martes, 27 de enero de 2015

Día 254: Dante

      Revertir el proceso. Un fenómeno al revés del mundo, como un pullover puesto del lado equivocado. Contra la marea ahogada las nociones de la vuelta. Los ecos de un sonajero, pañales en las sombras, algo que se mueve, algo que es. 
      Denegar el acceso. Iniciar el código de autodestrucción. La secuencia se activa. Las marmotas se arrastran por la alfombra, incitan al amor de cama, eso que hacen los adultos unos arriba de otros. Vuela la pólvora de los misiles, se cuela entre los huecos. En la muerte nace la vida.
      Un suceso inequívoco. Inevitable. Va a la velocidad que quiere, así tan rápido como lento, a su propio tiempo. El universo es menos obvio, las cosas menos se esperan. Sucede. Aplica. El volumen nace y atora. Gana un sonido de grito hasta que aturde. 
      Una pelota de goma rebota contra una pared blanca. Manchas rojas y agujeros. Una espina entre las grietas. Un muñeco. Respira, es y no es. Un juego que deja de serlo. La intriga. Una película francesa. Ese misterio lento y opaco con colores como de vida. Nacen, los bebés nacen, así salen de sus tumbas.
      Salen de los agujeros para llorar cosas inesperadas, para cagarse los culos y llenar las habitaciones con sus olores a caca, pis y bebé. Los bebés nacen, de a muchos. Son como un ejército inescrutable de pendencieros sin dientes. Quieren absorberlo todo, como súcubos sin pensamientos. 
      Cambian todos los colores, son enemigos del arco iris. Reprimen las realidades. Una nueva verdad nace, como el bebé, entre el aire, entre el olor a caca y pis. Una nueva verdad que dice quiero. Una nueva verdad que dice sufro, ansío y temo.

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