domingo, 11 de enero de 2015

Día 238: Producto averiado

      "Usted morirá dentro de tres días" dijo la heladera. Esas cosas no fallaban. Si la porquería lo marcaba, no quedaba nada por hacer. Las curvas de sus signos vitales, almacenadas en el disco rígido de la heladera, no mentían. La enfermedad era incurable y el plazo de vida era de apenas 72 horas.
      El hombre pensaba. Alguien tendría que adoptar al gato, después de todo, mamá los odia. Dice que tiene alergia, pero para mí que no quiere gastar en comida. Vieja tacaña, siempre contando las monedas. Seguro morirá con la cartera en la mano, eso podría asegurarlo, más que su heladera de mal agüero.
      Tampoco podía quejarse, había vivido sus buenos 256 años. Las tecnologías del siglo XXIII superaban con creces a los medievales inventos de sus antepasados. Pensar que había nacido en un planeta al borde del knock out. El efecto invernadero acuciaba, y la crisis del agua y los alimentos recién se vislumbraba. Muy pocos sobrevivieron. La sociedad tuvo que reorganizarse, delimitar prioridades. Gracias a la ciencia, ahora cualquier hijo de vecino podía vivir sus buenos 300 años. Una cifra considerable.
      Internet también colapsó con el viejo sistema. Una nuevo y remozado sistema de comunicación había nacido para fines del siglo XXI. Red de sustento práctica, o Supranet, para la mayoría. La Supranet era una extensión del sistema nervioso central de la humanidad. Su función era regular el colectivo neuronal y actuar como un puente para potenciar el conocimiento y las comunicaciones.
      En los albores del siglo XXIII todos los aparatos se encontraban conectados a la Supranet, incluida las heladeras portadoras de oscuros vaticinios.
      "Usted morirá dentro de tres días" fue su sentencia irrevocable. El hombre preparó los papeles pre-defuncionales. Pagó la tasa correspondiente de quemado corporal y firmó el contrato de recesión de la Supranet. Todo listo para morir, se dijo el hombre, con un ligero entusiasmo.
      Cuatro, cinco días pasaron. El hombre estaba sano, sin señales de enfermedad, a pesar que el panel de la heladera sugiriera lo contrario. El técnico tardó unos diez minutos en llegar a su casa.
      Le suele pasar a los viejos modelos, dijo el técnico. Tengo que solicitar el cambio de chip y cambiar algunas neuroconexiones averiadas. Su heladera va a quedar como nueva.
      "Usted morirá dentro de dos horas" fue el nuevo mensaje del aparato. Mientras tanto, sugirió el técnico, no se preocupe por tales advertencias. El sistema de enfriado anda perfecto.
      El técnico cobró su tasa de visita y prometió volver a la semana con los nuevos repuestos. El hombre lo despidió. Un bostezo. Un par de horas de sueño no le vendrían mal.
      El hombre tuvo un sueño extraño. Caminaba sobre una torta gigante. El cielo estaba rojo. La lluvia de tenedores caía a su alrededor, pero no le hacía nada. Los tenedores se clavaban sobre la torta. Un liquido parecido a un pus sanguinolento brotaba de la superficie. Una puerta gigante se abría. Algo se iba a comer la torta, algo con forma de heladera.
      El hombre estaba entredormido. No sintió el ruido de algo que se arrastraba por el piso. Tenía la altura de una persona y pesaba como unos 150 kilos. La heladera miró al hombre. Un cuchillo de carnicero asomaba de su puerta. Habían pasado casi dos horas.

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