martes, 13 de enero de 2015

Día 240: La píldora dorada

      Ni siquiera pudieron llamarlos héroes. Fue un conato de idiotez. Todo. Desde las marchas hasta el desenlace final. Quisieron negociar lo innegociable y lo pagaron con su sangre. A las personas les gusta hablar de todo menos de tolerancia. Cuando dicen respeto en realidad quieren que el dogma se imponga, por sobre todo.
      Las verdades vuelan, como a través de un torbellino poco claro. Son ideas inconexas a veces, un rapto del genio. Son solo creaciones de la mente, lo etereo no daña. Fantasmas. Cosas que no existen. 
      Sin embargo están presenten, en cada lugar en donde se erige un monumento a la nada. La nada puede llevar a la guerra. La nada puede llevar a la muerte. La nada es la muerte, después de todo. Por si acaso olvida. Olvida que ya pasó lo peor. Muere un instante y renace en lo mismo. En más de lo mismo. Total, ¿quién justifica a la humanidad? Nada, nadie. 
      El orgullo del padre creador es no saber desenlazarse de una idea. A veces el progreso se disfraza de oscurantismo. La razón decae ante los intereses de unos pocos, pero no por ello deja de ser razón. Se eleva al cielo un grito ante el atropello de las libertades y a veces habría que preguntarse qué tan libre se puede ser en una sociedad cada vez más impulsada hacia el risco del control y la vigilancia.
      Esa libertad por la que luchan y se jactan tantos imperios. Que no dudan en arrasar pueblos enteros en nombre de una guerra de la que nadie quiso formar parte. No hay contratos ni firmas, tan solo una idea tácita de amenaza y control. Los medios empujan también las ideas hacia ese mismo precipicio. Es un halo donde yacen todas las confusiones, todas las ideas, todas las mentiras. Una antigua caja abierta, promotora del caos. 
      Es fácil olvidar. Es sencillo atarse a la comodidad de nuestros pensamientos. Creer que está todo bien, que nada pasa. Alrededor nuestro las injusticias se apilan, junto con los cadáveres que arrastran. Estamos dispuestos a tragarnos la píldora, con tal de no ver el final de la película. 
      Aún más fácil es recordar. Más sencillo soltarse a la libertad de lo que las personas diferentes podrían realizar juntos. Una sociedad más justa que valore cada vida por sobre todas las cosas. Recordar qué tan humanos solíamos ser. Vomitar el organismo extraño, de algo más se trata.

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