domingo, 4 de enero de 2015

Día 231: Disección

      Puso el cuerpo en la mitad de la sala. Ya comenzaba a despedir algo de olor. Después de todo la muerte no era tan horripilante como se esperaba. Solo tendría que cortar el cadáver en muchos pedacitos y diseminarlo por toda la ciudad sin que nadie se de cuenta. Nada más fácil.
      Asesinar fue sencillo. Luego de unas convulsiones, el tipo estaba tan muerto como Elvis. Un desaparecido al azar, la policía ni lo notaría. Para ese entonces, las calles y las ratas se comerían lo que resta del cuerpo. El plan era milimétrico. No confesaría, no cedería a la tentación de la culpa. Lo hizo por que quería, para satisfacer esa curiosidad que lo ponía de cara al borde negro.
      Lo había ensayado por años en su cabeza. Claro, no había tenido en cuenta muchas cosas. El tema del olor, por ejemplo. Esa cosa hedía a mil diablos. Se empezaba a hinchar. Afuera el sol comenzaba a calentar. El verano no era la mejor época para deshacerse de un cadáver.
      Tampoco se imaginó que sería tan difícil cortar un cuerpo. Estaban los huesos, los cartílagos, esos fluidos amarillentos que a cada corte salían. Después el tema de las herramientas. Un cuchillo, una sierra oxidada, algunos clavos. El trabajo le llevaría semanas, con suerte.
      La policía estaba a millas de distancia. Giraban en círculos, como perros bobos. Un plan perfecto, así fue. Pasaron años hasta que descubrieron lo que pasó. Surgió como toda conversación, a partir de una tontería. Una charla casual, algunos datos tirados al azar. Un par de detectives perspicaces hicieron los deberes y lo atraparon.
      Costó hacerlo confesar. Lo torturaron. Así. Sin formalismos. Al final les dijo todo. Donde escondió cada pedazo. Incluso dijo más. Algo extraño, respecto a la composición del cuerpo. No sabe si era un dedo de más, o tal vez un pulmón. Lo importante es que la cosa no era humana.

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