sábado, 24 de enero de 2015

Día 251: Óxido de nitrógeno

      Al hombre más gracioso del mundo no le hace gracia nada. Nada. Ni una chota. Es un sarcófago viviente. A veces le gustaría aunque sea sonreir. Pero la vida, el universo y todo lo demás es una cosa demasiada pálida y sobrecogedora como para tomársela a chiste. En cambio a la gente sí le parece gracioso.
      Cuenta las cosas de un modo divertido, dicen los que lo escuchan. El hombre no entiende de rutinas, su cara es un mosaico, una escultura, una réplica de Buster Keaton. Sabe que hace estas cosas de pasar verguenza tan solo para vivir un poco más escueto a fin de mes. La paga es buena, aunque no entienda por qué se ríen. 
      Hace poco descubrió que a las personas le gusta que le digan la verdad. Viven entre tantas mentiras que cuando alguien les dice una verdad, se mean de la risa. Es la verdad. Un meteorito va a acabar con todos nosotros pronto, vamos a volar en mil pedazos. El páncreas de una abuela va a colgar de aquel monumento. El hombre se toma la cabeza y hace un gesto de catástrofe, si es que algo así existe. Las señoras gordas y fofas rien a más no poder. Ese flacucho es un paranoico. Me hace acordar a Woody Allen, pero con más problemas. 
      Gracias a la fama que obtuvo a partir de su espectáculo de profecías apocalípticas, la gente comenzó a conocerlo con el nombre de Casandro. Mientras tanto, a un par de años luz, un meteorito se acercaba de modo peligroso a la Tierra. Se había materializado casi de la nada. El agujero negro había hecho bien su labor.
      Casandro volvía a retomar, entre las risas del público, el asunto del meteorito. Estaba seguro que los peces dinosaurios del gobierno lo saben. Y están escondidos bajo tierra. Con sus mujeres y sus niños. Abajo, ¡Como topos! Casandro levantaba la voz y la nuez hacía un efecto gracioso por debajo de su tráquea. Los hombres se desplomaban en un frenesí de carcajadas. 
      No era gracioso, en realidad era triste, en un par de semanas todos iban a morir. Pero para qué negarlo. Le gustaba el negocio del espectáculo. Moriría como una buena prostituta, con las piernas abiertas al mundo que le dio de comer.

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