lunes, 26 de enero de 2015

Día 253: Servir al propósito

      A la noche dinamitaron el puente. Las últimas comunicaciones con el mundo exterior. Adiós. El mundo enfrentaba el fin. Esa cosa fea destrozaría todo, no había dudas.
      Los generales alentaban nuevos ataques sobre el monstruo. Ciertas ilusiones anunciaban una victoria inminente. Aunque las personas preferían ser más cautas. Quedaban encerradas en sus casas, temblando, mientras rezan al dios desconocido para que les salve una vez más sus culos anónimos.
      El estado de sitio operó a partir del tercer día. No obedecer al orden de catástrofe imperante era igual a declarar una temprana sentencia de muerte. Las personas lo pensaban dos veces antes de iniciar una revuelta heroica. Además estaba todo el asunto del monstruo.
      Al bicho no le importaba demasiado las tonterías de los humanos. La cosa solo quería destruir, a lo sumo comerse alguna cebra del zoológico. Su ecosistema natural era el desastre. El monstruo no sabe vivir de la paz y la tranquilidad.
      Un último intento antes de lo esperado. La bomba nuclear sobrevoló por la cabeza del monstruo. Le hizo un poco de cosquillas en la oreja derecha y luego cayó sobre un departamento de unos veinte pisos. Los rastros del hongo se vieron desde la luna. La ciudad ahora era una gran obra de arte conceptual. Acero retorcido, casas en llamas, pilas de escombros, huesos, mares de sangre. Nada que delate un signo de vida.
      El monstruo contempló los restos de la ciudad y suspiró. Los seres humanos habían extirpado de la faz del universo su propósito en la vida. Ahora era una simple cosa inservible sentada en una tumba de fuego. Pensó en matarse, pero recordó con torpeza que había nacido para vivir por siempre, y así quedó, varado en una ciudad desierta y radioactiva hasta el fin de los tiempos.

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