lunes, 12 de enero de 2015

Día 239: Tributo

      No sabe sonarse la nariz, es estúpido, dijo el padre. Al hijo no le gustó que lo llamaran así y lo mató, así, sin miramientos. Es lo que responde a una dinámica familiar normal, les habría asegurado un psicólogo. Para ese entonces, el muchacho llevaba encerrado sus buenos cinco años.
      En el loquero aprendió a hablar. Bueno, sabía hacerlo, digamos que aprendió un nuevo idioma. La tesitura del lenguaje cambió a partir del encierro. Las palabras lo herían. El sentido de las oraciones era un hueco vacío inllenable.
      Al principio su madre lo visitaba. Tenía esperanzas que el pequeño Carlitos cambiase su rumbo de hereje incurable. El oprobio ocasionado frente a las habladurías del pueblo le había llenado la taza a la mujer. Pero es mi hijo, yo lo quiero, pequeño Carlitos, hermosa criatura de Dios. A Carlitos le parecía que su mamá estaba chiflada. Se confundieron, guardias, encerraron a la persona equivocada.
      Cada tanto Carlitos retomaba la escritura. Tenía pensado completar una novela sobre la historia de un perro que busca una nueva casa, como a unos quinientos kilómetros de distancia. Lo llenaría con fotos y pegatinas de mapas. Sería algo así como un Atlas con una historia interesante.
      El libro estaba plagado de frases incoherentes y manchas de tinta. Cada tanto aparecía una foto de una mujer semidesnuda dejándose satisfacer por un hombre de mediana edad. Mamá, voy a hacerme famoso, lo sé, y te vas a cagar cuando lo descubras, pensaba satisfecho Carlitos.
      Se había encariñado con su doctora. Creo que la amo, dijo, más de una vez. Y lo escribió en su novela. El lápiz se movía a un ritmo frenético. Carlitos escribía con la velocidad de un escritor consumado.
      A veces escribía en otros idiomas. Le salían palabras que ni siquiera él entendía. Carlitos era como un profeta, encerrado por la sociedad, confinado a la etiqueta de loco.
      Y volvió al tema, lo escribió con la prodigiosidad de un genio. Describió cada cuchillazo a detalle, cada pensamiento enarbolado, el momento de la expiración definitiva, todo el tren de pensamiento previo y posterior al hecho. Su padre había dejado de ser un cuerpo. Ahora se convirtió en algo eterno. Un cruel homenaje a la vida eterna. Lo empequeñeció a la instancia del gusano. Allí estaba, su progenitor siendo asesinado, una y otra vez, mediante letras terroristas. 

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