sábado, 10 de enero de 2015

Día 237: Un llamado

      La otra noche, corto de recursos, quemó un mueble. El frío en la montaña puede ser atroz. Por suerte la tormenta había amainado. Dentro de unas horas podría reemprender la búsqueda.
      Lo vas a reconocer, está todo vestido de amarillo y grita como si le fallaran los oídos. Viejo macaco. Por personas así su trabajo era un riesgo. La gente loca lo era, no el temporal.
      A unos quinientos metros delante del puesto lo encontró. Hacía unos zigzags extraños, como de borracho, mientras entonaba una canción festiva con un registro bajo. El tipo está del tomate. Su familia tendría que internarlo.
      Los gusanos caían de la boca del viejo. La sangre semicoagulada adornaba diversas partes de su cuerpo. Un ojo lo tenía salido. El hedor era insoportable. No cabía duda. Estaba más muerto que Elvis.
      ¿Así eran los zombies? Al parecer se había encontrado con un muerto vivo feliz. Lo llamó al señor. Total, no era su trabajo cuestionar el estado físico de los rescatados. Vivo, muerto, lo mismo daba.
      El zombie lo miró de arriba a abajo y lanzó un par de frases incoherentes. Lo único que se entendía era que quería que lo dejaran en paz.
      Poco le importaba el llamado de la civilización, él era alegre en su nuevo ecosistema. Ya no necesitaba comida para vivir. Al menos no lo que pueda salir de la cocina de un McDonald's. Capaz que con algún que otro pájaro lograría sobrevivir el invierno. Luego comería algún que otro alce. Algo light, como para no digerir tanto con ese estómago de muerto.
      Tal vez si era bueno se inscribiría a algunas de esas olimpíadas que organizan en el Norte. La Confederación Zombie tenía un cierto renombre. Dicen que contaban con los muertos vivos más inteligentes de toda la zona.
      El hombre del rescate veía alejarse al zombie por una ladera de la montaña. El muerto vivo sacó de su bolsillo algo que parecía ser una pistola. La tomó en sus manos y disparó. A cientos de kilómetros, más allá del valle, recibió una misma señal. Las bengalas de la Confederación le daban la bienvenida.

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