martes, 20 de enero de 2015

Día 247: La nota del muerto Pt. 5

                                                                           "Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. 
                                                                                                     A unos pasos de mí, rodó del caballo. 
                                                                                                    Con una tenue voz insaciable me preguntó 
                                                                                                    en latín el nombre del río que bañaba 
                                                                                                    los muros de la ciudad. Le respondí que 
                                                                                                    era el Egipto, que alimentan las lluvias. 
                                                                                                    Otro es el río que persigo, replicó 
                                                                                                    tristemente, el río secreto 
                                                                                                   que purifica de la muerte a los hombres."

                                                                                                   Borges, José Luis. El inmortal.



      Dos hermanos, separados al nacer. Eso cuenta una vieja historia sumeria. Una madre vendida como esclava junto a sus hijos recién nacidos. Uno de los pequeños fue adoptado por una pareja en la ciudad de Uruk. El otro niño corrió una suerte similar a su madre. Hasta su adultez fue tan solo un esclavo entre muchos de los que había en Ur. Así fue como el río Éufrates había sellado la suerte de los hermanos. Desde cada rincón de sus costas, ambos soñaban despiertos.
      Conocieron a muy tierna edad las hazañas de Gilgamesh. Soñaban con salir de sus ciudades, tomar una barca y conocer lo que el mundo escondía. Cada uno vivió a su manera el hecho de saberse huérfanos. El niño de Uruk, curioso por naturaleza, aprendió de memoria todas las leyendas contadas por los viejos sabios.
      El muchacho de Ur luchó por su libertad. Fue criado bajo el rigor del látigo. Cada día de sufrimiento era anotado en su mente. La conmutación de su pena algún día llegaría. Así fue como conoció a un viejo pescador ciego. El hombre necesitaba la ayuda de alguien que lo guiase por los ríos mesopotámicos debido a su edad avanzada. La oportunidad cruzó frente al niño de Ur. El viejo agradecía a Enkimdu por mantener los ríos navegables. A su vez le contaba al muchacho las historias de Gilgamesh.
      De acuerdo a la leyenda, narraba el anciano, Gilgamesh era un antiguo rey en la ciudad de Uruk, en donde dirigía a sus súbditos con un gran rigor. Los habitantes, dominados por el tiranismo déspota de su gobernante, solicitaron ayuda desesperada a los dioses. La diosa Aruru oyó los lamentos de Uruk. Así fue como creó a Enkidu, un ser formado a partir de la arcilla.
      Una gran batalla se suscitó entre el rey Gilgamesh y Enkidu. Ambos reconocieron que sus fuerzas eran iguales. Enkidu proclamó los derechos del rey como justos y le ofreció sus servicios incondicionales. Partieron así una mañana. El largo viaje por delante selló su amistad.
      En uno de sus viajes Enkidu da muerte a Humbaba. Como consecuencia de este crimen, un castigo divino cae sobre su cuerpo. La enfermedad toma sus entrañas, y sin que Gilgamesh pueda evitarlo, su amigo muere con su mirada perdida en las costas del Éufrates.
      Gilgamesh llora la muerte de su amigo y decide iniciar una travesía en su honor, la odisea última, la búsqueda de la inmortalidad. Bañarse en las aguas de lo eterno, controlar lo que los dioses dan por llamar muerte, esa era la ambición de Gilgamesh. Los dioses pusieron sus obstáculos, y el rey Gilgamesh no logró descubrir el preciado tesoro de la inmortalidad.  
      Inmortal, la vida eterna, soñaba el muchacho de Ur. Algún día sería fuerte como Gilgamesh y se bañaría en las aguas que le fueron negadas al rey. Así fue como inició su pequeña aventura.
      Gracias a las enseñanzas del viejo pescador, el muchacho de Ur compró su libertad. Navegó en soledad los extremos conocidos del mundo antiguo. Todos los mares, cada pequeño río. En la costa del mar Egeo sus caminos se cruzaron.
      El hombre tenía su edad, venía de Ur. Busco a mi hermano, dijo. No lo conozco, nos separaron al nacer. Sé que fue tomado por esclavo en la ciudad de Uruk y nada más, el resto son rastros dejados en el viento. 
      El navegante lloró de alegría. Los hermanos, luego de tantos penares, se habían encontrado. Una voz desde lo profundo del Egeo susurraba. Bebe. Bebe a la salud de Enkidu. Así fue como ambos hermanos, reencontrados por el destino, bebieron del elixir que años atrás se le había negado a Gilgamesh. 


Concluirá...

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