viernes, 9 de enero de 2015

Día 236: El altar del nigromante

      Ese muchacho es nocivo, dijo el nigromante. Lo mejor sería arrojarlo por el acantilado. La madre lloraba con pudor. Su crío no superaba los dos meses. ¿Dónde estaría el mal? ¿Alguna glándula misteriosa? El mago estaba seguro, nunca fallaba. Internet le erra más, decían los habitantes del pueblo.
      Hacía tiempo que el siglo XXI había llegado, pero ciertos modos medievales seguían en uso. Eso implicaba que ante el dictamen del nigromante de sacrificar a una criatura nadie cuestionaría otra alternativa. Ese pequeño sería una ofrenda grata a los lobos. 
      Los animales despedazarían su cadáver. Se pelearían por sus extremidades. Quizás el lobo tuerto se quede con la cabeza, aventuraba un niño que caminaba y repetía las palabras de los adultos, cerca del altar del brujo. El lobo tuerto era viejo y pillo, le gustaba las cosas raras. Capaz su pelaje lo hacía extraño a sus compañeros. Un gris azulado con una ligera mancha amarillenta sobre la espalda.
      Debían arrojarlo desnudo, sin ninguna pertenencia. La caida del risco era de unos quince metros. Su cabeza se aplastaría sin dudarlo. Poco alimento le quedaría al lobo tuerto. La madre desoyó las palabras del nigromante. Lo vistió y le colocó un pañal. Luego de besarlo lo levantó en andas. Los pies del pequeño flotaban sobre el precipicio.
      La madre abrió las manos como si fuesen pinzas. No quiso mirar, más bien no quería. Pero no pudo evitarlo. Asomó su cabeza y ahí lo vio. El cuerpecito sin vida de su bebé yacía al lado de una roca.
      Cinco lobos surgieron de las sombras. Giraban alrededor del cadáver. El lobo tuerto olisqueaba la cabeza. De repente los animales se sentaron sobre sus patas, casi al unísono. Un aullido quebrado sacudió a la madre.
      El lobo tuerto se acercó al cuerpo del pequeño y con el hocico lo movió, como si tratase de despertarlo. Obtuvo un llanto por respuesta. La madre, ignorante de este hecho, ya había dado la vuelta y se encaminaba, resignada, al pueblo. 
      Con sus patas realizó un gesto casi humano. Le pedía a sus compañeros que se acercaran. Levantaron al niño con cuidado. Estaba muy lastimado. La caída le había quebrado algunos huesitos. Sin embargo algo había amortiguado el impacto. 
      Cada lobo sostenía en su boca una manito o un pie. El lobo tuerto sujetaba la cabeza para proteger su cuellito. Ese bebé sobreviviría bajo su protección. Ese bebé lideraría a su grupo y a todos los rescatados de las fauces del sacrifício. Ese bebé crecería y derrotaría, de una vez por todas, a ese nigromante.

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