miércoles, 14 de enero de 2015

Día 241: El club de la barba

      En lo mejor de la vida, con esa conducta hirsuta, el muchacho decidió dejarse la barba. Los pelos de la cara le empezaron a crecer, conforme al plan. El tipo se sentaría entre Zakk Wylde, Karl Marx, Rasputín y Fidel Castro. No desentonaría. Sería uno más del club.
      El club de las barbas. Ese era su sueño. Un grupo secreto de machos cabríos con intenciones de compartir lo mucho hombre que le hacía colgar un copioso racimo de pelos. Dejarían afuera a los inexistentes, como Dios, o Darwin. La cuota de entrada sería poseer una Sportster, como mínimo. 
      Luego vendría la prueba de resistencia de barba. Un par de pesas de cinco kilos se colgarían de la punta. Así los jueces evalúan la fuerza de los pelos. En el club es lo más normal hacer chistes sobre la gente con bigotes. Trolls incompletos, así los llaman. Hasta un amish tiene mejor aceptación en este cerrado círculo.
      Debo reconocer que al muchacho le costó el trayecto al camino barbado de la vida. Los pelos crecían, ralos, en torno a su mandíbula. No era esa barba extraordinaria de motoquero. Eran tan solo pelitos, colocados al azar, uno al lado del otro. Así todos finitos.
      En una de esas casas naturistas le vendieron un tónico de los efectivos. Éxito asegurado, clamaba la etiqueta. Dentro de un par de días tendría tanta barba que hasta tipos como Dostoievsky lo envidiarían. Pero no fue así. Otras cosas crecieron alrededor de su cara.
      Cosas vivas. Con poros. Unas extremidades similares a tentáculos de calamar. También notó que su cuerpo se enverdecía, como el increíble Hulk pero sin enojarse. El enojo vino después. El club de barbas se reservaba el derecho de admisión. Ahora el muchacho se había convertido en un monstruo. 
      Expulsado de su club favorito de todos los tiempos, el muchacho juró venganza. El tendría su propio club, no, mejor todavía, su propio culto. Todos lo alabarían. Hasta había inventado un nombre artístico para la ocasión. Ya vendrían a las puertas de su morada en R'Lyeh para saludarlo. Salve, gran Cthulhu.

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