miércoles, 28 de enero de 2015

Día 255: El vigía

       En el espacio la soledad impera. Los ruidos más notorios se acercan al silencio. Ni siquiera la fusión de los propulsores o el motor de la nave hacen el más pequeño ruido. El viaje más largo de la vida. Ser astronauta era una mierda, pensaba Johnson.
       Como viajar al campo, pero sin campo. La frontera donde acababa el cielo y empezaba el espacio era todo negro. Las estrellas desaparecían a la velocidad con que se manejaba la nave. Cada doscientos días podía divisar Marte. Una roca inerte de color roja, nada más. A las dos horas desaparecía de su vista y la nave proseguía su órbita.
       El relevo del capitán Johnson llegaría dentro de un año. Le quedaban 365 días más para escarbar en lo más profundo del desamparo. Nada por aquí, nada por allá. Culpen a las altas esferas. Sí, cúlpenlos. Ellos con su locura del contacto con otras civilizaciones interestelares. El primer contacto, claro. Todo el puto crédito a su agencia.
       Acá estaba Johnson, al borde de la misma nada. El vigilia al fin del universo. Los extraterrestres aún no asomaban. De hecho parecían no existir. En esos días ganaba el hastío. Cansado de la baja gravedad, podrido de la comida deshidratada, harto de los informes vacíos que le exigían a diario. La nada. Una nave vigilante de una gran nada. 
       La cosa cambió cuando empezó a recibir las señales de radio. Así del cero total surgieron las posibilidades de un contacto alienígena. Johnson trabajó mucho para ultimar los detalles del contacto. La fuente emisora de las señales se acercaba cada vez más rápido. 
       El día más importante de su vida llegó. Al fin tendría algo de trabajo, luego de meses vagando en la nada misma. La escotilla se abrió. Unos seres caminaban hacia dentro de la nave. Uno de ellos se quitó el casco. Reía a más no poder.
       El reemplazo de Johnson había llegado antes de tiempo, y esta era su pequeña broma de bienvenida. Al hombre no le hizo la menor gracia. De hecho le dio la espalda y se condujo hacia el interior de la nave sin dar cuenta del saludo del nuevo astronauta.
       Al diablo, mierda, me voy. Adonde sea. Aceleró los controles de la nave y marchó sin esperar. El acople con el nuevo módulo de su reemplazo no se produjo. De hecho el hombre quedó en la mitad del espacio, segundos antes de explotar en cientos de pedacitos. 
       Johnson marcó las coordenadas del impacto. Caería sobre la Tierra como un meteorito. Destrozaría lo que se cruce por su camino. Así ocurrió. Tan cegado en destruirse estuvo que no se percató de un pequeño ser colgado de la cola de la nave. El extraterrestre se haría polvo, junto con Johnson, al entrar a la atmósfera terrestre.  


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