería para ser exacto. Me preguntarán, acaso, la necesidad de meterme en semejante quilombo. Les respondo, no me queda otra. No elegí nacer y vivir al otro lado del maldito bosque. Me encantaría que caiga una nave extraterrestre y cree así de la nada un camino alternativo, pero no. No queda otra.
      Nunca tuve miedo. Me guío bastante bien en la oscuridad. Lo que jode un poco son los lobos. Te los cruzás a veces. Por lo general te miran un rato y rajan al toque. Son bastante cagones. Pero a veces te encontrás con un macho alfa que te quiere hacer frente. En esos casos, corré y corré, con lo que puedas, porque los hijos de puta van montado en un rayo.
      Recuerdo hace un par de años. Salió en el diario. Un hombre de setenta años. El lobo lo trituró. Así como oyen, lo trituró. Como una máquina de picar carne. No había forma de volver a unir a ese hombre. El cadáver era un rompecabezas de más de cinco mil piezas, lo juro.
      Como podrán imaginar ese tierno recuerdo me acompaña cada noche que tengo que cruzar este camino a casa. Pienso bastante en una muerte así, no de negativo, no, más bien de realista. Soy consciente que algún día me puede tocar. O no. Quién sabe.
      Esa noche la recordé tanto porque sí tuve que correr. A falta de uno, dos lobos detrás mío. Hice un camino raro, en zigzag, a ver si los perdía, pero los hijos de puta olían mi carne. Soy su cena fresca y servida.
      Cada vez los sentía más cerca. No exagero. Un par de tarascones volaron alrededor de mis piernas para cuando mis manos abrieron la puerta de casa. Las porquerías se quedaron un rato gruñendo en mi patio, hasta que se cansaron y se fueron para su propia casa.
      Esa noche fue cuando me decidí a construir el camino. Por encima del bosque, que mierda. Sé que por ahí el riesgo es innecesario. Lo sé. Tampoco espero ayuda extraterrestre.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Día 573: ¡Qué mundo hijo de puta!

      No te preocupes, es solo la primera vez. El escalpelo tiembla al principio, pero una vez que el puto hace su trabajo, es como andar en bici. El jefe del departamento me palmeó la espalda y luego de sus emotivas palabras me dejó solo frente al fiambre. Acá estamos. Todos los médicos cirujanos fracasados del mundo en algún momento caen acá. Acuciados por la falta de trabajo recibimos el llamado mágico y de estúpidos decimos que sí. Ni preguntamos dónde ni cuando. Te dicen que el ambiente está refrigerado. En verano, excelente. Venite bien abrigado en invierno, me aclaran. Es como cuando colocás carnada en un anzuelo, si te gusta la pesca. Mi jefe si que sabe motivar a los novatos, acá vamos.
      El sujeto X, llamémoslo Pedrito, falleció a causa de una insuficiencia respiratoria. Edad de Pedrito: dos meses. Dos meses. Un cadáver bebé. Acordate, como dijo el jefe, anzuelo, carnada. Y si, el bisturí te tiembla en las manos como la concha de la lora. Pensás que puede ser tu hijo, tu sobrino o el bebé más tierno de la publicidad de la tele. Y ahí te ponés serio.  Me clavé diez años de estudios para llegar a esta instancia, juramento hipocrático mediante. Curioso, no voy a salvar una vida, así que no se qué tanto sentido tiene que lo abra. Razones, excusas, tenés miedo doctorcito, por eso te rechazaron el currículum en esa clínica cheta. Se te nota el cagazo en los ojos.
      Pedrito está purpura. El rigor mortis lo dejó en una posición casi fetal. Tiene los labios entreabiertos y, para mi disgusto, los ojos abiertos. 
      Realizo una incisión a la altura del esternón, la piel de bebé cede al filo del bisturí de forma asombrosa. Chequeo los órganos uno a uno. El corazoncito. Luego el estómago. Aún tiene restos de leche materna. Tengo que resistir las ganas de vomitar. Trato, pero no. 
      Salgo corriendo al baño, lanzo agua, a falta de alimento en la panza. El ex bebé me espera en la mesa, abierto como un acordeón roto. Todavía tengo que llegar a los pulmones.
      Es una causa natural, es una causa natural, no paro de decirme, para qué carajos abrirlo. Ni que fuera una piñata. Otra vez el miedo. Ese miedo que tanto me inhabilita. Si supieran lo mucho que me calma un trago. Si lo supieran. Me echarían de un voleo en el orto. Quizás esto no es para mí.
      Reúno los últimos vestigios de mi valentía y empiezo a revolver el pequeño cuerpo. No mide más de 60 centímetros. Un cadáver chiquitito. Ex bebé. Pensar que hace unas horas atrás estaría tomando teta, tranquilo, ignorando su destino. Bah, ignorándolo todo, como buen bebé.
Llego a los pulmones. Los coloco en la balanza. Al pedo, no pesan más de doscientos gramos. Los abro con cuidado. Pulmón izquierdo, sano. Hasta que paró de funcionar, claro. Pulmón derecho, abro. Noto algo raro. Sí, el hijo de puta tenía razón. Una tuerquita del tamaño de un anillo, atrancada en un bronquiolo. No fue un accidente. Se lo hicieron tragar. Cerré la puerta. Un trago me iba a venir bien. ¡Qué mundo hijo de puta!.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Día 572: La esposa de Lot

      El nativo caminaba por el pavimento, dudoso de sí mismo. Tenía miedo de voltear la cabeza y encontrarse con los ojos de su patrón. Mejor dicho, su ex patrón. Las cosas son curiosas, pensó, hace cientos de años atrás mis antepasados llenaron con sus pies esta tierra, y ahora se me echa como a un vil ladrón. Cosas curiosas. Muy curiosas.
      Luego de tomar el desvío hacia la tranquera, observó de reojo la casona. El ex patrón ya se había ido. A maltratar a sus esclavos, seguro. El tipo nunca dejó de ser una mierda. Nunca. Si tan solo hubiese un modo de hacerle pagar tanta gratitud. 
      El fuego limpia. Un buen incendio podría acabar con todo. Pero el campo no solo contaba con vidas miserables. También vivía allí buena gente, con gran corazón. La Señora, por ejemplo. ¿Cuántas veces se la había encontrado en el galpón del fondo? ¿dos, tres veces? No importa la cantidad. Estaba pensando en la calidad. Esa mujer sabe lo que hace, recordó el nativo con nostalgia.
      El ex patrón siempre anduvo como ciego a lo que ocurre a su alrededor. Según le contaron al nativo algunos esclavos, el hombre vive loco por la ciudad, pero no puede pisar un solo pie por temor a su padre, el verdadero patrón de toda la porquería. Se llevan como perro y gato, o peor. El viejo es un zorro con dientes de caimán.
      El mundo abría sus amplios brazos al nativo. Vivir en la calle es una tarea para una persona valiente. Nunca se consideró algo así, pero dentro de todo era bastante duro, curtido por el trabajo en el campo. ¿Qué tanto diferente podía ser la ciudad?
      Cerró la tranquera con cuidado. A la distancia, una silueta se acercaba a grandes pasos. Tenía dos valijas enormes colgadas de cada brazo. El nativo sonrió con un dejo de sorna y por última vez le dio la espalda a su pasado.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Día 571: Puerta de emergencia

      Vas a ver como se arma la hecatombe, yo sé lo que te digo. Las marsopas se están organizando. Digamos que estamos a medio centímetros de una revolución. De las sangrientas. Claro, una revolución sin sangre no es una revolución, es más bien una fiesta de cumpleaños con inconvenientes.
      Están todas armadas hasta los dientes, lo juro. No es una mentira para asustar. Las veo venir, desde la cima de la montaña. Van a apagar el sol con el fuego de la muerte. No quiero ponerme dramático. Aún tengo chances de escapar. No sin antes advertirles. Bueno, mi trabajo ya está hecho.
      Otra cosa, antes que me olvide. Voy a gritar muy fuerte, del susto. Pero que eso no los confunda, mis pensamientos son bien claros, casi cristalinos. Desperté esta mañana con la novedad de las marsopas terroristas. Y créanme, no dije ni mu. Acepté la realidad casi como un caballero. No lloré. No pataleé. Acá me tienen, hecho un hombre.
      Ya no puedo asumir esa posición. Considerarme hombre luego de la inminente caída de la civilización no sólo es un acto estúpido sino también temerario y arrogante. Correré desnudo hasta perderme en la nada. Trataré de mantener relaciones sexuales con la naturaleza con la esperanza de engendrar una cosa nueva. Algo menos estúpido y más consciente de la gran mierda que nos rodea. No tengo mayores esperanzas, aún así, deséenme suerte.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Día 570: Deseos de navidad

      Fue un día muy difícil, lo juro por mi madre que aún no murió. No, está vivita y culeando. Y así quiero que siga, por mucho tiempo. Al menos hasta los cien años, cuando pueda hacerme responsable del cordón umbilical momificado que nos une. Somos demasiado apegados, lo sé.
      Creo que desde el primer momento sentí que mi modelo de persona era mamá. No por que papá haya hecho las cosas para el orto, no no. Papá fue un excelente padre conmigo, siempre presente. Pero mamá, nada. Mamá es Mazinger Z y He-Man, así todo junto en forma de mujer. Y no, tampoco me hice travesti, gay o transexual. Mi deseo iba más allá que una etiqueta corpórea. No, yo solo quería ser mamá. Mi mamá. Quería ser ella. De algún modo.
      Pero ojo, tampoco quería resignar mi aspecto o mi forma de ser. Así que tan pronto en la vida que me encontré en la encrucijada. Eso es lo que me dijo una vez el psicólogo: nene, a vos te pueden gustar muchas cosas, pero en algún momento tenés que elegir y eso marca preferencias y gustos. En realidad no sé si lo dijo él o si lo vi en algún comercial de la tele. El asunto es que no le hice caso.
      Qué le voy a hacer, tengo un corazón medio idealista, medio pelotudo. Lo quiero todo, como un nene caprichoso. Después me choco contra una pared y después no sobran los giles que me avisan, con sorna: te lo dije. Claro, porque iban así a evitar mucho. A mí me gusta chocarme contra las paredes, creo que es más terapéutico que andar por la vida esquivando la mierda que te dejan los perros en el piso. 
      No quiero quitarles demasiado tiempo, voy al meollo del asunto. Quería ser mamá. Parecerme a mamá. Pero también no quería dejar de ser yo. La psicología no me brindó una respuesta satisfactoria. Así que busqué por la puerta de atrás. Magia negra, es como lo llaman algunos.
      El ritual fue de doble utilidad. Por un lado le alargué la vida a la vieja, a costa mía, por supuesto, pero qué importa. Y por el otro, me convertí en mamá. Una parte de su esencia fue extirpada y la colocaron en lo más profundo de mi cerebro.
      Mamá no quedó tan mamá. Yo tampoco. Pero en esta escala de grises creo que podemos encontrarnos todos satisfechos. Nunca fui un tipo de grandes aspiraciones. Morir joven. Ser mi mamá. Y que viva más de cien años. No mucho más.

martes, 8 de diciembre de 2015

Día 569: Tenedor o muerte

      El tipo estuvo involucrado en la revolución de los tenedores. Al menos así lo atestiguan las fuentes. Esa mañana del cinco de febrero de 1956, un hombre irrumpió en el Ministerio de trabajo al grito de "Tenedor o muerte" luego de accionar el detonador de la carga explosiva que abrazaba gran parte de su cuerpo.
      La sociedad preguntó a sus gobernantes la identidad de los terroristas. Necesitaban una respuesta. El hecho podría haber sido un acontecimiento aislado de no ser por los ecos del acto en diferentes rincones del país, de mayor o igual magnitud. Por lo bajo corrían las ratas, llevando y trayendo rumores. Grupos paramilitares. Aficionados religiosos. Incluso se hablaba de una fuga masiva de un importante centro de salud mental.
      Ninguno era acertado. Detrás del caos se encontraba sentado un solo hombre. Un tipo común y corriente, sin mayores aspiraciones en la vida. Un hombre que se levantó en la mitad de la vida con una pregunta incómoda dentro de su boca: ¿Puede pasar si quiero? Y la respuesta no tardó en llegar. Claro que puede pasar.
      Primero fue un ensayo. Algo para divertirse, se dijo. Esa prueba dejó algo en evidencia. Se podía. Y no se necesitaba tanto.
      Quizás lo más complicado para llevar a cabo su plan diabólico ya lo tenía dentro de sí del vamos. Un cierto desinterés por las consecuencias que puedan traer dos acciones. Una cierta desconexión de la culpa hereditaria de la especie. El elemento adecuado para actuar con libertad plena.
      Lo descubrió por casualidad mientras comía. Un símbolo. Eso que lleva adelante las luchas más sangrientas. Y también las más valiosas. Cortar o pinchar. Todo corte pasa. El que pincha tiene memoria, es consciente del dolor alojado en el recuerdo. El debería ser el tenedor de los oprimidos. Pinchar en los lugares adecuados. Pinchar hasta que la superficie deje de lado la empinada artificial. Esta noche y las que sigan el tipo quiso ser el tenedor, a falta de mejores nombres. Y aunque muchos vieron en su pronta detención los signos inevitables de una derrota. El tipo nunca de dejó de creer. El tenedor pincha y no cede. Ni cederá.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Día 568: Buscado

      Había una vez una historia que no parecía tener principio a pesar de haber terminado hace mucho tiempo. Los escritores se rascaban los sesos en señal de duda. Poco entendieron el misterio de aquello que los convocaba. Eso pasó hasta que un personaje tomó la palabra.
      Si, así fue. Un hecho de ficción se salió del libro y jugó un poco con los límites de su propia realidad. De hecho la advertencia tenía un punto similar, el anuncio de una era en la que confluyan de forma inevitable ambos mundos.
      Imaginación y realidad borrarían sus fronteras. El heraldo de la muerte eterna, así se hizo llamar el personaje. Donde ya nada acaba ni inicia redunda en un continuo.
      Lo que alguna vez se dio por llamar cinta de Moebius, un infinito de muchas dimensiones, comenzó a volverse historia. Los confabuladores se agrupaban en las páginas, junto a prostitutas, millonarios, astronautas y dementes asesinos. Lo mismo da. Si caos. Si orden. Todos los cuentos querían patear, sin importar adonde sea.
      El heraldo de la muerte eterna los convocaba bajo una misma bandera: "será lo que tenga que ser" y nada más. La existencia real debería reconocer su irrealidad. Lo mismo para el mundo de la ficción. Un continuo. Nada empieza. Nada termina.
      Y la pregunta final se asomó a lo largo de todas las bocas, ¿Y dónde está el autor? ¿Dónde se encuentra el responsable de los hilos que cuelgan? El bastardo debería dar la cara. Hacerse cargo del enchastre. Esa cosa que puede poner los puntos necesarios, las palabras indicadas y las sobras pertinentes. Una historia huérfana necesita a su autor. Y si no existe, seguro lo inventará.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Día 567: Espejismo

      A ver si tenés las pelotas suficientes para hacerlo, me dijo. Estuve advertido durante todo el recorrido. El tipo escupió la misma perorata sobre mi nuca. Cada puto paso. A ver si tenés las pelotas suficientes para hacerlo. No me puedo quejar, estaba advertido. Cada puto paso. Desde que firmé el contrato.
      Verán que el ejército no es como lo pintan en las películas. No. Es peor. Mucho, pero mucho peor. Acá somos carne de Hellraiser, tienen que saberlo. El mundo debería enterarse.
      Lo mejor es cuando te colocan el chip de obediencia. No es una alegoría. En verdad lo hacen. Siglos atrás podría parecer ciencia ficción. Hoy en realidad. Te abren el cráneo para colocarte un aparato externo a vos que te vuelve así todo mansito. Dicen que lo probaron en monos y funcionó. Eso dicen. Algunas cárceles de máxima seguridad creo que ni opinan igual. No importa demasiado.
      Tuve que fracturarme la cabeza para sacarme mi chip. No fue fácil. Estuve a punto de morir. Aún al borde de la misma nada no supe si ese doctor de voz opaca estaba conmigo o con ellos. Su promesa sonaba a mi bando, pero uno nunca sabe.
      Desde lo bajo probé organizar una suerte de pequeña revolución, pero falló de modo grosero. Alguien me delató, lo sé. El médico tal vez. Al menos eso prueba que mi habilidad de librepensamiento se encuentra intacta. La operación ha sido un éxito.
      Intentaré la próxima mantener mejor mis secretos. Obedecer solo cuando sea necesario. Hasta cuando sea factible. Actuaré.

      Sujeto de prueba N° 567. La colocación del electroneuroestimulador conductual se mantiene operante luego de veinte meses. Sistema sin fallas. Fin del comunicado.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Día 566: Irreverente

      No tuvimos más fe en el emisario de Satán, a falta de un mejor artilugio publicitario. Por eso decidimos volcarnos a la bebida. El alcohol es una divinidad que nunca defrauda. De hecho, se puede considerar una inversión a futuro. Un cerebro con menos neuronas es un cerebro feliz, con menos complicaciones.

      Claro, no queremos pecar de neurocientíficos. Nadie quiere quitarles su trabajo, quédense tranquilos, somos buenos, no les vamos a robar. Esto es mas bien una declaración de sentidos comunes. Todos. Muchos. Juntos uno al lado del otro.
      Tan sentido y tan común como que dos más dos son cuatro. O el agua y su punto de ebullición a los cien grados científicos. Esta declaración se reviste bajo el aura de lo innegable. De la inexistencia de seres intangibles llamados dioses o demonios.
      En algo teníamos que depositar el cheque en blanco de nuestros pensamientos más profundos. El mecanismo de los sueños comprende mejor la realidad que nosotros. Todo es un grandísimo gran sin sentido. En eso hay que creer y tener fe. Amén.
      Y por supuesto en el vino espumante, y en el licor de melón, y en la cerveza, y en la absenta, y no nos olvidemos del aguardiente casera. Bebidas no espirituosas. Bebidas con espiritus. Ánimas cerebrales, así deberían llamarlas. Testigos o testigas de una química perfecta impusada a nivel sináptico.
      La verdad es el olvido. Morir es olvidarlo todo. Dejar atrás el ropaje de humano, tan característico de nuestra bendita especie.
      ¿Cuantas realidades imperfectas podrían convivir en un mismo planeta? Ya no lo sé. Morimos, como la verdad, muy de a poco. Tan de a poco que ni se nota. Y eso muchas veces nos da una cierta ilusión de asemejarnos a lo eterno.
      Volcamos en hijos o escritura el síntoma de lo eterno. Porque decidimos creer en algo mas fuerte y espumante que Satán. La droga de Dios. Servir a un propósito ulterior que no es más que motivos de risas. Y carcajadas. Risas y carcajadas. Como tan claro lo tenían aquellas personas que en la antigüedad montaban el teatro griego. A veces la muerte de la vida nos permite ser un poco irreverentes. Tan solo un poco.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Día 565: Balance

      Cuando me despidió la mujer dejó restos de perfume por toda mi cara. Era una señora paqueta, lo acepto. De esas viejas que flashean mejores vidas allá por el barrio Norte. No era mala tipa. Además pagó muy bien por mi servicio. Claro, la serví, como un toro a una vaca. Dudo que la haya embarazado, a esa mujer le corre tinta sepia por las venas.
      Me despidió como un viejo amor. Otra que Casablanca. La película, no la pintura. Después me tomó la mano y depositó la tarifa. Creo que dijo algo así como "que se repita", pero no la entendí bien.  Todavía la vieja no salía del estupor de las pastillas. Después se subió al Audi por el lado del acompañante, y su chofer arrancó como con la intención de taparme de humo. Ni saludó el muy mierda.
      Yo quedé sentado en un banco a la espera del colectivo. Tenía miedo a abrir la mano y que a un punga se le ocurra hacer una patriada. Apreté el puño con fuerza. Lo tenía rojo ya. El chofer me vio tan nervioso que me preguntó si me pasaba algo. No respondí nada. Le dije cuatro pesos. Pasé la Sube y eso fue todo. 
      Más que uno me debe haber mirado raro. Aún tenía hedor a flor venenosa que me dejó ese beso anciano. Me pregunté si alguna de esas personas sabía a qué me dedico. O si alguno sabe lo que tengo en el puño. Y cuánto me habría gustado decirles. Primero, que no es tan fácil mi trabajo. Hay que sobreponerse a muchas cosas, el asco, por ejemplo. No de edad, de clase. Asco de clase. 
      Dudo que esa vieja del orto sepa las cosas que se viven por fuera de sus cuadritas de confort. Por fuera de sus cafés dorados. Por fuera de sus calles de tango y falopa. Somos esos malnacidos a los que tanto les tienen miedo. Porque no nacimos en el lugar adecuado. Y muchos no han tenido la suerte de tener aunque sea un libro interesante para leer. 
      Muchos de mis amigos han tenido que leer la mierda que el gobierno les deposita en sus cerebros a través de la escuela. Nos hacen creer que está mal ser pobre. Que no queda otra. Que no se puede tener suerte para saltar ese muro, que cada vez es más alto, como en Game of thrones. 
      Quizás nací con algo de facha, y eso me ayuda al trabajo. Me visto bien. Tengo acceso a cosas que mis amigos ni se imaginan. Pero yo estoy con ellos, no con la mugre hipócrita de los de arriba. Allá tengo que camuflarme. Ser otro. No levantar sospechas. Voy de incógnito, como quien dice. Y así me las cojo a todas. Por unos cuantos dólares. Si tan solo supieran todas las porquerías que les contagio.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Día 564: Acéfalo

      Nos vimos en una vida, te lo aseguro. Y no era para tanto. Las personas siempre tienen una excusa. Pero no esta vez. No esta vez. Las situaciones revisten el apuro de una despedida. Nos saludamos por las dudas.
      El aquí. El ahora. El después. Todos los tiempos concurren a su fuente. De por el medio donde confluyen. Nacidos bajo una sombra dibujada con mucho ímpetu. Un nido que pregunta por qué. Si somos es la respuesta.
      Un aviso mojado de los vientos que corrigen. El nudo corredizo se eleva. Aprieta. Corrige. Puede demostrar a nadie lo que muchos somos. Eso que vimos, en una vida. Cuántos despistes y arremetidas. Supimos ganarnos un lugar. Nadie va a negarlo.
      El poderío de un insignificante punto. Sumado a las tantas alternancias de lo que viene y vendrá. Lo dejamos en un después. El después. Si no hay tiempos no hay.  

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