sábado, 31 de enero de 2015

Día 258: La otra historia de la imprenta

      Dicen que mucho tiempo antes de imprimir la Biblia de 42 líneas Johannes Gutenberg tenía otro trabajo en mente. En concreto se trataba de un compendio repleto de dibujos sugerentes o, como lo llamamos en nuestros días, una revista pornográfica.
      En aquel entonces Gutenberg estaba quebrado, sin un solo centavo en los bolsillos. Refaccionar la vieja prensa de uva había consumido todos sus recursos. Los prestamistas más conocidos de Maguncia desconfiaban de su empresa. Solo podía aprovecharse del idiota de Fust, un usurero de poca monta con cierto renombre, dudoso para algunos.
      Un contrato de palabra se celebró entre el inventor y el prestamista. Bebieron cerveza hasta que sus mejillas enrojecieron y, curiosamente, fue Gutenberg quien pagó las copas. Sin explicar mucho los fines explícitos de su proyecto, Gutenberg le aseguró a Fust que su inventó los llenaría de florines a ambos. Tan solo necesitaba una mínima inversión. Perfecto, dijo Fust. Ochocientos florines de adelanto, eso más los intereses administrativos, claro, sonrió el prestamista. Pase la semana que viene por mi despacho y firmaremos el contrato.
      Fust estaba a punto de retirarse. Se encontró algo mareado por la bebida. Gutenberg lo detuvo. Le mostraba los diez dedos de las manos. No entiendo, dijo Fust. Cien florines. Necesito cien florines ahora. Entre amigos, guiñó el ojo Gutenberg. ¡Qué va! resopló Fust, mientras dejaba caer sobre la mesa una bolsita con el pedido. Lo sumaremos a los intereses de la próxima impresión. ¿Biblias, no? Biblias, así es, señor.
      Con la máquina a punto y los rollos de papel en su poder, Gutenberg visitó un par de casas. Le pagaría diez florines a cada una de sus primas, en total cinco mujeres. Veinte florines para el ilustrador. Y el resto para poner en funcionamiento la maquinaria y contratar a un operario. Así fue como se montó el primer set pornográfico de la historia.
      El establo de la familia Schöffer sirvió de escenografía. La idea había surgido de Peter, quien ignoraba lo que estaba por venir. Como era calígrafo de profesión y tenía una estrecha relación con su tío Johann Fust, éste le había encargado la supervisión de los trabajos de Gutenberg. Un prestamista debe saber adonde deja su dinero, sobrino.
      Como para alimentar su consternación, Schöffer se encontró sin previo aviso con cinco mujeres desnudas. Esperaba conocer la máquina de la que tanto le había hablado su tío. Esto es diferente, pensó. Gutenberg saludó a Schöffer con un ademán de cabeza. Peter habló: "¡esto es inadmisible, usted es un hereje! Cuando se entere el señor Fust va a tener que dar una buena explicación".
      Gutenberg se acercó a Schöffer, le explicó un poco de qué se trataba su proyecto. A su vez, como quien no quiere la cosa, le comentó que necesitaba un modelo masculino.
      No se conservan testimonios de lo ocurrido aquella noche. Dicen que fue una orgía de primera, con alcohol y dibujos de por medio. Gutenberg trabajó toda la noche en compañía de Schöffer, ambos borrachos como una cuba. El protopasquín, un manifiesto a la obscenidad de dos hojas, circuló por todo Magunto. Fue producto de múltiples comentarios y sendas masturbaciones. Aunque hoy nos parezca increíble, la primera impresión circuló por muchos siglos en Alemania por fuera del radar del Index católico.

viernes, 30 de enero de 2015

Día 257: Negocios arriesgados

      En un océano venden cosas usadas. Montaron el negocio con toda la parafernalia habida y por haber. Los dueños están locos. Claro, un asunto de millonario. Para los pobres diablos que miran de abajo, el instinto de los magnates para los negocios es algo que vuela fuera de su radar, como los kamikazes sobre el Pacífico.
      Pensaban hacerse (más) ricos con el paso de los cruceros, pero la mala fortuna los cruzó con el vórtice de un huracán. La zona del poco próspero negocio quedó inmovilizada. Hasta el posnet dejó de funcionar. ¿Cómo venderían sus productos sin una bendita tarjeta de crédito? Nadie salía al océano con dinero en el bolsillo. De hecho nadie salía al océano.
      Todos se preguntaban, ¿qué hacen ahí? ¿venderán drogas? ¿es una fachada para extraer petróleo o vaya a saber qué del fondo del océano? Muchos interrogantes sin respuesta. La firma estaba a nombre de un tal Nicasio Villegas, un nombre ficticio que no figura en ningún libro contable del universo como poseedor de un negocio en el medio de la nada con agua.
      Don Nicasio, como le gustaba que lo llamaran, preparaba todas las mañanas unos alfajores caseros. En verano se van a vender como ametralladoras, decía. Nadie quería contradecirlo. En su familia no se animaban a sacarlo de su nube empresarial. Así que lo dejaban contento con sus alfajores, que se ponían verdes a medida que pasaban las semanas sin grandes visitas.
      Es cierto, cada dos o tres meses pasaba un buque pesquero. La señora de don Nicasio creía que era la misma embarcación. Compraba un par de tornillos y algún que otro fuentón para que los tripulantes se lavaran los pies. Minucias que engolosinaban los anhelos corporativos de don Nicasio. El millonario se imaginaba una Tierra repleta de sus franquicias. Almacén de rubros generales don Nicasio en la Antártida, en el Ártico y el Mar Muerto.
      Pocas personas sobre la Tierra eran capaces de contrarrestar tamaña dinámica para la inutilidad. Cuando la noticia le llegaba a unos cuantos curiosos respecto al destino de Don Nicasio, se preguntaban cómo había hecho para amasijar su fortuna y vivir en la indolencia comercial por el resto de su vida.
      Contra todo pronóstico, el negocio de Don Nicasio no solo prosperó, sino que atrajo a múltiples inversores dispuestos a volcar su capital en tal extraño emprendimiento. También, contra todo pronóstico, Nicasio se negó en forma rotunda a vender su puesto,
      Así fue como entre tanta locura capitalista nació una razón sensata. Los inversores, enojados ante la negativa de don Nicasio, decidieron colocar a unos metros de su negocio un nuevo almacén de rubros generales. Le ganarían de mano a Nicasio, venderían sus productos más baratos, y así atraerían a todos los clientes... al barco pesquero. 
      Una batalla sin cuarteles se libró en el medio del océano. Los precios bajaban y bajaban, hasta que la situación se hizo insostenible. La materia prima excedía con creces su valor y las magras ganancias imposibilitaban la compra de nuevos productos.
      Dicen que el océano volvió a estar en paz. El capitalismo armó sus valijas y volvió a explotar en sistema en terrenos más conocidos por el ser humano. Mientras tanto, una bandada de pingüinos decidió montar su base de operaciones en las antiguas instalaciones del negocio de don Nicasio. Al parecer piensan levantar una fábrica de procesado de pescados. 

jueves, 29 de enero de 2015

Día 256: Punici

      Comía con despectivo apetito. No le importaba reventar. Deglutiría cada alimento hasta que las estrellas dejen de brillar. Los hombres buscan morir en su ley, así están hechas las cosas. Un banquete en Cartago para llorar las penas de la ciudad perdida.
      Los romanos fueron invitados a comer sobre las ruinas. Honrarían así las palabras de Catón. Tomaron el vino y juraron por sobre los cuerpos de miles de cartagineses que lucharían por la libertad del pueblo vencido. Escipión podría irse a lavar los platos.
      De este modo nació una pequeña insurrección de cinco mil soldados romanos a finales de la tercera guerra púnica. El grupo montaría campamento en las afueras de la ciudad, cerca del Mediterráneo. La estrategia sería simple. Un par de excursiones relámpagos como para debilitar la guardia del muro. Luego verían la forma de encontrar sobrevivientes, si es que ha quedado alguno, liberar a los esclavos y quizás sumar algún que otro romano más a su causa. 
      Al carajo la diplomacia. Cartago era su lucha, nadie les iba a quitar la gloria en el final, después de tantos penares. Elevarían de los escombros una nueva Roma, una Cartago suprema. El general Pluvio soñaba despierto. Imaginaba, luego del éxito de su invasión, un cinturón a lo largo de todo el mar Mediterráneo. Controlarían el comercio por las aguas. 
      Las cosas no resultaron tan bien. Es verdad que no tuvieron mucha resistencia para entrar a los restos de Cartago. El puesto de vigilancia tenía pocos legionarios a cargo. En la ciudad la situación era diferente. Al menos dos cohortes de más de diez mil soldados esperaban a Pluvio y sus muchachos. El romano maldijo en voz alta a Júpiter y todos los demases dioses del Olimpo. Lo habían delatado, era obvio. Unos desertores de los desertores, pensó. Menudos indecisos. 
      Así fue como Cartago cedió, en definitiva, ante el Imperio romano. El general Pluvio y sus soldados fueron juzgados ese mismo día al caer el sol. Una pira fue montada aquella noche, adonde arrojaron los cuerpos de los traidores del César hacía su última morada.

miércoles, 28 de enero de 2015

Día 255: El vigía

       En el espacio la soledad impera. Los ruidos más notorios se acercan al silencio. Ni siquiera la fusión de los propulsores o el motor de la nave hacen el más pequeño ruido. El viaje más largo de la vida. Ser astronauta era una mierda, pensaba Johnson.
       Como viajar al campo, pero sin campo. La frontera donde acababa el cielo y empezaba el espacio era todo negro. Las estrellas desaparecían a la velocidad con que se manejaba la nave. Cada doscientos días podía divisar Marte. Una roca inerte de color roja, nada más. A las dos horas desaparecía de su vista y la nave proseguía su órbita.
       El relevo del capitán Johnson llegaría dentro de un año. Le quedaban 365 días más para escarbar en lo más profundo del desamparo. Nada por aquí, nada por allá. Culpen a las altas esferas. Sí, cúlpenlos. Ellos con su locura del contacto con otras civilizaciones interestelares. El primer contacto, claro. Todo el puto crédito a su agencia.
       Acá estaba Johnson, al borde de la misma nada. El vigilia al fin del universo. Los extraterrestres aún no asomaban. De hecho parecían no existir. En esos días ganaba el hastío. Cansado de la baja gravedad, podrido de la comida deshidratada, harto de los informes vacíos que le exigían a diario. La nada. Una nave vigilante de una gran nada. 
       La cosa cambió cuando empezó a recibir las señales de radio. Así del cero total surgieron las posibilidades de un contacto alienígena. Johnson trabajó mucho para ultimar los detalles del contacto. La fuente emisora de las señales se acercaba cada vez más rápido. 
       El día más importante de su vida llegó. Al fin tendría algo de trabajo, luego de meses vagando en la nada misma. La escotilla se abrió. Unos seres caminaban hacia dentro de la nave. Uno de ellos se quitó el casco. Reía a más no poder.
       El reemplazo de Johnson había llegado antes de tiempo, y esta era su pequeña broma de bienvenida. Al hombre no le hizo la menor gracia. De hecho le dio la espalda y se condujo hacia el interior de la nave sin dar cuenta del saludo del nuevo astronauta.
       Al diablo, mierda, me voy. Adonde sea. Aceleró los controles de la nave y marchó sin esperar. El acople con el nuevo módulo de su reemplazo no se produjo. De hecho el hombre quedó en la mitad del espacio, segundos antes de explotar en cientos de pedacitos. 
       Johnson marcó las coordenadas del impacto. Caería sobre la Tierra como un meteorito. Destrozaría lo que se cruce por su camino. Así ocurrió. Tan cegado en destruirse estuvo que no se percató de un pequeño ser colgado de la cola de la nave. El extraterrestre se haría polvo, junto con Johnson, al entrar a la atmósfera terrestre.  


martes, 27 de enero de 2015

Día 254: Dante

      Revertir el proceso. Un fenómeno al revés del mundo, como un pullover puesto del lado equivocado. Contra la marea ahogada las nociones de la vuelta. Los ecos de un sonajero, pañales en las sombras, algo que se mueve, algo que es. 
      Denegar el acceso. Iniciar el código de autodestrucción. La secuencia se activa. Las marmotas se arrastran por la alfombra, incitan al amor de cama, eso que hacen los adultos unos arriba de otros. Vuela la pólvora de los misiles, se cuela entre los huecos. En la muerte nace la vida.
      Un suceso inequívoco. Inevitable. Va a la velocidad que quiere, así tan rápido como lento, a su propio tiempo. El universo es menos obvio, las cosas menos se esperan. Sucede. Aplica. El volumen nace y atora. Gana un sonido de grito hasta que aturde. 
      Una pelota de goma rebota contra una pared blanca. Manchas rojas y agujeros. Una espina entre las grietas. Un muñeco. Respira, es y no es. Un juego que deja de serlo. La intriga. Una película francesa. Ese misterio lento y opaco con colores como de vida. Nacen, los bebés nacen, así salen de sus tumbas.
      Salen de los agujeros para llorar cosas inesperadas, para cagarse los culos y llenar las habitaciones con sus olores a caca, pis y bebé. Los bebés nacen, de a muchos. Son como un ejército inescrutable de pendencieros sin dientes. Quieren absorberlo todo, como súcubos sin pensamientos. 
      Cambian todos los colores, son enemigos del arco iris. Reprimen las realidades. Una nueva verdad nace, como el bebé, entre el aire, entre el olor a caca y pis. Una nueva verdad que dice quiero. Una nueva verdad que dice sufro, ansío y temo.

lunes, 26 de enero de 2015

Día 253: Servir al propósito

      A la noche dinamitaron el puente. Las últimas comunicaciones con el mundo exterior. Adiós. El mundo enfrentaba el fin. Esa cosa fea destrozaría todo, no había dudas.
      Los generales alentaban nuevos ataques sobre el monstruo. Ciertas ilusiones anunciaban una victoria inminente. Aunque las personas preferían ser más cautas. Quedaban encerradas en sus casas, temblando, mientras rezan al dios desconocido para que les salve una vez más sus culos anónimos.
      El estado de sitio operó a partir del tercer día. No obedecer al orden de catástrofe imperante era igual a declarar una temprana sentencia de muerte. Las personas lo pensaban dos veces antes de iniciar una revuelta heroica. Además estaba todo el asunto del monstruo.
      Al bicho no le importaba demasiado las tonterías de los humanos. La cosa solo quería destruir, a lo sumo comerse alguna cebra del zoológico. Su ecosistema natural era el desastre. El monstruo no sabe vivir de la paz y la tranquilidad.
      Un último intento antes de lo esperado. La bomba nuclear sobrevoló por la cabeza del monstruo. Le hizo un poco de cosquillas en la oreja derecha y luego cayó sobre un departamento de unos veinte pisos. Los rastros del hongo se vieron desde la luna. La ciudad ahora era una gran obra de arte conceptual. Acero retorcido, casas en llamas, pilas de escombros, huesos, mares de sangre. Nada que delate un signo de vida.
      El monstruo contempló los restos de la ciudad y suspiró. Los seres humanos habían extirpado de la faz del universo su propósito en la vida. Ahora era una simple cosa inservible sentada en una tumba de fuego. Pensó en matarse, pero recordó con torpeza que había nacido para vivir por siempre, y así quedó, varado en una ciudad desierta y radioactiva hasta el fin de los tiempos.

domingo, 25 de enero de 2015

Día 252: El todo-hombre

      Las luces de las linternas se entrecruzaban. Indagaban en la oscuridad la identidad del prófugo. Aquella noche traspasó las rejas por debajo de la tierra. Ahora era un hombre buscado. Un loco más. Bah, no un loco cualquiera. El tipo tenía ciertos delirios de científico, incluso había trabajado en el proyecto del colisionador de hadrones, si esa historia es verdad.
      Se escapó con un tacho de basura, una cosa muy extraña. Algunas personas dentro del pabellón psiquiátrico aseguraban que algo experimentaba, a pesar del buen comportamiento en los últimos meses de encierro. No creo que sea peligroso mi hijo, aseguraba papá Coniglio, más bien lo considero un imbécil, eso si. Mamá Coniglio a veces olvidaba que tenía hijos. El amor de familia siempre presente.
      Consciente de su libertad forzada y seguro de que lo estarían buscando, el doctor Coniglio se instaló en su viejo departamento. El lugar estaba igual a como lo había dejado hace 17 años atrás, o casi. Las medias sobre el microondas, los pedazos de pizza (ya verdes) en el techo, la feta de jamón (ya podrida) pegada al televisor de catorce pulgadas blanco y negro, el canasto lleno de ropa (más) sucia tirado sobre una mesa ratona agrietada, más humedad, un ratón muerto, dos esqueletos de gatos, una montaña de bola de pelos (de gato), y claro, Arjona seguía sonando de fondo. Estoy en casa, se dijo contento el doctor Coniglio.
      Depositó el alambique sobre la mesada de la cocina. Desde su huida, el homúnculo había crecido unos meritorios tres centímetros de alto. Ahora parecía un pitufo atiborrado de glándulas de crecimiento. De acuerdo a sus cálculos, dentro de 42 días su pequeña creación alcanzaría el tamaño de un ser humano (enano). El doctor Coniglio era optimista que para el día 57, el homúnculo haya superado todo complejo respecto a su altura. 
      Pasaron los meses y el muchacho creció, creció y no paró de crecer. Para cuando llegó a los tres metros de alto, el doctor Coniglio consideró la posibilidad de volver al garaje de sus padres.
      Claro que papá Coniglio hizo su mejor imitación de Gandalf con un: ¡NO PASARÁS! Así es como el doctor Coniglio quedó en la calle con un gigante de casi cuatro metros de alto a la cual la gente ya comenzaba a ver con algo de desconfianza. 
      No pasó mucho tiempo más hasta que el gigante comenzó a tener hambre. Las hamburguesas y la cerveza ya no lo llenaban. Necesitaba comer algo más... substancioso. La dieta homínida le trajo más problemas al Doctor Coniglio. Podía ser un loco, tener un gigante de mascota, pero dejarlo en la calle y que se coma a cualquier transeúnte así como así, eso traspasaba las fronteras del decoro. 
      Cuando el gigante superó los seis metros, ya estaba fuera de control. Con todo el poder de persuasión a su lado, el doctor Coniglio convenció a su gran homúnculo de vivir en una isla desierta y comer lo que la naturaleza les brinde. No fue la mejor idea, el gigante no logró superar su hambre y se comió al pobre doctor Coniglio de un solo bocado.

sábado, 24 de enero de 2015

Día 251: Óxido de nitrógeno

      Al hombre más gracioso del mundo no le hace gracia nada. Nada. Ni una chota. Es un sarcófago viviente. A veces le gustaría aunque sea sonreir. Pero la vida, el universo y todo lo demás es una cosa demasiada pálida y sobrecogedora como para tomársela a chiste. En cambio a la gente sí le parece gracioso.
      Cuenta las cosas de un modo divertido, dicen los que lo escuchan. El hombre no entiende de rutinas, su cara es un mosaico, una escultura, una réplica de Buster Keaton. Sabe que hace estas cosas de pasar verguenza tan solo para vivir un poco más escueto a fin de mes. La paga es buena, aunque no entienda por qué se ríen. 
      Hace poco descubrió que a las personas le gusta que le digan la verdad. Viven entre tantas mentiras que cuando alguien les dice una verdad, se mean de la risa. Es la verdad. Un meteorito va a acabar con todos nosotros pronto, vamos a volar en mil pedazos. El páncreas de una abuela va a colgar de aquel monumento. El hombre se toma la cabeza y hace un gesto de catástrofe, si es que algo así existe. Las señoras gordas y fofas rien a más no poder. Ese flacucho es un paranoico. Me hace acordar a Woody Allen, pero con más problemas. 
      Gracias a la fama que obtuvo a partir de su espectáculo de profecías apocalípticas, la gente comenzó a conocerlo con el nombre de Casandro. Mientras tanto, a un par de años luz, un meteorito se acercaba de modo peligroso a la Tierra. Se había materializado casi de la nada. El agujero negro había hecho bien su labor.
      Casandro volvía a retomar, entre las risas del público, el asunto del meteorito. Estaba seguro que los peces dinosaurios del gobierno lo saben. Y están escondidos bajo tierra. Con sus mujeres y sus niños. Abajo, ¡Como topos! Casandro levantaba la voz y la nuez hacía un efecto gracioso por debajo de su tráquea. Los hombres se desplomaban en un frenesí de carcajadas. 
      No era gracioso, en realidad era triste, en un par de semanas todos iban a morir. Pero para qué negarlo. Le gustaba el negocio del espectáculo. Moriría como una buena prostituta, con las piernas abiertas al mundo que le dio de comer.

viernes, 23 de enero de 2015

Día 250: Lluvias de Enero

      En algún lugar dejaron amontonados a todos los muertos. Ahora huelen feo. Es como una caca que no se va. Queda flotando en el inodoro, inerte, ajena a su destino. Creen que es un juego de ultratumba. Un trabalenguas difícil, esos que te matan.
      Un fuelle acobardado suena por el camino. Es una marcha fúnebre. Van a enterrar a los muertos. Los hombres prometen furia, prometen revolución, prometen espanto. Mientra tanto las viejas sueñan. Perciben el rocío y se regodean en sus cuerpos arrugados. Se cortaron las uñas. Se ponen coquetas.
      Un lápiz de labio con forma de bala atraviesa todos los cráneos. Así es el amor, dicen. La estampida mata todo lo que pisa. No razonan. No saben que es un señuelo. En un maremoto de pitos las voces estallan. Quieren el sexo, quieren derrocar lo que venga.
      Un pitufo feo patea a los muertos. Desea despertarlos de su descanso alargado. Un momento vertical de vida apagado por y para siempre. El pitufo feo sabe lo que los muertos callan con sus bocas muertas. Les adivina sus oscuras intenciones. Sabe que todavía pueden coger, acá y cuando quieran.
      En la muerte de una pequeña muerte bien muerta yace un orgasmo. Se abalanza un garzo supradimensional sobre la multitud. Muertos que sueñan lindo cosas feas, como el pitufo. Conforme a sus destinos aviesos, los muertos lloran hasta mojarlo todo.
      Es una lluvia de lágrimas con olor a muerto. Cae sobre el piso y lo agujerea. Es como una lluvia cargada de espermatozoides zombies que caen sobre la boca o los culos de las personas. La lluvia no razona. Los muertos tampoco. Así se ven las cosas cuando uno está al reparo.

jueves, 22 de enero de 2015

Día 249: Momentos de un gato

      El gato maúlla y se arroja sobre la cama. Es el dueño de la pieza. Está viejo y por sobre todo algo excedido de peso. Hace un par de semanas descubrió un espejo en el cual se queda horas contemplando su esbelta figura antes de quedarse dormido. Bello, bello eres, suspira el gato viejo.
      Está por morir, lo sabe. No bajo la violencia del humano, está claro. El peso de la naturaleza ejerce su inercia. Todavía recuerda cuando era apenas un gatito de orejas puntiagudas. Le gustaba tomar leche del plato. Cada tanto mataba algún que otro ratón. Los viejos tiempos. Todavía los humanos con los que vivía ignoraban que iba a ser un bello gato fofo.
      Se estiró sobre la cama y se afiló las uñas. Espera el peligro, lo presiente. El humano puede ser persuasivo cuando lo desea, pero cuando de su espacio se trata, es una fiera más que despiadada. No abandonaría esa cama. Moriré de hambre y dejaré mi cadáver en este lugar, sin importar lo que venga, razonaba el gato.
      También la edad te vuelve un viejo trastornado. Hay que respetar los deseos del faraón, por más descabellados que sean. Así es como lo vive un gato, mientras respira sus últimos momentos en la Tierra. Sabe que su cuerpo pronto adobará la hierba. Algunas cosas las entiende bien, mejor que el humano, al que considera su par deficiente. Son gatos tontos y gigantes, así es como ven los gatos a los seres humanos.
      El gato tiene objetivos humildes. Es un emperador, un rey o un ser supremo, puede elegir uno de esos. Menos sería una hipocresía. Quisieron sacarlo a escobazos y permaneció pegado al acolchado, como una figurita gorda con forma de gato. 
      El momento de la muerte se acerca, el gato lo sabe. Catorce buenos años. Es el final, mi amigo, este es el final. Lamento morir virgen. Decían que meaba las alfombras y me cortaron mis cosas. Ahora no puedo acercarme a las gatas, me da asco. Es una pena que no haya nada más allá, piensa el gato. A veces le gustaría inventar un dios gato que le otorgue alguna especie de vida eterna. No sufriré. Morir con dignidad. Eso. Así es como el gato la palmó.

martes, 20 de enero de 2015

Día 248: La nota del muerto Pt. 6

                                                                                            "Fuéronse pronto y juntáronse con los lotófagos, 
                                                                                            que no tramaron ciertamente la perdición de nuestros 
                                                                                            amigos; pero les dieron a comer loto, y cuantos probaron 
                                                                                            este fruto, dulce como la miel, ya no querían llevar 
                                                                                            noticias ni volverse; antes deseaban permanecer 
                                                                                            con los lotófagos, comiendo loto, sin acordarse 
                                                                                            de volver a la patria. Mas yo los llevé por fuerza 
                                                                                            a las cóncavas naves y, aunque lloraban, 
                                                                                            los arrastré e hice atar debajo de los bancos. 
                                                                                            Y mandé que los restantes fieles compañeros 
                                                                                            entrasen luego en las veloces embarcaciones: 
                                                                                            no fuera que alguno comiese loto y no pensara 
                                                                                            en la vuelta. Hiciéronlo en seguida y, sentándose 
                                                                                            por orden en los bancos, comenzaron a batir 
                                                                                            con los remos el espumoso mar."

                                                                                            Homero. Canto IX. Odisea.
      


      - Y ese, para resumir, -dijo Green luego de sorber el último resto de su taza de té- es el modo de como los hermanos, luego de encontrarse por primera vez, adquirieron la inmortalidad.

      Brown no había tocado el café. De hecho no dijo palabra alguna durante el relato de Green. Aclaró su garganta y preguntó:

      - Es una linda historia, Green. ¿Pero qué tiene que ver con su muerte? O mejor dicho, con su supuesta muerte. Me doy cuenta que todo ha sido un engaño, una puesta en escena. Lo felicito, ha logrado confundir a todo un hatajo de investigadores. Me incluyo.

      Green sacudió la cabeza. La historia no termina ahí. Los hermanos comprendieron a su debido momento que la inmortalidad era más bien un castigo peor que el otorgado a Gilgamesh. Conforme pasaron los años, los siglos, los hermanos descubrieron que en algún momento de la vida de todo hombre, la muerte es un bien necesario. La mente envejece más que el cuerpo. La mente necesita morir, Brown. 
      Impulsado por un viejo capítulo homérico, el hermano de Ur descubrió que el mejor sucedáneo para la muerte es el olvido. Si tan solo pudieran olvidar cada tanto los recuerdos acumulados, la eternidad no sería tan penosa. Al menos un mal digerible. Eso creyó.
      Voy a ahorrarle los detalles, detective. El hombre de Ur encontró la forma de olvidar. Así perdió a su hermano. El hombre de Uruk no solo olvida cada tanto sus recuerdos, sino que también olvida a su familia, porque sufre al recordarla. Es curioso, porque ahora me doy cuenta que en el fondo querías volver a encontrarme, hermano.
      Brown no se movió. Estaba callado. Por primera vez tomó un gran sorbo de café frío. Está equivocado, Green, usted no es mi hermano. Yo no tengo familia.
      Green insistió. Claro que lo es, trate de recordar su infancia, su adolescencia. Recuerde a su familia. ¿Tiene algo para decir al respecto? Brown negó con la cabeza. Ahora miraba fijo a Green. Dios, ese hombre es parecido a mí.
      Creí que con mi intento de muerte acabaría el maleficio, pero me equivoqué, dijo Green. Estoy cansado, vuelvo a recordar cosas del pasado, sé que a vos te debe pasar algo parecido. Como un tonto escribí esa nota luego de clavarme un hacha en el cuello, con la esperanza de asegurarte un descanso. Pero acá estamos, una vez más reunidos, sin el Éufrates de por medio. 
      Así como volvemos a recordar es que pronto olvidaremos. Iniciaremos una nueva vida en otra ciudad. Creeremos ser otra persona, y de algún modo repetiremos el ciclo. En más de 5000 años de vida, solo nos hemos cruzado en pocas ocasiones, ahora empiezo a recordar. Siempre estuve cerca de liberarme de estas últimas cadenas. Green rio. Pensás que estoy loco, ¿no? ¿Que vengo a ofrecerte alguna especie de pacto suicida?
      Identidad. No son uno, son dos. Ahora eran un plural reconfigurado. Brown pensó en Julieta y se preguntó cuánto de todo aquello que pasaba por su mente era cierto. Nunca se perdió, en realidad había estado siempre enfrente de sus narices. Brown tomó las manos de Green y se prometió a sí mismo no volver a soltarlas nunca más.

Día 247: La nota del muerto Pt. 5

                                                                           "Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. 
                                                                                                     A unos pasos de mí, rodó del caballo. 
                                                                                                    Con una tenue voz insaciable me preguntó 
                                                                                                    en latín el nombre del río que bañaba 
                                                                                                    los muros de la ciudad. Le respondí que 
                                                                                                    era el Egipto, que alimentan las lluvias. 
                                                                                                    Otro es el río que persigo, replicó 
                                                                                                    tristemente, el río secreto 
                                                                                                   que purifica de la muerte a los hombres."

                                                                                                   Borges, José Luis. El inmortal.



      Dos hermanos, separados al nacer. Eso cuenta una vieja historia sumeria. Una madre vendida como esclava junto a sus hijos recién nacidos. Uno de los pequeños fue adoptado por una pareja en la ciudad de Uruk. El otro niño corrió una suerte similar a su madre. Hasta su adultez fue tan solo un esclavo entre muchos de los que había en Ur. Así fue como el río Éufrates había sellado la suerte de los hermanos. Desde cada rincón de sus costas, ambos soñaban despiertos.
      Conocieron a muy tierna edad las hazañas de Gilgamesh. Soñaban con salir de sus ciudades, tomar una barca y conocer lo que el mundo escondía. Cada uno vivió a su manera el hecho de saberse huérfanos. El niño de Uruk, curioso por naturaleza, aprendió de memoria todas las leyendas contadas por los viejos sabios.
      El muchacho de Ur luchó por su libertad. Fue criado bajo el rigor del látigo. Cada día de sufrimiento era anotado en su mente. La conmutación de su pena algún día llegaría. Así fue como conoció a un viejo pescador ciego. El hombre necesitaba la ayuda de alguien que lo guiase por los ríos mesopotámicos debido a su edad avanzada. La oportunidad cruzó frente al niño de Ur. El viejo agradecía a Enkimdu por mantener los ríos navegables. A su vez le contaba al muchacho las historias de Gilgamesh.
      De acuerdo a la leyenda, narraba el anciano, Gilgamesh era un antiguo rey en la ciudad de Uruk, en donde dirigía a sus súbditos con un gran rigor. Los habitantes, dominados por el tiranismo déspota de su gobernante, solicitaron ayuda desesperada a los dioses. La diosa Aruru oyó los lamentos de Uruk. Así fue como creó a Enkidu, un ser formado a partir de la arcilla.
      Una gran batalla se suscitó entre el rey Gilgamesh y Enkidu. Ambos reconocieron que sus fuerzas eran iguales. Enkidu proclamó los derechos del rey como justos y le ofreció sus servicios incondicionales. Partieron así una mañana. El largo viaje por delante selló su amistad.
      En uno de sus viajes Enkidu da muerte a Humbaba. Como consecuencia de este crimen, un castigo divino cae sobre su cuerpo. La enfermedad toma sus entrañas, y sin que Gilgamesh pueda evitarlo, su amigo muere con su mirada perdida en las costas del Éufrates.
      Gilgamesh llora la muerte de su amigo y decide iniciar una travesía en su honor, la odisea última, la búsqueda de la inmortalidad. Bañarse en las aguas de lo eterno, controlar lo que los dioses dan por llamar muerte, esa era la ambición de Gilgamesh. Los dioses pusieron sus obstáculos, y el rey Gilgamesh no logró descubrir el preciado tesoro de la inmortalidad.  
      Inmortal, la vida eterna, soñaba el muchacho de Ur. Algún día sería fuerte como Gilgamesh y se bañaría en las aguas que le fueron negadas al rey. Así fue como inició su pequeña aventura.
      Gracias a las enseñanzas del viejo pescador, el muchacho de Ur compró su libertad. Navegó en soledad los extremos conocidos del mundo antiguo. Todos los mares, cada pequeño río. En la costa del mar Egeo sus caminos se cruzaron.
      El hombre tenía su edad, venía de Ur. Busco a mi hermano, dijo. No lo conozco, nos separaron al nacer. Sé que fue tomado por esclavo en la ciudad de Uruk y nada más, el resto son rastros dejados en el viento. 
      El navegante lloró de alegría. Los hermanos, luego de tantos penares, se habían encontrado. Una voz desde lo profundo del Egeo susurraba. Bebe. Bebe a la salud de Enkidu. Así fue como ambos hermanos, reencontrados por el destino, bebieron del elixir que años atrás se le había negado a Gilgamesh. 


Concluirá...

lunes, 19 de enero de 2015

Día 246: La nota del muerto Pt. 4

      El volante se deslizaba entre sus manos. Casi atropelló a un perro. Los nervios te juegan una mala pasada otra vez, viejo. Doce horas sin los dardos tranquilizantes y ya estás hecho un estropajo, mi querido detective. Ese bendito muerto de la nota empezaba a sacarlo de quicio. Brown estacionó el auto como pudo frente al edificio de la morgue municipal. Eran casi las doce de la noche. 
      El guardia de seguridad le dio la bienvenida. Le explicó de forma sucinta lo aburrido que es trabajar en una morgue. Cada tanto viene un crío curioso, ya sabe, pero no es una labor de otro mundo. Mi turno es de 48 horas corridas a la semana. Estaba por hacer el cambio de guardia. El hombre se detuvo. Un leve rojo irradiaba de sus mejillas. Me quedé dormido. Me sentía cansado, detective, y ya sabe, acá no pasa mucho. 
      Brown tomó nota de la declaración del guardia. Le pidió si por favor le permitía revisar las instalaciones. El cuarto estaba vacío. Una mesa plateada con un mueble a su lado se hallaba en el centro. La tabla de achuraciones, pensó. No tocaría nada. El lugar podría revelar algún detalle importante. Buscó en sus contactos a Black. Maldito celular moderno con esas teclas tan chiquitas. Sus dedos torpes marcaban números al azar.
      Cuarenta minutos después llegó Black con su equipo. Busque huellas, sangre, saliva, pistas, lo que sea Dan, dijo Brown. Cualquier novedad me llama, yo voy a dar un paseo, agregó el detective. 
      El cielo estaba cubierto, sin estrellas. En cualquier momento se largaría a llover. Brown encendió un cigarrillo y aspiró el humo. Tenía que permanecer en calma. Ordená tus pensamientos, idiota. El asesino, hasta ahora desaparecido, ha robado el cuerpo y se lo llevó vaya a saber dónde. Lo va a prender fuego, seguro. Incinerar las pruebas. Ahora sí tenemos un caso, pensó Brown. 
      Tendría que estar en la cama. No tomé las pastillas, Julieta debe estar por llamarme. Si si, ya deliro. El desquicio al volante, viejo. El asesino tenía un vínculo con Green. Un familiar lejano. No, mejor, cercano, muy cercano. Las mismas putas huellas. Pensá, Brown, pensá. 
      La casa del muerto. Caía lluvia a horrores. Brown subiría al segundo piso, atravesaría el pasillo y entraría sin avisar al departamento B. Estaba seguro, allí encontraría al asesino. Miró con descuido a un costado. Alguien lo observaba.
      Mejor no correr riesgos. Saldría caminando. Dejaría que lo sigan. El hombre entró al edificio y salió a los diez minutos. Miraba para ambos lados, como buscando algo, o alguien, a él. Brown se acomodó el sobretodo y caminó hacia el centro. Unos metros detrás de él estaba el hombre. El gato y el ratón. Hoy vamos a ser un poco gato y un poco ratón los dos, mi querido asesino. 
      Brown aceleró el paso como para probar el físico de su perseguidor. Es un hombre en buen estado, no ha perdido mi rastro. ¿Será valiente? ¿Se atreverá a meterse a ese bar? No le vendría mal un descanso. Vacaciones eternas, suspiraba el detective para sus adentros.
      Pidió un café cortado a la mesera. La mujer lo miró como una rata muerta. Brown estaba empapado. Señaló afuera, como para indicarle que llovía demasiado y no llevaba un paraguas consigo. Por encima del hombro de la mesera surgía alguien.
      Green ordenó un té verde con un croissant y tomó asiento. Brown lo observaba. No atinaba a decir palabra. Cuando ordenó sus ideas dijo: "pero usted está muerto", a lo que Green contestó: "eso también se lo voy a explicar, mi querido detective".



Continuará...

domingo, 18 de enero de 2015

Día 245: La nota del muerto Pt. 3

      "Estoy solo" fue el primer pensamiento que surgió de la cabeza de Green. Estaba todavía algo atontado por el golpe del hacha. Solo un rasguño en el cuello, se dijo. La sangre ya estaba seca. Seguro le quedaría una buena cicatriz. El segundo pensamiento fue: "Estoy muerto".
      Mejor dicho, estuve muerto. Sin lugar a dudas despertó en la morgue. No podía recordar nada. Salvo un hacha, el golpe sobre el cuello y haber escrito una nota. ¿Qué habría escrito? ¿alguna especie de manifiesto? ¿una carta de despedida como la que hacen los suicidas antes de tomarse el bote? Su mente estaba tan blanca como las paredes de la morgue.
      Green tomó asiento. Estaba en una mesa de disección. Algunos instrumentos sobre la mesa. Sin lugar a dudas lo iban a abrir. Tal vez lo rellenarían y se lo comerían para navidad. Eso no le hizo mucha gracia. Todavía necesitaba sus tripas. Si tan solo pudiera recordar cómo llegó hasta ahí. Tendría que explicarles a todos que habían cometido una equivocación.
      Una corriente de viento dentro de su cuerpo le susurró algo como que mucho no le iban a creer. ¿Será la llamada cordura? ¿Estaré loco? decía Green en voz baja. Primero lo primero, tenía que escapar de la morgue. Por suerte el hotel para muertos no era una cárcel de máxima seguridad. A lo sumo tendría que inmovilizar a un guardia de seguridad dormitando en la garita.
      Así fue. Green no necesitó hacer uso de la fuerza que todavía le flaqueaba. El guardia estaba despatarrado sobre la silla, mientras hacía roncar al motor que llevaba debajo del pecho. Tendría que tomar la llave y salir por la puerta. Nada más fácil.
      La lluvia nocturna golpeó contra la cara de Green. Recordó que estaba casi desnudo. Tendría que vestirse pronto antes que llamara la atención de algún policía. No miró el reloj, pero supuso que serían como las 2 o 3 de la mañana.
      Debo tener amnesia, se dijo Green. Si camino un poco seguro comenzaré a recordar. Sentía frío. La bata se pegó contra su cuerpo. Estaba todo mojado. Sin saber adónde ir dejó que sus pies marcaran el camino. 
      Caminó unas cinco cuadras y dobló a la izquierda, luego otras dos cuadras y de nuevo giró a la izquierda. Sus pies aun conservaban la memoria, vaya a saber de qué. Por un instante Green temió estar dando vueltas en círculos. Terminaré en la morgue. Voy a morir de verdad. Eso es lo que deseo. Vamos a estar salvados.
      No supo por qué había dicho esas cosas, ¿estaría soñando despierto? O quizás habría comenzado a recuperar sus recuerdos. Sus pies se detuvieron. Green estaba parado frente a un edificio gris de cuatro pisos. Acá debo vivir. Segundo piso. Departamento B. Al fin su cerebro empezaba a darle respuestas. 
      Por un momento quiso salir corriendo hacia su casa. Vestirse, comer y dormir por lo menos durante una semana. Algo lo detuvo. Un hombre estaba parado frente al portal. Le daba la espalda.
      Tendría unos cuarenta y cinco años, estimó Green. Un hombre fornido con sobretodo caqui. Esa persona le resultaba conocida. Por su aspecto debe ser un policía o algo por el estilo. Esperó a que se retirara. Tendría que vestirse y salir a buscar a ese hombre. La corriente de viento le hizo articular una palabra: Brown.


Continuará... 

sábado, 17 de enero de 2015

Día 244: La nota del muerto Pt. 2

      Estamos salvados. Así decía la canción. ¿O era un sueño? Brown recuerda a su esposa esa mañana, ¿ellos estaban salvados? Su suegro les había ayudado a comprar esta casa, los compañeros de la estación también se habían portado bien. Incluso el ascenso ayudó bastante. Nada pudo salvarla a ella. Una mano negra se la llevó vaya a saber dónde. Brown estaba perdido.
      Estudiar nunca fue su fuerte, de hecho se había hecho policía demasiado tarde. Muy viejo para estar despabilado, solía bromear, mientras daba sorbos a un café medio frío. Esa nota todavía le calaba los huesos. La persona que había cometido el asesinato estaba suelta y se había escapado delante de sus narices, como una mucama de limpieza fantasma, o algo así. El asunto lo tenía desconcertado. 
      El libro se llamaba "Sobre la naturaleza del crimen", escrito por un criminólogo ruso de apellido difícil. Lo compró usado. Una ganga de las que se consiguen tirada en las librerías. Alguna pista tenía. El caso mantenía los patrones de un típico crimen de familia. 
      Familia. Un núcleo que involucraba padres, madres, tíos, sobrinos, abuelos, cuñados. Nada de eso aparecía. El muerto solo estaba emparentado a una nota misteriosa. Ese era su único rastro existencia. Aparte de algunos libros contables y una televisión de catorce pulgadas blanco y negro. De acuerdo a la propietaria, su inquilino pagaba el alquiler todos los primeros días del mes. Nunca fallaba. No era el típico hombre que salía de parrandas. No era el típico hombre.
      Sin familia, sin vicios reconocidos, una historia en blanco, una nota con dos palabras. El plural, ese maldito plural, ¿a quién podría importarle tanto un don nadie? Capaz que se escurría por la noche y la propietaria del edificio no se daba cuenta, vaya a saber qué ocurría.
      Brown tenía algunos papeles atrasados en la oficina para ordenar. Tenía un caso relegado de un hombre golpeado en el callejón. El tipo le debía como veinte mil pesos a un usurero.
      Deudas de juego, supuso. Luego de la paliza, los matones se esfumaron, junto con el prestamista. La organización manejaba algo turbio, para la tarde tendría una entrevista con otra víctima. 
      Caso resuelto. Un imbécil acuchilló a una vieja para robarle la cartera. Dejó huellas por todos lados. Lo encontraron en la casa de un amigo, escondido. Estaba cagado hasta en las patas. Dos o tres años adentro, quizás menos. Los abogados los sacan antes. De todos modos poco le importaba. La paz de la resolución. Al menos uno. La promesa estaba cumplida.
      Estaba feliz ese día. Extraño. Brown casi había olvidado los malestares de los últimos días. La edad le empezaba a pasar su moratoria de pago. El dolor empezaba en la espalda y terminaba en la base del talón. Es algo nervioso, pensaba. Hace meses que no duermo bien. Desde que internaron a Julieta, ¿tal vez? 
      Atendió el teléfono con prestancia, hasta con cariño. Su gesto adoptó otra configuración. Ahora estaba preocupado. Tendría que hacerse más preguntas. Indagar en otros espacios. Repitió la frase que escuchó del otro lado del tubo para cerciorarse de la información. Si, confirmado. El cadáver del muerto de la nota había desaparecido.


Continuará...

viernes, 16 de enero de 2015

Día 243: La nota del muerto Pt. 1

      Un mensaje despertó las sospechas. Estaba ahí pegado a la ventana, como un intruso atrapado con las manos en algo inoportuno. Hasta ese momento parecía un suicidio. El tipo había agarrado un hacha y se la había clavado con gran tino en el medio de la carótida. Había huellas del suicida en toda el arma. Huellas en la puerta, huellas en la ventana. Incluso en el mensaje.
      El papel decía algo así como: "Estamos salvados", ¿salvados de qué? ¿de la vida? ¿por qué el plural si era un solo tipo? Los oficiales, luego de encontrar la nota, se asomaron por la ventana. Unas cuantas pisadas conducían a la calle. 
      El presunto homicida se había esfumado. El detective a cargo de la investigación recordó un viejo libro leído. Conocía bastante sobre asesinatos y la mayoría, los más enigmáticos, eran llevados a cabo por una pasión enferma y retorcida. Esa era más o menos la clave. Aunque claro, el mayor interrogante se situaba en cómo descubrir la situación inicial que empujó el desenfreno de aquella pasión. 
      La nota mencionaba una clase de salvación. Le extrañaba aún más ese uso desprevenido del plural. Estamos. ¿Él y quién más? Es cierto que también podría referirse a sus vecinos, a la ciudad o a la humanidad entera. Una especie de nosotros global. Quizás el mensaje no sea tan importante. Aun así lo dejó sobre el escritorio del grafólogo. Por las dudas. 
      La oficina del destacamento estaba llena de casos similares. Es la época, pensaba el detective. El calor los vuelve locos. Los cortes de luz y la falta de aire acondicionado llevan a las personas a matar a la suegra o a colgar al perro de un mástil, bromeaba con sus compañeros. Ocupó su mente con casos cercanos a una próxima resolución. Le agradaba esa etapa de la investigación, la del carpetazo inminente. Así podía estar en paz. Un caso por día. Era lo mínimo para volver tranquilo a casa.
      Sin embargo no podía olvidar la nota. Releyó el libro a ver si encontraba algún tip, algo que hubieran pasado por alto. No era un gran texto, el autor escribía como un autómata, y a veces ciertas frases tenían como un halo de misticismo barato, pero las categorías para diseccionar los asesinatos eran útiles. Cada dos o tres páginas se encontraba con alguna que otra nota al margen. Eran sus anotaciones. 
      A veces se encontraban formuladas en forma de pregunta: ¿Quiere decir que el hombre en sociedad tiene consciencia previa de la idea de crimen? En otras ocasiones aparecía un cuadro con un símbolo que sólo él entendía. Hombre = Natural Α / Enfermedad < Estado Ω.
      Repasó algunas hojas. A principios del anteúltimo capítulo encontró una palabra en mayúsculas dentro de un círculo rojo. IDENTIDAD ?
      Patrones, líneas de pensamiento, actuación cultural, motivaciones personales, aquello que hacía único a un individuo. Por aquellos lares estaban enraizadas las bases de la identidad. No son uno, son dos. Esa idea rebotaba contra su cerebro una y otra vez, como un mantra oculto entre las grietas. Unos dedos sobre su hombro le hicieron volver a la realidad.
      El grafólogo estaba parado a su lado. Acomodaba sus anteojos aunque no lo precisara. Sudaba un poco y le costó hablar. Tenía que comentarle al detective el resumen del informe preliminar. El detective invitó al hombre a tomar asiento. El grafólogo limpió el asiento y se ajustó los anteojos una vez más.
      La nota no tenía indicios extraordinarios de violencia mental previo al hecho. El hombre estaba en sus cabales antes de tomar tal determinación. De acuerdo a sus estimaciones, la nota debió haber sido escrita unos pocos minutos antes de suicidarse. Incluso aventuró que podría haberla escrito después, dijo, mientras emitía una risita nerviosa. Es verdad, el trazo es muy reciente, incluso parece posterior. Parezco loco al explicarlo, pero eso es lo que dice la muestra. Y la escribió el muerto. Es así. Eso es indudable.
      Aunque más lo extrañaba el resultado que arrojaban sus informes en relación a viejos escritos del muerto. La escritura cambió de repente. Mire el trazo de la D y la S, es muy diferente. Puedo asegurar que son dos personas diferentes. Eso tampoco me queda duda alguna. Pero es extraño. Los peritos me aseguraron que la nota fue escrita por el muerto. Están sus huellas, su ADN. Es indudable la identidad del muerto.
      La identidad del muerto. La identidad del muerto. Otra vez esa palabra, pensó el detective. Agradeció al grafólogo y prometió una nueva reunión para la semana próxima. Identidad. Muerto. Indudable. Posterior. Identidad. Estamos salvados. No son uno, son dos.
      El detective cerró la carpeta que le había dejado el detective. Miró su reloj. Faltaban unos quince minutos para volver a casa. Parece que hoy va a ser un día sin resolución, se dijo resignado. El detective se preguntó cuál sería la remota posibilidad, de existir, que un asesino concuerde con la víctima en huellas y ADN. ¿Sería un clon? ¿un doppelgänger? ¿o quizás una especie de gemelo extraordinario? Pronto lo averiguaría.


Puede continuar...

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