lunes, 5 de enero de 2015

Día 232: La decimosegunda extinción

      Las suricatas marchan, con gesto festivo. Entonan una especie de himno afónico consumado en la felicidad del movimiento. Quizás su mayor acto de perfidia sea atacar. Ahora qué importa. El ataque ya estaba planeado. La victoria caería sobre sus hombros, entre sus estómagos.
      Se cansaron de vivir bajo tierra, alimentadas por la beneficencia de los insectos. Directo a la superficie, a comer lo que se les antoje a sus benditos cuerpos. Compraron a los humanos con sus sensuales movimientos. Nadie desconfiaría de una suricata. Claro, se equivocarían. Es lo usual, son humanos.
      Primero actuarían normal. Después se agruparían, cada vez más. Empezarían a comportarse un poco más raro. Algo poco usual. Otro poco menos amigables. Sus ojitos de a poco se volverían rojo sangre. Luego cambiarían sus costumbres alimenticias.
      Las ciudades comenzaron a ser unos parajes lóbregos, menos habitados, por supuesto. Las suricatas marchaban por todos lados, por donde se les ocurriese. Eran libres de comer lo que quisiesen. Conducían autos, tomaban alcohol, meaban iglesias. 
      Así las suricatas marchan, con la alegría que las convoca. Reinan en la Tierra como únicas herederas de un antiguo nuevo orden. Han despojado a los humanos del trono sagrado. Desbarataron las licorerías. En la borrachera encontraron su perdición. 
      Les gustó tanto el alcohol. Lo tomaban como agua. El hígado les pasó factura. De a poco caían, como mosquitas infladas. Pronto las ciudades se convirtieron en un océano de suricatas muertas y de otras especies, también muertas. Sobrevivieron pocos a la debacle. Algún que otro conejo. Un par de ardillas. Creo que unas diez hormigas coloradas también lograron pasar la noche de la extinción. De los humanos, ni noticia. Al parecer las suricatas se los habían desayunado a todos. A cada uno de ellos. Ni rastro.

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