miércoles, 7 de enero de 2015

Día 234: El acordeón

      El mandamás había ordenado que se destruyeran todas las cápsulas. Nadie se suicidaría sin el debido permiso. El cianuro no era una cosa como para tomársela a chiste. En el bunker no era living la vida loca. Estaban todos amargos la mayor parte del tiempo. 
      El comandante no salía de su oficina. Fumaba sus cigarrillos armados, uno tras otro, hasta que los dedos le quedaban negros. La última persona que entró a su despacho le sugirió un corte de pelo. No tardó demasiado en hacerlo colgar por un traidor a la patria. ¡Menudas sugerencias! ¡Al lider supremo!
      Se sabía del vamos que la guerra estaba perdida. Nadie quería comentarlo de forma muy abierta. Tenían miedo a terminar como aquel pobre sujeto del corte de pelo. A veces creían que deberían preparar al comandante para el peor escenario. Es como contarle a un niño que no existe Papa noel, explicaba un teniente. Si lo hacemos con delicadeza, no se va a dar cuenta de que sus juguetes se están prendiendo fuego.
      Igual había cosas peores que perder la guerra. Incluso peor que el riesgo de morir decapitado, o ahorcado. El miedo yacía dentro del mismo bunker, y tenía forma de acordeón. Era ese aparato del demonio que surgía de abajo del escritorio del capitan ante cada pena. Esbozaba unos cuantos acordes de una vieja balada de su pueblo. Nadie se animaba a decirle que sonaba horrible. Un espanto disonante de la naturaleza. Las notas salían lastimosas del acordeón.
      Si lo hacemos desaparecer, quizás tengamos un mejor motivo para explicarle por qué la guerra tiene que perderse, como un niño que sabe que Papa noel no existe, repetía el teniente confiado en su estratagema. El ruido del infierno no se acallaba, ni siquiera con tapones de algodón. No, en el infierno nadie debe tocar así de mal un instrumento. Si ese acordeón pudiese hablar, pediría que lo maten.
      También el resto. Pero el cianuro se había acabado. La secretaria del comandante las había tirado todas por el inodoro, por su expresa orden. No vamos a morir como esos inmundos nazis. Eso es de cagón, decía el comandante en sus delirios, luego de entonar un volkslied de dudosa calidad. Los oídos se desangrarán, estoy seguro, moriremos, aseveraba un viejo capitán.
      A la noche montaron un operativo. El comandante roncaba como un tronco. Tal como se esperaba un abrazo mortal lo unía al acordeón. Con cuidado quirúrgico extrajeron el acordeón y colocaron un oso de peluche en su lugar. El comandante no notaría la diferencia. 
Amanecieron con un desayuno no esperado. Los morteros hacían temblar los cimientos del bunker. El comandante creyó oportununo componer una nueva balada. Algo feliz, con acordes mayores. Algo extraño, el acordeón tenía un sonido como apagado. Así fue. El comandante no notó la diferencia.
      Tampoco la notó enemigo cuando derribó el bunker. Creyeron encontrar un lindo acordeón con incrustaciones de peluche. Por suerte cayó el manos de un luthier, y así pudieron sacarle de nuevo sonido.

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