sábado, 3 de enero de 2015

Día 230: Un mundo menos valiente y más nuevo

      El cohorte de los reos, les solían decir. Caminaban con sus pasos dispares por los desiertos, sin otra alternativa que matar o ser muerto. Tuvieron que escaparse de la prisión sin pedir permiso. El mundo había cambiado. Ya no había guardacárceles, tampoco crímenes por los cuales dictaminar condenas. El mundo estaba vacío.
      Tan solo una mar de desiertos y los reos que caminaban en grupo, perdidos, luego de años encerrados, ajenos a la realidad del planeta moribundo. Así llegaron luego de mucho andar a una ciudad de tantas, sin habitantes, carcomida por el polvo. 
      Mudas las calles. Silencio en los edificios. El moho se colaba entre las ventanas. Hacía años que no transitaban los autos. Un ruido atroz rompió la calma, como si una rata mutante hubiese despertado. Una alcantarilla se había abierto. 
      El pequeño movimiento de gran sonido no pasó desapercibido para el cohorte. En cuestión de minutos el grupo estaba parado en torno a la alcantarilla. Una voz salía de adentro:

      - ¿Qué hacen afuera, son suicidas?

      Uno de los miembros más ancianos de los reos le explicó su situación. La voz dijo ah, ya vengo. Silencio. Los hombres se miraban entre ellos, curiosos. Unos minutos más se sintió un ruido de pasos sobre una escalera de hierro. La voz dijo:

      - No. No pueden.

      Y eso fue todo lo que dijo. Parecía que estaba por alejarse hacia sus dominios hasta que el reo lo detuvo con un grito. ¿No pueden qué? ¿Es que la gente había perdido la cabeza que ya no se sabía expresar? 
      Ah. No pueden pasar. Mucho tiempo afuera. La voz parecía que mascaba un chicle. Lo siento. Busquen otro lugar:

      - Estamos muy cansados -gritó el viejo- necesitamos un lugar en donde pasar la noche. Tenemos algunas mercancías para intercambiar. Objetos valiosos. Pagaremos nuestra estadía, por supuesto.

      - No. No pueden -agregó la voz, hierática, mientrás un globo explotaba. - Ahora si me disculpan, me tengo que ir, voy a leerme un libro. Pocas diversiones nos ha dejado el apocalipsis, eh.

      El reo más anciano empezaba a perder el buen semblante. Tomó con la punta de los dedos la base de su nariz y suspiró. Si no los dejaban entrar por las buenas, quizás tendrían que usar otros modos de persuasión. Tenemos armas, dijo el viejo:

      - No, no pueden. 

      En vano trataron de forzar la alcantarilla. Estaba sellada como una bolsa Ziploc quemada. Un ruido lejano de hojas al pasar. Luego de una ráfaga de ametralladoras las hojas se detuvieron. Unos cuantos pasos metálicos. La voz agregó:

      - ¿Es que no se puede leer en paz? No van a pasar, ya les dije. Les aconsejaría que tomen el camino que conduce al Norte. Las noches son frías en esta época del año. Adios. 

      El viejo, desesperado, comenzó a sollozar. No entendía nada de lo que ocurría. Necesitaban una explicación de porqué todas las ciudades estaban desiertas, y por qué ahora las personas se escondían debajo de las cloacas como si fuesen ratas. ¿No sabían nada? ah, hubieran dicho de un principio. Explotó todo. Eso. Ahora el aire está contaminado. Acá bajo es mejor. Y ustedes. Lo lamento. Están muy contaminados. Eso. No sé explicar bien. Nunca fui a la escuela. Recién aprendo a leer.
      Así les explico la voz como mejor pudo que el mundo que conocían antes de conocer la cárcel se había ido por el caño. Estaban condenados a vagar, contaminados, por una nueva prisión. Vaya uno a saber cuánto tiempo de vida le quedaría al cohorte. No podían perder las esperanzas. Bajo tierra tendría que encontrarse algún médico, alguien que tenga una cura.
      El viejo señaló a uno de los hombres, uno con muchos tatuajes en el rostro y barba roja entrecana. El hombre trajo una bolsa negra, de la que sacó unos bastones marrones con mecha. Volarían en mil pedazos la alcantarilla. Nadie les iba a negar la entrada al nuevo mundo. 
      La explosión dejó la alcantarilla como una lata de gaseosa aplastada y chamuscada. Con disgusto el viejo comprobó que debajo no había un túnel, sino una puerta de acero reforzada. La voz, mucho más clara entonces, dijo:

      - No, no pueden.


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