lunes, 19 de enero de 2015

Día 246: La nota del muerto Pt. 4

      El volante se deslizaba entre sus manos. Casi atropelló a un perro. Los nervios te juegan una mala pasada otra vez, viejo. Doce horas sin los dardos tranquilizantes y ya estás hecho un estropajo, mi querido detective. Ese bendito muerto de la nota empezaba a sacarlo de quicio. Brown estacionó el auto como pudo frente al edificio de la morgue municipal. Eran casi las doce de la noche. 
      El guardia de seguridad le dio la bienvenida. Le explicó de forma sucinta lo aburrido que es trabajar en una morgue. Cada tanto viene un crío curioso, ya sabe, pero no es una labor de otro mundo. Mi turno es de 48 horas corridas a la semana. Estaba por hacer el cambio de guardia. El hombre se detuvo. Un leve rojo irradiaba de sus mejillas. Me quedé dormido. Me sentía cansado, detective, y ya sabe, acá no pasa mucho. 
      Brown tomó nota de la declaración del guardia. Le pidió si por favor le permitía revisar las instalaciones. El cuarto estaba vacío. Una mesa plateada con un mueble a su lado se hallaba en el centro. La tabla de achuraciones, pensó. No tocaría nada. El lugar podría revelar algún detalle importante. Buscó en sus contactos a Black. Maldito celular moderno con esas teclas tan chiquitas. Sus dedos torpes marcaban números al azar.
      Cuarenta minutos después llegó Black con su equipo. Busque huellas, sangre, saliva, pistas, lo que sea Dan, dijo Brown. Cualquier novedad me llama, yo voy a dar un paseo, agregó el detective. 
      El cielo estaba cubierto, sin estrellas. En cualquier momento se largaría a llover. Brown encendió un cigarrillo y aspiró el humo. Tenía que permanecer en calma. Ordená tus pensamientos, idiota. El asesino, hasta ahora desaparecido, ha robado el cuerpo y se lo llevó vaya a saber dónde. Lo va a prender fuego, seguro. Incinerar las pruebas. Ahora sí tenemos un caso, pensó Brown. 
      Tendría que estar en la cama. No tomé las pastillas, Julieta debe estar por llamarme. Si si, ya deliro. El desquicio al volante, viejo. El asesino tenía un vínculo con Green. Un familiar lejano. No, mejor, cercano, muy cercano. Las mismas putas huellas. Pensá, Brown, pensá. 
      La casa del muerto. Caía lluvia a horrores. Brown subiría al segundo piso, atravesaría el pasillo y entraría sin avisar al departamento B. Estaba seguro, allí encontraría al asesino. Miró con descuido a un costado. Alguien lo observaba.
      Mejor no correr riesgos. Saldría caminando. Dejaría que lo sigan. El hombre entró al edificio y salió a los diez minutos. Miraba para ambos lados, como buscando algo, o alguien, a él. Brown se acomodó el sobretodo y caminó hacia el centro. Unos metros detrás de él estaba el hombre. El gato y el ratón. Hoy vamos a ser un poco gato y un poco ratón los dos, mi querido asesino. 
      Brown aceleró el paso como para probar el físico de su perseguidor. Es un hombre en buen estado, no ha perdido mi rastro. ¿Será valiente? ¿Se atreverá a meterse a ese bar? No le vendría mal un descanso. Vacaciones eternas, suspiraba el detective para sus adentros.
      Pidió un café cortado a la mesera. La mujer lo miró como una rata muerta. Brown estaba empapado. Señaló afuera, como para indicarle que llovía demasiado y no llevaba un paraguas consigo. Por encima del hombro de la mesera surgía alguien.
      Green ordenó un té verde con un croissant y tomó asiento. Brown lo observaba. No atinaba a decir palabra. Cuando ordenó sus ideas dijo: "pero usted está muerto", a lo que Green contestó: "eso también se lo voy a explicar, mi querido detective".



Continuará...

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