domingo, 25 de enero de 2015

Día 252: El todo-hombre

      Las luces de las linternas se entrecruzaban. Indagaban en la oscuridad la identidad del prófugo. Aquella noche traspasó las rejas por debajo de la tierra. Ahora era un hombre buscado. Un loco más. Bah, no un loco cualquiera. El tipo tenía ciertos delirios de científico, incluso había trabajado en el proyecto del colisionador de hadrones, si esa historia es verdad.
      Se escapó con un tacho de basura, una cosa muy extraña. Algunas personas dentro del pabellón psiquiátrico aseguraban que algo experimentaba, a pesar del buen comportamiento en los últimos meses de encierro. No creo que sea peligroso mi hijo, aseguraba papá Coniglio, más bien lo considero un imbécil, eso si. Mamá Coniglio a veces olvidaba que tenía hijos. El amor de familia siempre presente.
      Consciente de su libertad forzada y seguro de que lo estarían buscando, el doctor Coniglio se instaló en su viejo departamento. El lugar estaba igual a como lo había dejado hace 17 años atrás, o casi. Las medias sobre el microondas, los pedazos de pizza (ya verdes) en el techo, la feta de jamón (ya podrida) pegada al televisor de catorce pulgadas blanco y negro, el canasto lleno de ropa (más) sucia tirado sobre una mesa ratona agrietada, más humedad, un ratón muerto, dos esqueletos de gatos, una montaña de bola de pelos (de gato), y claro, Arjona seguía sonando de fondo. Estoy en casa, se dijo contento el doctor Coniglio.
      Depositó el alambique sobre la mesada de la cocina. Desde su huida, el homúnculo había crecido unos meritorios tres centímetros de alto. Ahora parecía un pitufo atiborrado de glándulas de crecimiento. De acuerdo a sus cálculos, dentro de 42 días su pequeña creación alcanzaría el tamaño de un ser humano (enano). El doctor Coniglio era optimista que para el día 57, el homúnculo haya superado todo complejo respecto a su altura. 
      Pasaron los meses y el muchacho creció, creció y no paró de crecer. Para cuando llegó a los tres metros de alto, el doctor Coniglio consideró la posibilidad de volver al garaje de sus padres.
      Claro que papá Coniglio hizo su mejor imitación de Gandalf con un: ¡NO PASARÁS! Así es como el doctor Coniglio quedó en la calle con un gigante de casi cuatro metros de alto a la cual la gente ya comenzaba a ver con algo de desconfianza. 
      No pasó mucho tiempo más hasta que el gigante comenzó a tener hambre. Las hamburguesas y la cerveza ya no lo llenaban. Necesitaba comer algo más... substancioso. La dieta homínida le trajo más problemas al Doctor Coniglio. Podía ser un loco, tener un gigante de mascota, pero dejarlo en la calle y que se coma a cualquier transeúnte así como así, eso traspasaba las fronteras del decoro. 
      Cuando el gigante superó los seis metros, ya estaba fuera de control. Con todo el poder de persuasión a su lado, el doctor Coniglio convenció a su gran homúnculo de vivir en una isla desierta y comer lo que la naturaleza les brinde. No fue la mejor idea, el gigante no logró superar su hambre y se comió al pobre doctor Coniglio de un solo bocado.

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